Historia de unos días

Alejandro Páez Varela

Venezuela, Trump y lo que viene

"¿Qué carajos acabamos de ver? Quien quiera explicarlo en términos ideológicos no lo logrará. Dinero. De eso se trató. Petróleo, oro, plata, tierras raras. Y eso explica por qué María Corina Machado fue echa a un lado por Trump. Su payasada “democratizadora” y su Premio Nobel de la Paz se lo pueden creer los ilusos, si quieren. El mundo le dice adiós al neoliberalismo, que tenía reglas para el saqueo de los pueblos vulnerables, y le da la bienvenida a un capitalismo mucho más salvaje: al neocolonialismo brutal con el que México y otros países tendrán que aprender a navegar…".

¿Qué carajos acabamos de presenciar? La bruma es espesa y el sol no llega a todos los rincones, pero si la información que circula es cierta, Donald Trump decidió que Venezuela quede en manos de una exguerrillera que se hizo famosa por secuestrar a un estadounidense; una socialista buena para las finanzas, con la que habría acordado la caída de Nicolás Maduro. Quizás sea una difamación lo que se dice, pero eso explicaría por qué no hubo balazos durante el secuestro del Presidente venezolano. Eso explica por qué no salieron a la calle las fuerzas paramilitares de autodefensa popular que tanto presumían Hugo Chávez y su sucesor.

La condición de Trump a Delcy Rodríguez parece ser muy simple: dejen que Estados Unidos saquee el petróleo; dejen que nuestras petroleras se beban su riqueza. Eso es todo. Y sigan con su “revolución”. Eso explica por qué Rusia dijo que “las acciones de Trump en Venezuela son ilegales, pero consistentes porque defiende los intereses de su país”. Vladímir Putin y Trump son exactamente lo mismo.

¿Qué carajos acabamos de ver? Quien quiera explicarlo en términos ideológicos no lo logrará. Dinero. De eso se trató. Petróleo, oro, plata, tierras raras. Y eso explica por qué María Corina Machado fue echa a un lado por Trump. Su payasada “democratizadora” y su Premio Nobel de la Paz se lo pueden creer los ilusos, si quieren. Es, y siempre fue, parte de un teatro mayor. Ella y sus payasadas. El dinero no tiene ideología, aunque sirve para hacer, ya saben, cosas.

El mundo le dice adiós al neoliberalismo, que tenía reglas para el saqueo de los pueblos vulnerables, y le da la bienvenida a un capitalismo mucho más salvaje: al neocolonialismo brutal con el que México y otros países tendrán que aprender a navegar.

Pero, al mismo tiempo, otra corriente de izquierda va en sentido contrario. Es una reacción contra el neoliberalismo, ciertamente, pero también se levanta como una alternativa ante la brutalidad de la ultraderecha.

Vientos de izquierda

Harto de que las cadenas de supermercados le dijeran “NO” a instalarse en los barrios populosos de Atlanta, Andre Dickens decidió tomárselo personal.

–Pensé: ¡Al diablo! Lo haremos nosotros mismos –contó recientemente a The Wall Street Journal.

Los residentes necesitaban alimentos frescos y saludables, no la chatarra que ofrecen las tiendas de conveniencia como 7-Eleven o Circle K, los Oxxo de Estados Unidos, que son los que llegan a todos los rincones con frituras, panes y galletas de ingredientes ultraprocesados, y refrescos. Las grandes cadenas que pueden proveer comida sana no quieren invertir en barrios de bajos ingresos porque siempre están calculando cómo maximizar ganancias, no en lo que el ciudadano necesita.

Andre Dickens, afroamericano, había crecido en barrios de clase media. Su madre trabajó en una compañía telefónica y su padrastro fue mecánico de aviones. Él mismo es ingeniero. No tuvo carencias básicas, pero sabía cómo se gana el dinero y lo que se batalla cuando no se tiene.

Así fue como el Alcalde de Atlanta decidió lanzar un supermercado público para los barrios menos favorecidos. Le puso Azalea Fresh Market. Costó ocho millones de dólares a su gobierno y espera que muy pronto deje de ser una carga para la ciudad hasta recuperar la inversión. Y de hecho, su administración se prepara para abrir más tiendas. El negocio parece ser redituable sin cargarle la mano a los consumidores.

La decisión de Dickens tiene un eco hasta la ciudad de Nueva York. El Alcalde Zohran Mamdani también anunció tiendas de comestibles que tendrán dinero del gobierno. Según dijo en campaña, piensa en supermercados que logren abaratar los precios de las grandes cadenas. Tanto Dickens como Mamdani son progresistas. Y no piensan en tiendas subsidiadas: piensan en inversión estatal y capital privado; analizan cómo romper monopolios, y llevar a la gente alimentos frescos y buenos, no la chatarra que venden las tiendas de conveniencia de Estados Unidos, que son iguales a las mexicanas.

