Julieta Cardona

El viernes que ella decidió no amar

06/09/2014 - 12:01 am

“Demimonde”, ilustración de @ReginaMitre
“Demimonde”, ilustración de @ReginaMitre

Tengo algunos viernes decidiendo hacer muchas cosas. Hoy decidí no amar y, entretenerme —un poquito—, en el campo semántico que creo ser.

Por ejemplo, al narrador del Club de la Pelea le da por decir «Soy el útero de Mengana. Soy la próstata de Fulano. Soy los Dientes Rechinantes de Fulano».

Chuck Palahniuk me perdone, pero yo, al menos hoy, soy incapaz de hacer un conteo de los fragmentos de mis entidades y para nada me saldría si quiera una pierna de Tyler. No sé cómo verme desde las Vías Biliares y Rabiosas de Fulano o la Nariz Hinchada de Mengano porque soy otra historia idéntica de una muchacha que apuesta su realidad por desamor. Porque decidí idealizar a una mujer que no me amó. Porque soy débil y morena clara. Porque soy, pues, yo: una maldita promesa incumplida: no me casé con mi primer novio; no puedo dejar de fumar aunque sea fácil (y digo fácil porque lo he intentado más de mil veces, a la Mark Twain); no sé contener el llanto ni aunque apriete los ojos requetefuerte; no estudié Mitología (aunque puedo platicar la historia de Casiopea incluso haciendo puntitos en el techo); a la memoria de una amiga muerta prometí poner su nombre a mi primera hija y yo ni hijos quiero tener; prometí no beber hasta ahogarme y apenas veo una botella de ron, me da por querer tragármela entera. Soy endeble, de eso hablo.

No me siento de este lugar. No me siento de ningún otro. Bueno, cuando estoy enamorada me siento de una persona. Y está bien, o ligeramente bien; me gusta sentir que pertenezco a algún lugar. A alguien.

No me siento de la tierra que piso. Ni aunque quisiera. Bueno, cuando soy de alguien me siento en el cielo, como flotando tantito. Veo en el otro mi cielo y mi tierra para cuando me invaden las ganas de caminar o volar por la ciudad.

He prometido tanto que ni siquiera he sido tan buena como prometí. Ni tan. Ni buena. Ni na’. Mis promesas son un tic-toc en espera: una onomatopeya gastada como mi discurso de mujer, pues, dejada. Y eso me dice la gente, quedito, algunos que por señalar se creen mejores que yo: que la vida no es monocromática, que le diga adiós al cliché demimonde, que así no. Pero a mí me gusta decirles, en inglés, que I don’t give a shit.

I don’t give a fuckin shit este friday que decidí no amar. Y disculpe usted, pero en esta cantina se escribe de lo que hay, de lo que me arde aquí adentrito; en serio, acérquese y tóqueme aquí en el centro muy despacito. No me sale distinto, oiga, lo mío es manipular finales para que, al menos en un par de historias, quien tanto me deja se quede conmigo de alguna forma; lo mío es el cliché demimonde.

Soy la muchacha envenenada de ausencia ajena; soy la asfixia por desamor que pierde la garantía de su piel por usarla con quien no debió; soy, lea usted bien, la misma canción larga: un elepé sepia derruido cuasi inalterable.

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