Julieta Cardona

Dos genios murieron

08/03/2014 - 12:01 am

«Cuando un hombre no te deja vivir, matarlo

 es un acto en defensa propia».

Leopoldo María Panero.

Hace un par de días escribí un tuit que decía algo así como que la prueba irrefutable de que Dios no existía era que se llevaba a Luis Villoro y a María Panero (en un mismo día) y que Laura Bozzo siguiera por aquí, chingando. Por supuesto que no hay punto de comparación entre los primeros (per se) y este monstruo peruano, pero fue el primer personaje despreciable que se me vino a la cabeza. Pegada a esa idea pensé que si sí existía, seguramente los quería para él solito y, bueno, siendo así, no lo culpo ni un poquito.

Panero y Villoro, ambos filósofos genios enamorados de la izquierda radical; todo lo demás es una pila de cosas que no tienen en común.

Conocí el nombre de Luis Villoro cuando, tomada de la mano de mi padre en el zócalo de la ciudad de México, el Subcomandante Marcos entonaba fuerte su discurso sobre la dignidad indígena. “Habrás de leer a Villoro y otros más”, me dijo mi padre sin razón aparente (porque en el discurso no se recitaba el nombre de ningún intelectual) y así fue como después conocí la obra del filósofo indigenista: primero por mi padre y el EZLN, después por la universidad y la presencia de su discurso ante la ideología del pensamiento mexicano. Lo quise mucho y con toda la razón.

Las letras de Panero las conocí gracias a un escritor español con quien llevo una amistad lejana pero hermosa, quien me dijo que si lo leía mucho —muchísimo— me volvería loca, así que le hice caso y no lo leí mucho —muchísimo—, pero lo leí tanto como pude. Será que cuando una decide escribir se enamora de escritores que le provocan un ruido ensordecedor desde dentro y a mí me pasó eso con Panero; y mientras más caminamos, más nos aferramos a algunos escritores según su estilo —y al que nos inclinamos— y su apego a la soledad —y a la nuestra—. Entonces, Panero fue mi gran amor maldito. Ahora es mi amor difunto.

Recuerdo que un día intenté impresionar a una muchacha tratando de citar a María Panero (joder, que si le digo algo irreverente y sesudo de Leopoldo, seguro que se queda pegada a mi boca toda la noche, pensé), pero lo hice todo mal por lo borracha que estaba y ella terminó alejándose de mí. Desde aquella noche me acerqué más a Leopoldo porque ya no tenía que compartirlo, éramos otra vez él y yo.

Me prometí ir hasta Las Palmas de Gran Canaria a conocerte al psiquiátrico donde estabas, pero no nos dio tiempo, Panero. Así que mi consuelo será llevarte una flor blanca a donde sea que descansen tus restos y, si me permites, un poema de amor de alguien que te quiso mucho —muchísimo— y no le dio tiempo de dártelo en las manos.

El amor para siempre sí existe, es ese que mantenemos y cuidamos irracionalmente por los poetas que se sumergen tan en nuestros adentros que hasta lo sentimos como un amor correspondido.

Será que cuando se trata de genios así, una desea —inútilmente— desafiar el ciclo de la vida con tal de que fuesen eternos.

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