Julieta Cardona

Letra escarlata por ser gay

15/03/2014 - 12:01 am

Tuve una amiga que se negaba a asomarse a mi vida privada, no me trataba como si tuviese una letra escarlata cosida en mis atuendos, pero se empeñaba en hacer a un lado la relación que yo compartía con otra mujer, lo que para mí era la misma cosa, pues no podemos mantener una auténtica amistad con alguien a quien no le platicamos nuestros miedos y nuestros deseos a la par.

¿Recuerdan la película de “La letra escarlata”? Es una adaptación del libro homónimo del autor Nathaniel Hawthorne. La película revela el drama en un marco histórico en el que podemos ver una conducta humana y social que arremete un castigo sorprendente a la estigmatizada por haber cometido adulterio: humillación pública y, por ende, psicológica. Los temas planteados por Nathaniel Hawthorne son acerca de las conductas colectivas y la degradación pública que desemboca en la dignidad humana.

Entonces, la ciudad decide marcar con la letra “A” a la adúltera, siendo “A” la marca del pecado, del destierro (del paraíso), la marca de quien ha destruido la paz del pueblo. De esta manera, el argumento de la historia contra la estigmatizada que alteró el orden del pueblo toma profundidad psicológica al averiguar los sentimientos de culpa que se gestan en los seres humanos y la consecuente angustia. Sin embargo y, al mismo tiempo, la lealtad se aprecia en lo que el amor en silencio puede hacer. El filme es una delicia semiótica.

En fin, si tuviese que sintetizar, diría que es un drama que se ocupa de la libertad condicional, un chivo expiatorio, pasión y melancolía. Y bueno, ¿a qué quiero llegar con esto? La analogía que trato de hacer –por ahora– no es holística con la realidad del 2014, sino con una parte meramente íntima de los estigmatizados en dinámica con nuestros cercanos, siendo “A” la marca del pecado por orientación sexual; en serio, amigos y familiares que amamos: nos dejan desnudos e indefensos sin ustedes y terminamos como Demi Moore en “La letra escarlata”.

Han pasado más de tres siglos y medio (desde 1642 -1649, fechas en las que se centra la obra) y si ligamos esta novela de ficción a la realidad, claramente no hay ficción: los estigmas nacen todos los días porque el mundo está tan aburrido que ya no halla por qué seguir descalificando al otro.

Sé que sería maravilloso vivir en un mundo sin etiquetas sexuales (o en donde la biología y la cultura dejen de pelearse en este tema), pero no vivimos en él y hay que ajustarlo, ajustarse e ir preguntándonos todos los días con quién compartimos el lugar que tratamos de hacer bonito y habitable, preguntarnos si queremos seguir considerando a quien nos voltea la cara o a quien le sube el volumen a la radio mientras tú intentas contarle tu historia de amor, pues si bien sus reacciones son mero efecto cultural –y lo entiendes–, está también la puerta abierta para que se asomen a nosotros, aquí adentro, para que vean que no hay maldad en un amor que por tanto juicio vivimos en secreto, para que en serio vean que el amor es cosa seria si no le hace daño a nadie.

Y mientras uno se desgasta tratando de desacreditar al otro, tómate tu tiempo y échate un clavado aquí conmigo para que veas que no hay maldad en el amor per se.

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