Hagamos una pausa razonable aquí.

¿Qué no vivimos un arrebato de extrema derecha en el mundo? ¿Qué no es momento de los libertarios, esos tipos raros de cabello al estilo Donald Trump o Javier Milei, radicales de mercado que piden desaparecer el Estado; que reviven la vieja idea de que las fuerzas del capital deben dominar sin regulaciones y que llaman “zurdos de mierda” a los que pugnan por ideas sociales? ¿Qué no acabamos de ver al imperio apoderarse de las riquezas de Venezuela?

Bueno, sí. Sí vivimos ese arrebato. Pero también nos cruza otra corriente en sentido contrario, que está agarrando fuerza a diario.

Huracanes de ultraderecha

“El socialismo vuelve a estar de moda”.

Así inicia el más reciente artículo de Mark Skousen, un catedrático de la Universidad de Chapman especializado en libre empresa. Su texto se publicó hace algunas pocas semanas en una de las biblias del liberalismo económico: The Wall Street Journal.

Skousen agrega: “Los críticos del capitalismo denuncian la economía de mercado como injusta. Argumentan que las grandes corporaciones no pagan un salario digno a los empleados con bajos ingresos”. Bueno, sí. Eso denuncian los críticos del liberalismo, pero desde hace tiempo, mucho tiempo atrás. ¿Les suena un tal Karl Heinrich Marx?

Lo que Skousen cita son estudios recientes que demuestran que la desigualdad ha aumentado drásticamente en los últimos años, tanto por ingresos como por riqueza. Dice que la solución que ofrecen los nuevos simpatizantes del socialismo es un impuesto sobre la renta “altamente progresivo, o incluso un impuesto sobre el patrimonio para los más ricos, y un salario mínimo de 20 dólares la hora o más”. La idea no es tan nueva pero sí, ha tomado fuerza.

Dicho de manera más sencilla: se propone aumentar el salario mínimo e impuestos que sean más altos para los que tienen rentas mayores. Así de simple. Quizás Mark Skousen no lo sabe, pero el aumento del salario base ya sucedió en México, con Andrés Manuel López Obrador, y resultó muy efectivo para abatir la pobreza junto con el resto de los ingredientes de una receta de izquierda que busca revivir al Estado de Bienestar.

Y todavía mejor: lo de los impuestos, para el caso mexicano, no fue necesario. Sólo se presionó a quienes no pagan lo que deben. Eso es lo que mantuvo el déficit fiscal estable durante –nada menos y nada más– la pandemia.

Otro artículo publicado a principios de noviembre en la revista The New Yorker inicia así: “Tras la victoria en las elecciones a la Alcaldía de Nueva York de Zohran Mamdani, autodenominado socialista democrático, el socialismo está en auge”.

Según John Cassidy, redactor veterano de The New Yorker, el Comité Nacional Republicano del Congreso, brazo político de los republicanos en la Cámara de Representantes, publicitan el regreso del socialismo democrático como una amenaza. Tras la victoria de Mamdani, lanzaron una campaña que dice: “Este es el futuro que desean los demócratas de la Cámara, y tu ciudad podría ser la siguiente. ¡Alto al socialismo! ¡Alto a los demócratas!”.

Cassidy dice que Mamdani difícilmente representa al Partido Demócrata y además, su programa electoral (viajes gratuitos en autobús, guarderías universales, construcción de más viviendas asequibles, congelación de los alquileres de los apartamentos con renta estabilizada, apertura de algunos supermercados municipales con el objetivo de ofrecer precios más bajos que los de las tiendas privadas) se centra “directamente en el coste de la vida en una ciudad donde el alquiler medio de un apartamento de dos habitaciones ronda los cuatro mil dólares”. Y, además, la guardería en Nueva York puede costar otros dos mil dólares al mes.

¿No tiene acaso congruencia lo que propone Mamdani?

En 2019, otra de las publicaciones defensoras del libre mercado, The Economist, hablaba del resurgimiento de la vieja doctrina de izquierda. “Después del colapso de la Unión Soviética en 1991, la contienda ideológica del siglo XX parecía terminada. El capitalismo había ganado y el socialismo se convirtió en sinónimo de fracaso económico y opresión política. Avanzó con dificultad en reuniones marginales, estados fallidos y la liturgia pomposa del Partido Comunista Chino. Hoy, 30 años después, el socialismo vuelve a estar de moda”.

Han pasado siete años desde ese artículo. Lo que podemos asumir es que cada vez que brinca alguna idea progresista a la palestra global, “el socialismo está de moda” o “el socialismo está de regreso” para estas publicaciones que lo dicen con espanto, más que como novedad. Ya vimos que esas noticias no son tan frescas como se dice; son recicladas por gente asustadiza que adora su vida en la élite.

