
Tú eres una mujer que no usa protector solar y tiene las chichis pequeñas –apenas visibles–; eres una chica que se enamora de todo aquello que no puede cambiar y que decide soltar todo lo que ama hasta que pierde la fe, esa que, inmejorable, se define en el libro de Hebreos como la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
Tú te llamas Julieta y te inventaste un álter ego porque estabas aburrida; te lo inventaste mucho antes de leer a Chuck Palahniuk y enamorarte –como todos– de Tyler Durden; te lo inventaste porque en sexto de primaria tenías una amiga imaginaria que se llamaba Paulina y te abandonó por ser una niña aburrida, por ser tú.
Tú, Julieta, estudiaste Relaciones Internacionales porque de todo el montón de carreras que había, era la única que estudiaba el funcionamiento del mundo, pero pronto te diste cuenta de que no te interesaba el funcionamiento del mundo ni alguna otra cosa en especial porque lo único que sabías hacer bien era llorar.
Tú eres insomne desde los 16 y te quitaron el diazepam a punta de putazos.
Tú, Julieta, tuviste tu primer amor a los 19 años y después de ahí te enamoraste una y otra vez de mujeres hermosas y cabronas sin saber que esta última, la más difícil la más pecosa la más triste la de piel más blanca, te rompería completamente el corazón para que por fin le perdieras la fe.
Esta última mujer, antes de evaporarse al cielo –de donde cayó para enseñarte a vivir y a donde se fue por la misma razón– te juró amor sollozando en tu pecho, te dijo esa cantidad de cosas que dicen las mujeres que se niegan a entender cualquier cosa, luego te besó toda la noche y, al amanecer, se fue después de olerte el cuello con el frenesí más infinito del mundo.
Tú, para no suplicarle, te tapaste la cara con la almohada y le pediste que se fuera; quisiste decirle que sí a todo y que te perdonara por algo que ni siquiera habías hecho porque estuviste a punto de hacer cualquier cosa para que se quedara, pero pronto entendiste que aunque la amas como una bestia, te has quedado sin fe.
Eres ya una mujer de poca fe que extinguió todo amor con lágrimas que no pudo derramar por orgullo.
Maldita orgullosa.
Tú, Julieta, te fuiste a llorar a tu cama con sábanas egipcias de 1500 hilos porque es lo único de valor que tienes y porque es lo mejor que sabes hacer.
Tú dejaste de beber brandy con desenfreno porque eres ingenua y viste en el amor la cura efímera de algo crónico permanente, pero pronto te diste cuenta de la farsa y, bebida y despechada, le marcaste a una amiga que siempre te ha querido como su única amante y la despachaste después de lamerle su entrepierna en tus malditas sábanas de 1500 hilos.
Lárgate, perra.
Sucia.
Puta.
La sacaste de casa y azotaste la puerta, pero ella se quedó afuerita gritándote que le abrieras, que si tú querías, ella nunca se iría.
Ella no volverá.
Murmuró muchas veces afuera de tu puerta. Luego se fue.
Y quisiste, por primera vez, no haber vivido aquella historia de amor con la mujer más difícil la más pecosa la más triste la de piel más blanca.
MÁS EN Opinión
Alejandro Páez Varela
No van a parar
""La derecha es un lobo que se enamoró de la carne fresca: cualquiera de nuestros hijos, como cachorr..."
Jaime García Chávez
La falsa profecía de Adán Augusto sobre Chihuahua
""Es desagradable escuchar el augurio, porque Adán Augusto está en la mira nacional precisamente por ..."
Jorge Zepeda Patterson
Inseguridad, percepción y realidad
""La percepción del público es que los crímenes han aumentado, cuando en realidad es la exposición de..."


