Por favor póngale play antes de comenzar…
Recuerdo que aquella noche te comuniqué los resultados que me habían dado de la Universidad de Madrid. Estábamos expectantes y pasó lo mejor: me habían aceptado. Emocionada me preguntaste que cuál era mi plan de viaje, que cuándo me iría. Yo, mi amor, yo te dije que mi plan eras tú y luego de arrastrarte cariñosamente a la cama, te llené la cara de besos. Un par de días más tarde muchas cosas salieron mal y, cuando las tragedias se multiplicaron, caí en cuenta de que los milagros se habían terminado: nos habíamos terminado.
Como cartera a mitad de quincena, como canción, como cualquier película o cualquier libro, como la Biblia, como LP de Duke Ellington, como la lluvia en el D.F., o la sequía en sierra queretana, como una Coca de 330 ml o la línea del cuarto de gramo, como el amor de mis abuelos casados 59 años, como el verano, como los minutos de Iusacell a números fijos, como cualquier maravilla que muere, así nos terminamos.
Pero vaya que contigo todo lo tomé. Me dejaste algunas veces y, minutos después de irte, se me hizo costumbre enviarte la misma nota en la que intentaba regresarte a mí: “Encontrarnos hoy implicó estar un día menos sin ti; con todo, hubiera preferido verte mañana y que eso significara haberte tenido un día más”.
Entonces volvías y, para mí, en ese momento el Dios que desafiaba por perderte se hacía grande —tan grande—; entendía que a veces la vida no daba segundas oportunidades y contigo me había dado tres; pensaba que todas las había tomado sabiendo que eran finitas y que una lata de atún me duraría más: já, ja ja já.
Me obsesioné y aprendí a llorar mucho, un chingo; en serio que solo me daba por llorar, por romper fotos, maldecir, correr kilómetros y ligarme a dos que tres cretinos del gimnasio; qué se yo: salir con alguien para terminar hablando de ti no porque fuera inevitable sino porque era inevitable y sin poder invitarla a vernos otra vez porque todavía te tengo aquí, pegada como un maldito lunar en el centro de todas las cosas mías que también son yo.
Pobre memoria mía que, al no poder acomodar y desdoblar rápidamente cada deseo que todavía siento, lo convierte en obsesiones que buscan satisfacerse a costa de libros, películas, cortometrajes, chicles, calles, ciudades, rompecabezas, clichés, calles de ciudades, cócteles con todo menos con vodka, no sé, de cosas y personas que no son tú.
Y pobres esos números ya hartos de mí: 7, 15, 21, 40 y así muchos: 7 letras de la Gestalt: Hellinger Fritz Perls gratitud paz perdón corazón fuerza dolor superación yo soy yo y tú eres tú yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas y tú no estás en este mundo para cumplir las mías tú eres tú y yo soy yo si en algún momento nos encontramos y coincidimos será hermoso y si no no puede remediarse; 15 el nuestro de cada mes: agosto septiembre octubre nomviembre diciembre enero etcétera y así dos vueltas; 40 días para limpiarme de ti —que ya los cumplí—, pero que antes cumplí los 21 que enuncian la creación de un hábito: el de no saber de ti.
Luego respirar, mirar al cielo y darme cuenta de que algún día lo abrí namás pa’ ver hasta dónde te quería, pensar que qué sería de mí si no hubiera cometido todas esas maravillas o estupideces que mueren a razón del amor, obsesión o porque sí y, lueguito y brevemente, sonreír.
Navegar en tus adentros a costa de un poco de tiempo y mucho trabajo para entender que el no haber estado en tus prioridades es cuestión, pues, de prioridades. Y aceptarlo.
Moverme de lugar para dejar de esperar como Penélope, para dejar de ser ella y comenzar a ser yo, Julieta.
Aprender a ser feliz con lo que tengo; si no me gusta, cambiarlo; si no puedo, comprenderlo. Y vivir.
Sin.
Ti.
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