
Hay cosas para las que una llega demasiado tarde. Hay doctrinas hermosas que dicen lo contrario; el budismo, por ejemplo, dice que nadie le llega tarde a nadie y que uno no llega tarde a las cosas ni las cosas a uno: que llegan en el momento, pues, justo; que, prácticamente, lo de las personas correctas en los momentos indicados es una grosería occidental. Yo, por ejemplo, aunque me incline hacia esa doctrina hermosa, soy una necia irreparable. Y un poco tonta, la verdad. Yo, por ejemplo, creo que he llegado tarde a lo más amado de mi vida.
Soy la mayor de cinco hijos que tuvo mi padre. Consciente y, muchas otras veces sin darme cuenta, he sido una vieja entrometida en los giros importantes de las vidas de mis hermanos. He hecho de pronto, pues, el papel de cualquier madre. Yo, que he llegado tarde a lo más amado de mi vida poniendo de pretexto que no sonó el despertador, que me sobra lo fisgona y que a muy pocas personas además de mis hermanos he amado con desmesura, llegué tarde a su camino de dolor, llegué tarde a ellos que son mi mejor pedazo de cielo.
Viviéndolo a su lado y sabiendo que como hijos tratando de ser suficientes para los padres, nos deshacemos en el camino y preferimos hacer nada a hacer cualquier pendejadita mal, les llegué tarde. Me doy cuenta de que llegué tarde a sus intentos de suficiencia y me redimo en silencio —y tal vez sin merecerlo—, repitiéndome que yo no puedo salvarlos porque ni siquiera pude salvarme a mí. Que no podré. Que hay guerras que no son mías. Y que hay algunas que no se ganan. Que, sencillamente, el ave fénix, es.
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