Jaime García Chávez

Francisco Barrio y el momento democrático

"Francisco Barrio pasará a la historia por su faena en 1986. Fue un potente insumiso que amplió, vía la resistencia pacífica, libertades y derechos ciudadanos".

Mis memorias con Francisco Barrio
Francisco Barrio, exgobernador de Chihuahua por parte del PAN. Foto: Victoria Valtierra, Cuartoscuro

Francisco Barrio quería ser Presidente, pero supo que no lo lograría el día que visitó a Fox en la residencia oficial de Los Pinos, convaleciente de una cirugía de columna. El entonces Secretario de la Contraloría pasó a la recámara del Presidente y ahí miró, de reojo, en un pequeño portarretrato que dominaba uno de los burós de la cabecera, la foto enmarcada de Santiago Creel. Así me lo contó alguna vez en los largos años que mantuvimos una distante, pero esmerada amistad.

En el principio, el espigado joven que emigró de Satevó a la capital del estado para estudiar y trabajar estaba, de algún modo, destinado al liderazgo. Mientras se formaba como contador público en la Universidad Autónoma de Chihuahua, simpatizaba de lejos con los grupos conservadores que hacían frente a los “revoltosos” de izquierda que queríamos democratizar, desde principios de los setenta, una institución educativa dócil que, tras nuestra derrota estudiantil, pasaría a convertirse en un aparato más del estado.

Debido a su perfil encontró acomodo en el área administrativa de la delegación estatal del INFONAVIT, y en esos primeros años, luego de mudarse a Ciudad Juárez, su biografía reporta un gran activismo en los núcleos empresariales de la frontera, donde su hermano mayor, Federico, se convertiría en un empresario pujante en la entidad.

Allá se involucró en la política. Su paso por el INFONAVIT le permitió ver de cerca la corrupción imperante y decidió, con toda la ética y honestidad que le caracterizaba, buscar la candidatura por la Alcaldía juarense. Pero se dio cuenta que no podría lograrlo por su deseada vía independiente, y fue entonces que se afilió al PAN en 1982. Fue tan intempestiva su primera incorporación a la política que tuvo que buscar literatura al respecto del otro lado del puente. En una crónica narrada en el libro El despertar de México. Episodios de una búsqueda de la democracia, de los ganadores del Pulitzer, Julia Preston y Samuel Dillon se cuenta que un amigo suyo obtuvo en préstamo en la biblioteca pública de El Paso, Texas, un libro sobre la forma en que se organizaban campañas políticas en Estados Unidos. En él se explicaba cómo atraer activistas, planear un mitin, coordinar grupos de representantes de casilla y otros rudimentos políticos básicos. “Ese libro se volvió nuestra biblia”, comentó entonces el espontáneo Barrio. Un año más tarde le ganaría al PRI, que había desechado al empresario Jaime Bermúdez e impuesto a Chago Nieto. 

Bermúdez, a quien Barrio le prestaba sus servicios profesionales en ascenso, actuó despechado y terminó apoyando la campaña del panista. Bermúdez conseguiría tres años después la Presidencia Municipal de la mano del PRI.

Francisco Barrio en realidad se merece una biografía más acabada, pero lo que conocemos de él hoy marca pautas de definiciones.

* * *

La década de los 80 del siglo pasado fue de rupturas políticas y claramente en el ámbito de la economía. La frivolidad del gobierno de José López Portillo llevó a la nacionalización de la banca que irritó a la clase empresarial, dentro de ella a la juarense, que no tardó en articular una disidencia con el rumbo que tomaba el país, al calor del desplante del último nacionalismo revolucionario.

En el centro una ciudadanía que había estado largamente dormida, una sociedad detestada por el poder y la carencia de reconocimiento de un pluralismo, factores que permitieron articular una insurgencia electoral, enarbolando exigencias ético-políticas con la acción pública. Las elecciones tomaron las calles.

