
Absolutamente todo va mal con Fabián. Las cosas están así desde que nuestro hijo mayor se fue de la casa. No, miento... desde que el menor se fue. ¿A quién engaño?, si realmente las cosas en casa van mal desde antes de que alguno se fuera.
Tenemos ya 30 años juntos y creo que nos obsesionamos con la idea de amarnos sabiendo que nuestro único gusto en común era el helado sabor pistache. Funcionó por mucho tiempo, pero también lo que cuesta trabajo y no resbala como mantequilla, se evapora.
Fabián y yo vimos en la estadía un reto claramente posible para nosotros, pero especialmente en eso nos equivocamos –profundamente como, un recuerdo enterrado–, por primera vez y para siempre.
El sexo, que regularmente era bastante bueno, comenzó a ser malo, pero nos sentíamos tan solos que nuestro miedo apuntó –de alguna manera– al mismo lugar, que era estar juntos. ¡Maldita soledad!
Entonces la tecnología tan cabrona y una tan así, tan neófita, tan, como diría mi abuela: ahí 'ta la piedra pa'l chingazo. Es decir: imagínenme pegada a un smartphone con aplicaciones tipo “encuentra a tu amante ideal”; una casi sesentona desencantada con la vida matrimonial que se encuentra en un aparatito (que antes solo servía para hablar por teléfono) todo un catálogo de hombres místicos. La cosa funcionaba más o menos así: tú pones tu nombre (o como quieras ponerte. Por ejemplo, yo me puse June por Anaïs Nin y todo eso), una foto (opcional ponerla), tu edad, tus intereses e intenciones; algo así como una minibiografía en donde puedes hacerte el interesante aunque no lo seas. Y, después, voilà: vaya cosa esa de mantenerse ocupada mientras se textea a un desconocido con quien, maravillosamente, se encuentra compatibilidad. Una mágica compatibilidad.
Henry era mi hombre ideal, con quien había comenzado una relación mística y posmoderna (esas de platicar por internet sin conocerse físicamente), y por mística me refiero a que ninguno de los dos teníamos foto de perfil. Nos describimos para imaginarnos pretendiendo que fuera más interesante la cosa al momento de conocernos. Hablábamos diario sobre nuestros intereses, nuestras preocupaciones, nuestros postres favoritos, las series de televisión que veíamos, lo terrible de las pensiones, libros que ambos habíamos leído y cuanto tema fuera.
Y, cuando apagaba el celular, regresaba el color sepia de mi vida marital. Una noche quise hablar con Fabián, decirle que ya no sabía si extrañaba que fuera mío, decirle que no sabía si sentía algo por alguien a quien no conocía, gritarle que por qué no estaba haciéndome feliz, pero cuando llegué a la cama, nuestras espaldas eran lo único que se unía al dormir.
Henry y yo concertamos una cita. Más que feliz, me sentía expectante, pero fueron los treinta años con el mismo hombre los que no me permitieron librarme de la culpa de sentir esos nervios que se tienen por ver a alguien que se ha esperado durante mucho tiempo.
Cargando mi culpa llegué al lobby del hotel donde convinimos la cita. Y ahí estaba él: estupefacto y con la corbata que yo le había elegido por la mañana; era Fabián, que era Henry y era yo, María, que también era June, y éramos la pareja más patética del mundo en ese instante.
Nos fuimos a casa en silencio, odiando la inalterabilidad del destino.
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