Julieta Cardona

El último día del fin de mi mundo

21/09/2013 - 12:01 am

"Un Bukowski a manos de @esedeSandra"
"Un Bukowski a manos de @esedeSandra".

La alarma sonó a las 04:00 am. Ese día había decidido no ir al gimnasio para prepararme un desayuno sin prisas, sobre todo por el café de olla, porque cuando lo hago, detesto prepararlo con premura. Es más, cuando bebo el café y lo siento un poco amargo, hasta me parece que se ha enojado conmigo porque significa que no he aprendido nada. Y ha de tener razón.

En fin, desayuné y me alisté para mi día que pintaba algo ajetreado. Me puse mi bluyín preferido, una blusa pegadita —que me juntaba las poquitas tetas e incluso me apreciaba un tanto sugerente—, un saco color perla y unos tacones puntiagudos de una de esas marcas gringas que robaron mi corazón. Porque verán que a mí me gusta mucho eso de la moda, pero jamás he aprendido a vestirme como las modelos de esa ropa que tanto me gusta. En serio. A veces me da por usar minishorts con Converse o abrigos elegantes también con Converse, así que imagínense.

La agenda del día era más o menos así: ir a una sesión fotográfica no sé para qué mierda, luego una cita en el lobby de un hotel en el centro de la ciudad con fines de aceptar o rechazar una propuesta para dar una conferencia sobre la usabilidad de las redes sociales con respecto a la información que manejan los jóvenes; creo que yo tenía que convencer al japonés (que vino un par de días de Japón a buscar personas como yo) de que estaba preparada para la conferencia que además era en inglés. Ya me imaginaba frente a ese maldito japonés: “Gud afternun, mister Kasawalaverga, let mi tel yu someting, meibi aim not prepared for dis yob at ol, but if yu giv mi tu monts, ai can do et” con la pronunciación de Penélope Cruz, por supuesto.

Luego de todo el rollo de Japón y eso, la idea era caerle por sorpresa a mi novia Ana en un bar donde una amiga de ambas me dijo que se juntarían; mi trabajo era contentarla, pues estaba enojada conmigo porque soy una idiota. Si hasta yo me enojo conmigo, obvio que ella un día de estos reventaría. Y con toda la razón. Miren que nuestra discusión fue más o menos así:

—Oye, mi amor, este helado de chocolate sabe a mierda —le dije.

—Mi madre lo preparó para ambas con mucho amor, no seas grosera —dijo.

—Bueno, ¿por qué no le dices a tu madre que deje de prepararlo con mierda y ya se acaba el asunto? —iba yo al ataque.

—¿Cuál es tu problema, Julieta? A mí me sabe bien —contraatacaba ella.

—Con que quieres pelear, eeeeh. ¡Almohadazoooos! —grité yo mientras con mi superalmohada le sumergía la nariz en lo más profundo de su ser.

Pero a ella no le dio gracia y se metió al baño a llorar. Y es que eso de meterse con la madre de otro es como pisar un maldito campo minado. Además yo estaba en mi periodo, era obvio que haría más estupideces de las normales y me parecería que todo sabía a mierda. Esto de ser mujer me matará algún día, pensé mientras abandonaba su casa a las dos de la mañana y la dejaba en la puerta sin despedirme. Ni siquiera un besito en el cachete le di porque no merecía besar a una mujer tan buena.

Pero bueno, la idea era reconciliarnos. Luego de todo el rollo de la reconciliación nos iríamos a su casa y dormiríamos acurrucadas besándonos la espalda por ratitos en la madrugada.

Esa era la agenda del día según mis planes, así que salí de casa rumbo a la estúpida sesión fotográfica y a mitad del camino supe que estaba viviendo el último día de mi vida. Son de esas certezas raras. Me quedé fría y en el siguiente semáforo decidí que regresaría y desharía mi agenda. Me dirigí a un centro comercial y creí que lo mejor sería escoger regalos para mi familia y para Ana. Entonces eso hice.

No me lo creerán, pero me tardé horas en la juguetería escogiendo para mis hermanos pequeños. No porque me gusten mucho los juguetes, sino porque no sé qué puede realmente gustar a niños pequeños. La otra vez le di a mi hermanito un muñeco de esos de Avengers de Mattel que no le sacó ni una sonrisa. Ahora lo único que lo hace feliz son los juegos de vídeo y esas cosas, y como yo estoy en contra de eso, pues le escogí un Lego. A mi hermanita le escogí una fábrica de pizzas de Play-Doh porque eso nos divierte siempre a todos.

Le pedí de favor a la encargada que envolviera los regalos, pero los envolvió en color blanco opaco con un moño negro horrible. Le dije que eran regalos para niños, no para una maldita boda, después tomé los regalos y me los llevé bajo el brazo esperando que nadie los viera y se pusieran tan tristes como yo. La importancia de los colores y la poca humanidad de la encargada de la juguetería, maldecía.

Pasé por el cine y compré un boleto para una película francesa. La disfruté mucho y al final comencé a llorar porque por fin comprendía por qué a Ana le gusta tanto el cine y la música francesa. Y tal vez también porque era el último día de mi vida y estaba con la persona que menos soportaba y que resultaba ser yo misma.

A Ana le compré un termo de agua, dos películas, dos tazas de café y un disco de música. De regreso a mi casa paré en una papelería y compré material para envolver regalos, así que envolví los de Ana con mucho cuidado. Papel china color blanco y moños rojos. Rojos como nosotras y blanco como ella y su alma y su piel y sus hermosas manos y otra vez ella.

En la noche llamé por teléfono a mis padres y a mis hermanos mayores —que son la luz de mis ojos— y les dije que ojalá que hubiéramos pasado ese día juntos y les advertí que si sentían sofoco esa noche tal vez era por culpa de todo el amor que sentía por ellos. Luego nos limitamos a reír y colgamos.

Le escribí una pequeña nota a Ana y la metí en una taza de café:

«Que nunca nos olvidemos a propósito aunque la película de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos nos guste mucho. Y que te amo para siempre incluso cuando te reviente almohadas en la cara, mi amor, que te amo siempre de regreso».

Tenía tanto miedo de dormir que me quedé dormida. La alarma volvió a sonar a las 04:00 am y salté de la cama, me toqué todo el cuerpo, fui al baño y me mojé con agua helada para ver si sentía, me corté un mechón de cabello y vi cómo caía al suelo. Mi hermano se levantó por tanto escándalo y me preguntó que qué pasaba, así que corrí y me le colgué del cuello hasta sentir que todo era real. Algo había hecho bien, y no sé, tenía otra oportunidad.

@hartatedemi

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