Una noche
hablé con Dios
de ti.
Le pedí
no verte,
no amarte,
romper tu nombre
para no
gritarlo más.
Le rogué
consuelo,
olvido,
abandono.
Le clamé
tu exilio
de mis ojos,
de mi carne,
de mi voz.
A cambio
obtuve
una flor
roja
como el vino
y gastada
como la sangre.
Tengo entonces
canciones
y muchas
notas,
y demasiados
silencios,
y tienes
también
tanto de mí
como yo de ti.
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