—Mariano, hijo mío, los viejos no duran para siempre, despídete del abuelo— dijo Romelia después de besar la mejilla de Mariano; enseguida abandonó la habitación.
Mariano salió disparado del automóvil corriendo a toda prisa cuando llegó a casa. Se disponía —con todas sus ganas— a encontrar el baúl de secretos que el abuelo urgió quemar en su lecho de muerte. “Quemen el baúl que está en mi bóveda, pues existen palabras que para ser verdad tienen que ver la luz, y existen hechos que nunca sucedieron si no fueron contados. Nadie hurgue su interior porque sería como escarbar en mi corazón, no le falten al viejo y quémenlo todo”, dijo el abuelo buscando a alguno de sus ocho hijos, pero solo Mariano —uno de los nietos— estaba en la habitación.
El baúl era de tamaño mediano color negro con un candado color marrón a causa del óxido, o del olvido, o de los dos. “El olvido y el pecado tienen color marrón”, decía el abuelo, y Mariano siempre le creyó.
El candado era una trampa, no servía, y eso resultó maravilloso porque apenas Mariano lo jaló, abrió emitiendo un sonido crocante, imagino algo parecidísimo o idéntico al sonido del corazón del abuelo ahora que veía todo desde la tumba, ahora que seguramente gritaba desde las profundidades de la tierra que no abrieran nada y que quemaran todo, pero que nadie lo escuchaba, ni Dios.
Mariano abrió el baúl. En el fondo un puñado de sobres viejos con timbres postales al cielo. Mariano los sacó, les sopló y, con la impaciencia de un niño que encuentra un tesoro —tal cual estaba sucediendo—, comenzó a leer:
«Estoy enamorada y mi miedo es tan profundo como mi amor».
«Ojalá que mi padre perdone algún día mis pecados, ojalá me perdone uno solo. Juro que con ese me conformo».
«¿Qué tan prohibido puede ser un amor? Amo al hermano de mi padre, amo a mi propia sangre como se ama a un hombre, ¿será que nos equivocamos de cuerpos al nacer?».
«Que el destierro de esta familia lo sufra solo yo y que nunca lo sufra esta extensión de mí que llevo dentro, pues pronto verá la luz; le llamaré Mariano”».
Todas las cartas estaban firmadas con un nombre: Romelia.
Twitter: @hartatedemi
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