Desde 2019 hasta ahora han pasado muchas cosas. Donald Trump, por ejemplo, volvió a ganar las elecciones presidenciales para un segundo término. Y en México, al mismo tiempo, la izquierda se robusteció en las elecciones donde Claudia Sheinbaum se alzó con más votos que el mismo López Obrador.

The Economist tenía razón entonces en que el socialismo resurgía con fuerza “porque ha formulado una crítica incisiva de lo que ha fallado en las sociedades occidentales”. Pero cualquiera que diga que también se han robustecido los radicales de derecha tendrá razón. Entonces López Obrador tenía razón cuando decía que la disputa por el poder real en México (asumamos que aplica al mundo) se podía describir muy simplemente en dos polos enfrentados: derecha e izquierda.

The Economist decía que los políticos de derecha, con demasiada frecuencia, abandonan la batalla de las ideas, y se refugian en el chovinismo y la nostalgia. En cambio la izquierda “se ha centrado en la desigualdad, el medio ambiente y en cómo otorgar poder a los ciudadanos en lugar de a las élites”. Sin embargo, agregaba, aunque la izquierda renacida acierta en algunos aspectos, su pesimismo sobre el mundo moderno va demasiado lejos. “Sus políticas adolecen de ingenuidad en cuanto a presupuestos, burocracias y empresas”. Otra vez: creo que The Economist no quiso ver el caso mexicano porque se habría dado cuenta que Vicente Fox y Felipe Calderón, de extrema derecha, fueron los que aumentaron la burocracia.

En lo que tiene razón la revista es en que durante la década de 1990, cuando el neoliberalismo se apropió hasta de los puestos de revistas, los partidos de izquierda se desplazaron hacia el centro, con líderes como Tony Blair y Bill Clinton que dijeron “haber encontrado una ‘tercera vía’, un acuerdo entre el Estado y el mercado”.

“La izquierda actual ve la tercera vía como un callejón sin salida. Muchos de los nuevos socialistas son millennials. Según Gallup, alrededor del 51 por ciento de los estadounidenses de entre 18 y 29 años tienen una visión positiva del socialismo. En las primarias de 2016, más jóvenes votaron por Bernie Sanders que por Hillary Clinton y Donald Trump juntos. Casi un tercio de los votantes franceses menores de 24 años en las elecciones presidenciales de 2017 votaron por el candidato de extrema izquierda”, aceptó.

Un ultraderechista cuyo padre sirvió a Adolf Hitler es el nuevo Presidente de Chile. No me extraña de Chile. No me extraña de Argentina. No me extraña de Estados Unidos. Siempre he pensado a esas naciones demasiado a la derecha como para experimentar un poco de izquierda. Me extraña de Ecuador, de Perú, de El Salvador. Moverse a la derecha para esas naciones, me parece, es como bañarse en grasa animal y pretender una siesta en la cueva de un lobo. La derecha no quiere a la gente oscura de piel. Es una descripción, no una frase hecha.

¿Entonces? ¿Vamos hacia la izquierda o no? La pregunta no parece justa. Es mejor preguntarse qué sigue después de neoliberalismo y mi respuesta es que cada pueblo debería encontrar su propio modelo y que entre todos deberíamos buscar la manera en que la administración de las naciones se atenga a reglas comunes, y que las ideologías apliquen dependiendo las particularidades locales.

Yo quiero un gobierno de izquierda, ¿es posible? Y que alguien más se sienta conforme con su gobierno de derecha y que los dos tengamos en común buenos gobiernos, seguridad, empleos remunerados y más para el que más lo necesita. Pero eso no sucederá pronto. Eso es justamente lo que quiere la izquierda o, al menos, la izquierda que a mí me simpatiza.

Y lo que vimos en Venezuela es una descripción gráfica de qué quiere la ultraderecha. Para empezar, se hartó de simular. Quiere enriquecer a una élite y someter a las mayorías con bayonetas. Antes una Corina Machado les servía: es la perfecta simuladora, la vendepatrias y la moscamuerta del tipo Ernesto Zedillo, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín o Ricardo Salinas Pliego. Pero hasta los entreguistas del viejo neoliberalismo estorban a la brutalidad del capitalismo contemporáneo, que decidió hacer a un lado a los colaboracionistas y mostrarse como es. Agárrense.

Alejandro Páez Varela

Periodista, escritor. Es autor de las novelas Corazón de Kaláshnikov (Alfaguara 2014, Planeta 2008), Música para Perros (Alfaguara 2013), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Oriundo Laredo (Alfa... Ver más

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