
“Amamos en modo kamikaze”, dice Alma Delia, y por modo kamikaze nos referimos, ahora sí, en términos de los honorables miembros de la RAE, a la “persona que se juega la vida realizando una acción temeraria”. Véase, inmediatamente, “amar” como esa acción temeraria.
También dice Alma Delia que a ella le gustan los hombres y a mí las mujeres. Dice muy chingadamente bien.
Pero no vayan ustedes a creer que no me canso de amar a las mujeres, claro que sí, es más: si usted busca en mi alma, seguro que se la encuentra toda atolondrada.
Alma Delia, bella y justa como es, regularmente busca reivindicar a nuestro género, dice que no somos unas locas desequilibradas, pero híjole… lo bueno es que hoy vinimos a hablar de cómo es que lo hacemos fascinante. Y cuando terminen con mi texto, les recomiendo buscar, aquí mismo, el de Alma para que se enteren de por qué a ella la testosterona la vuelve loca.
¿Y yo por qué las elijo a ellas? Porque nuestro interior está repleto de lunas revoltosas y jadeantes. Porque las aprecio, en su mayoría, como la caracterización de la suavidad; porque aunque las barbas –esas que dice Alma Delia– que raspen como lija resulten harto seductoras y marquen en la piel, el deseo y el recuerdo de manera determinante, yo prefiero que me marquen, no sé, distinto.
Porque besan más lento y como si me quisieran. Y es que yo siempre quiero que me quieran aunque sea por la noche; se siente bien. Es más, si pudiera estar con una mujer por siempre, entrelazadas por las piernas, no necesitaría volver a, qué sé yo, levantarme de la cama.
Porque juntar mis labios con los suyos (y los de la boca también, por supuesto) en un vaivén exasperado es una declaración de principios.
Porque por cositas (del tamaño del clítoris, digamos, o de los senos-tetas-chichis) como esas respondo el porqué de las mujeres: porque amo sus nortes y sus lluvias al sur.
La cocina. La chingada cocina. (Y no se enojen si en cada tema pongo algo de sexo, pero es que pa mí no hay de otra).
Llámenle ustedes mala experiencia o como quieran, pero me han tocado mujeres que no saben cocinar, pero ¡ah, qué rico les queda el café! (con doble sentido y todo). Miento, miento, hubo una que ohdiossantoresucitado, qué bien cocinaba. El día que caí rendida ante sus encantos preparó unos camarones con pasta; cocinó con semejante pulcritud (cortando las verduras simétricamente, apartando rápidamente los desechos, elegantemente buscando clavo en la alacena y subida en la silla de mi cocina –porque a mí se me hace que quería que le viera las nalgas– y sin un solo trocito de cebolla en el piso) que quise guardar en esa maldita cazuela con pasta todas las historias que todavía no me pasaban. La magia de un buen culito preparando la cena o qué sé yo.
El enojo. El chingado enojo.
Odio cómo se enojan, cómo nos enojamos, pero no lo cambiaría porque la fascinación está en la bendita reconciliación, es más: “Bienaventurados los que se reconcilian para regresar al paraíso de donde alguna vez fueron expulsados”. El enojo, ese chingado tan lejano de algo etéreo y tan cercano de ser, pues, lo que somos: locas desequilibradas.
El enojo en las mujeres es como escuchar el sonido de puertas que se cierran para después, en la reconciliación, mirar el camaleón adentro de sus ojos cada vez que su lengua, esa de donde salieron las palabras más filosas del mundo cuando quiso no volver a verme nunca más, se meta en mi boca buscando inventar, ahora adentro de nosotras, un lugar en donde hierve más guerra que fe. Y lo hacen para que me dé cuenta de que como quiera perdí.
Y ahora les confieso ese algo de lo que no puedo desprenderme: me encanta la melancolía contenida color rojo Coca Cola, o sea: amo por sobre todas las cosas a las mujeres rotas. Adoro sus silencios que llegan a suplantar todo lo que se les ha reventado desde el centro que también es su corazón. Ellas, las mujeres más tristes, me tocan completa hasta hacerme sentirme real y húmeda como algún paisaje selvático diurno de, no sé, octubre.
Me despido, como Alma Delia, amando mucho y sabiendo que hombres y mujeres tenemos el poder de destruir al otro, pero que si jamás lo intentamos, estaremos contando distinto la historia de dos que, sin importar el género, probablemente se quisieron más de una vez.
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