Julieta Cardona

Me enamoré de una escritora

05/10/2013 - 12:01 am

«Desearía pedirle un regalo valioso: el manuscrito de uno de sus poemarios […] Ya sé que pido mucho, pues conozco el embrujo de la escritura, sé que al regalar un manuscrito no solo se regala el libro sino que también se delata un secreto […]. Los libros, los escritores, las lecturas, a veces despiertan ciertas aberraciones literarias que van desde la acumulación y el coleccionismo indomesticable hasta el amor platónico (y algunos rituales inconfesables)».

Eso lo escribió Zweig a Rilke, y qué más hubiera querido que algo así saliera de mí, para que, en un parrafito, cupiera todo mi deseo.

La cosa es que yo vengo a escribir acá por qué me enamoré de una escritora, aunque me quede corta, cortita.

Nos conocimos en una librería y lo nuestro fue amor a segunda vista; bueno, el mío a primera vista y el de ella a segunda. Podría —y me encantaría— aprovecharme de la historia, decir que nuestro primer encuentro fue como de película, pero quiero que todo sea terriblemente honesto porque la verdad —al menos esta— no merece decoros, y, pensándolo bien, ni los necesita. Resumiré: ella estaba ensimismada en la literatura rusa, entonces la miré deseando con todas mis fuerzas que hiciera lo mismo. Y sí, me miró, le sonreí, se volteó, me caí a propósito tirando libros a su alrededor, me ayudó a levantarlos, y por obra del santo patrono de la coquetería, me sobó con ternura la rodilla. Entonces comenzaba mi historia de amor. La más bonita.

No sé si ella detestaba al mundo o el mundo a ella, porque la cosa es que era una maldita ermitaña; en serio, nunca quería salir, decía que allá afuera todo era muy injusto, que había mucho ruido, que la neurosis de la ciudad era contagiosa, que todo era muy caro. Prefería quedarse en casa, decía que prefería verme y conocer el mundo a través de mis piernas que a través de los bares o de otras mujeres. Y vaya que ella era una mujer guapa. ¡Dios mío, tan galante! No es broma, el tiempo que no estábamos juntas, leía, escribía y mordía manzanas. No sé cómo, pero ella me enseñó todo lo que sé sobre mujeres, por eso quedé algo loca. Por lo que sé, o por ella, o por las dos cosas. O será por otra que no entiendo.

Luego, cuando yo me recostaba sobre ella para apreciarla y memorizarla desde otro ángulo, sus senos parecían hermosas montañas nevadas porque su color de piel era tan blanco como la cocaína. Dios, era el paraíso.

Me enamoré porque en pedacitos de papel, o cuando hablaba, notaba los detalles más simples y los hacía ver hermosos. Retratas la belleza de lo simple, siempre le dije. Vieras que una vez escribió que conoció el mar a través de mis ojos; y eso que son color café.

—Qué dices, mujer, si esto que ves es color casi avellana —le dije mientras le besaba la nariz.

—Tú, para describir una situación, tienes que entenderla— me respondía.

Pero yo aprendí cuando convinimos dejarnos.

Me enamoré porque era humana y brutalmente sensible, porque parecía conquistar al mundo desde esa casa de donde no salía, desde esa cama donde me derramaba vino en el cuerpo y me explicaba el desbordamiento de los ríos.

—Que si tú quisieras, nos quedaríamos aquí para siempre; no necesitamos nada más —me decía.

Pero me daba miedo porque lo decía en serio y yo no estaba lista para estar con ella para siempre, ni siquiera en una historia de ficción.

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