En las manos de Jassiba, teñidas del sudor de su amante, tatuadas con precisión por sus caricias y por las reacciones de él a sus caricias, comienzan a tomar forma las cosas de su ciudad que está a punto de contarle. Porque hablar de esa ciudad amurallada y desnuda es hablarle de ella misma: decirle la forma caprichosa, volátil, posesiva, fantasiosa y animal de sus deseos por él. Y muy poco a poco lo va preparando para lo que sigue.
Por Alberto Ruy-Sánchez
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