Recomendación semanal: póngale play
La otra vez leí en una revista del tipo de Muy Interesante, que los humanos emitimos más de 65 mil pensamientos al día y me gustó pensar que esos pensamientos van en aumento cuando salimos a alguna cita con alguien.
¿A poco a ustedes no les pasa que salen con alguien y los pensamientos se les desbordan? Sobre todo porque estamos llenos de expectativas.
La ves llegar y ahí va tu monólogo interior: pues, bien, flaquita y un poquito más chaparrita que yo; cabello largo quebrado no tan chino no tan lacio sino quebrado bonito, bien; carita pintada no tanto no tan Kim Kardashian ni tan Ellen DeGeneres, bien; jeans no ajustadísimos pero nunca de cholo, un poquito acampanados pero mñéh, a la mierda, si resulta ser el nuevo amor de mi vida, después le diré que hace ya tres décadas de los años 70: hey, nena, ¿no te parece que todavía no nacíamos en los años 70?, me preguntará que por qué estoy diciéndole eso y le responderé que se me antoja cazuela de pato para cenar, já, seremos la pareja ideal; manos lindas no tan grandes no tan pequeñas no de pianista pero no masculinas sino como que saben, no sé, sostener.
También me da por pensar que mi histeria hace que, apenas intercambiando un par de palabras con la otra persona, piense en las conversaciones que aún no existen, pero qué voy a hacerle si yo soy de esas que no pueden bajarle a su volumen interno ni con todo el ruido de afuera.
Segunda cita con la misma persona o primera con otra persona. Sabes bien que no puedes callar las voces. Incluso no quieres. Y, mientras la otra persona se sienta y pide una cerveza, por supuesto ya comenzó tu monólogo interno: llegó sudando a la cita porque llegó corriendo y ya le sudó la nariz, ¿le sudará siempre?; un poquito egocéntrica, pero está medianamente bien porque su manera no molesta, divierte, ¿cómo se llama esta película donde Brad Pitt sale de casanova idiota? Pero, bueno, Brad es Brad; con tanta cerveza con razón esa pancita; me gusta que aprecie mi recorrido con los ojos cuando me levanto al baño, me hace sentir, no sé, protegida.
Tercera cita con la misma persona o cualquier cita con cualquier persona: habla mucho y con mucho me refiero a un chingo (de sus gatos, de sus viajes, de su exnovia, de su mamá), pero está bien, esto se trata de conocernos; como que está saliéndole bigotito, ¿se dará cuenta?; no lo tenía claro, pero ya descubrí que no me gusta que huela a Fraiche ni la cara que hace cuando se ríe, como de caballo; Banda El Recodo y Los Héroes del Silencio, ya; ay, muchacha, ¿por qué tan sepia?
Y, en serio, en cualquier momento de la cita te caen un par de insights, pero sonríes como si no pasara nada aunque dentro tuyo tengas una fábrica de pensamientos que nunca le dirás mientras él o ella hablan de su tía Elvira que es la mejor chamana del puto mundo y les cuelga de la nariz ese moquito que nunca sabes por qué demonios terminó ahí, justo donde puedes verlo todo el tiempo, y por todo el tiempo me refiero a todo el maldito tiempo.
Quédense un rato –o mucho rato– con quien tenga siempre una charla de ida y vuelta, una plática linda bonita repleta de carcajadas e interminable o, mejor todavía: una plática que termine en besos que quieras repetir con suerte más de una vez porque luego vendrá la magia y el silencio a la algarabía interior.
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