Éramos alrededor de 250 mil personas contando todas juntas para llegar al momento esperado: diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro tres, dos, uno… y ¡¡Feliz año nuevo!! Abrazos, besos, uvas, más abrazos. Recordamos a nuestra gente querida lejana, recordamos a quienes ya no están. Abrazos, uvas, buenos deseos, nuevos propósitos. “Los quiero”, “te amo”, “que haya paz en el mundo”, “que encontremos a mi hermana”, “que se cure mi padre”, “que nazca bien mi bebé”, “que termine el horror de Gaza”, “que encuentre trabajo”, “que mi hijo pase los exámenes”, “que podamos viajar”, “que los migrantes no mueran en ninguna frontera”, “que me perdone”, “que ganemos el Mundial”, “que no haya más desapariciones”, “que las mujeres podamos vivir sin violencia”, “que haya paz”, “que haya paz”, “que haya paz”… De pronto me gustaría ser como los ángeles protagonistas de Las alas del deseo -una de mis películas favoritas en la vida- en la que el director, Wim Wenders, les permite a Damiel y Cassiel escuchar lo que la gente piensa. Me gustaría haber escuchado lo que las 250 mil personas desearon para el año que comienza, qué pensaron, qué dijeron con cada una de las uvas o al abrazar a sus seres queridos, a sus amigos, a su pareja. ¿Qué pensaron ustedes?
Esa noche del 31 de diciembre, en una de las ciudades más pobladas del mundo, la Ciudad de México, en una de sus avenidas más emblemáticas, Paseo de la Reforma, rodeando esa Ángela-Ángel de la Independencia, que se ha vuelto un símbolo, yo pensé que otro mundo quizás sí fuera posible. En una sociedad tan estratificada y jerarquizada como la nuestra, donde los barrios, las escuelas, el entretenimiento, la vivienda, los servicios, la atención a la salud y tantas cosas más están separadas férreamente por clases sociales, la celebración de Año Nuevo en el centro de nuestro amado (ex) Distrito Federal, “La fiesta tecno más grande del mundo”, rompió por unas horas esas barreras. Por allí paseaban familias completas: la abuelita llevando de la mano a los nietos, las parejas con bebés y carriolas, los jóvenes “nice” y los de los sectores más humildes, niñas y niños de todas las colonias, parejas de todas las diversidades, extranjeros que apenas hablaban español, gente en silla de ruedas, chicas besándose con libertad. Cuerpos de todos los colores, voces con todos los acentos, bailando, cantando, brincando, riendo, por el placer de celebrar, por la posibilidad de imaginar una realidad más justa, más libre, más igualitaria.
Viví conmovida y feliz esas horas. Y aclaro que lo mío no es una declaración partidista -aunque le agradezco profundamente este regalo al Gobierno de la ciudad, a Clara Brugada y a la Secretaria de Cultura, Ana Francis Mor-, sino una declaración ética: sí, contra viento y marea, contra los vaticinios más pesimistas y los “pájaros de mal agüero”, quiero seguir pensando que otro mundo es posible. Esa noche, rodeada por la alegría de miles de personas, recordé la canción de Fito Páez: “Quién dijo que todo está perdido: yo vengo a ofrecer mi corazón”.
¡Feliz año nuevo para todas y todos ustedes!
Que el 2026 nos permita seguir enarbolando la bandera de la esperanza.