Históricamente, en 1983 el PRI sufre su primer gran descalabro electoral con los resultados adversos de la elección, al perder su dominio recurrente en los principales municipios del estado. El viejo partido hegemónico había sido incapaz de advertir las transformaciones que estaba viviendo la sociedad y se decantó por arcaicas fórmulas inerciales pagando el costo de la derrota. El estado era gobernado por Óscar Ornelas, quien carecía de la pericia política para articular alternativas imaginativas y creativas para la continuidad. El PRI se concebía como el partido eternamente triunfador. Pero Ornelas no encajó ahí y Manuel Bartlett, el Secretario de Gobernación del Presidente Miguel De la Madrid, orquestaría el trabajo de fontanería, imponiendo al Gobernador sustituto Saúl González Herrera, personaje de la infamia.

Francisco Barrio estuvo a la cabeza de esa ruptura, desempeñándose con un liderazgo fuertemente carismático y con un mensaje político que anunciaba con precisión los cambios que buscaba. Otro rupturista, Porfirio Muñoz Ledo, opinaba que Barrio era entonces el líder por la democracia en el país. Había en esto una vocación precisa para el ejercicio de la dirección política; palabra y carácter acompañada de la habilidad para comunicar con el pueblo en la tarea de transformar un sistema carcomido en favor de uno democrático, cuyos contornos aún no estaban definidos.

Ya para el 86 el discurso barrista caía en tierra fértil. El panismo chihuahuense recordaba todavía el gran fraude electoral de 1956 y Ciudad Juárez había sido uno de los escenarios del agravio. La insurgencia cívica ocurría en esta frontera del país, como años atrás los éxitos del maderismo. Hubo una especie de síntesis de la historia que se condensó en la primera derrota del PRI, y Barrio fue cabeza en ese proceso. Era, como se dijo de Pericles en la democracia ateniense, “el único orador que dejaba el aguijón en el corazón del auditorio”. Se atrevió, pues, a tocar el fuego en tiempos de frío. 

Barrio era un hombre afiliado a la derecha política, conocía desde adentro el ejercicio del poder en el municipio, mantenía vínculos con el poder económico y estaba consciente del sólido eslabón que esto le representaba en la búsqueda del poder, entendido como una plataforma de servicio a la comunidad, con fines emparentados a los bienes públicos. 

Al inicio de la década de los 80, el PAN empezó una transformación y buscó liderazgos emanados del sector privado, lo que podría llevar a la fácil conclusión de una acción fincada en el privilegio, pero no debe extrañar que liderazgos democráticos hayan surgido desde ahí. Desde los tiempos de la fundación de la democracia hasta nuestros días, los dirigentes se han nutrido en sectores de clase acomodada, y lo que vale, al tratar de justipreciar su papel, son los hechos mismos, donde siempre encontraremos luces y sombras.

Escojo la ruta de ver a Barrio en las porciones momentáneas de su propia historia, de la que le atañe personalmente. Así, juega un papel primordial en 1986, año en el que, a mi juicio, ganó la gubernatura del estado de Chihuahua al PRI y a su candidato, Fernando Baeza Meléndez. Fue un año de revueltas, de grandes movilizaciones sociales, de intransigencia fecunda contra el ancestral fraude electoral. Todas las estructuras se cimbraron, incluida la iglesia católica del obispo Adalberto Almeida y Merino, y se inauguró la vía de la resistencia civil en un estado que había sido escenario de violencia política, y la sociedad fue testigo del desprecio del poder central a la ciudadanía, incluso la priista, que impuso contra viento y marea a Baeza Meléndez. También asomó a la escena pública la figura del Antonio Becerra Gaytán, sustentando un viraje a la democracia desde la izquierda comunista. Sus detractores lo acusaron de “pansumista”.

Eran los tiempos en los que el líder centésima Fidel Velázquez advertía que si la “familia revolucionaria” había llegado al poder a balazos, a balazos se iría. Y nada fácil es la decisión de Barrio de no decantarse por responder con violencia. El 86 chihuahuense fue el prefacio de lo que sucedería en 1988. Son dos años que convergen y marcan la ruta democrática que indefectiblemente devino en la derrota del partido de Estado.

Tanto la izquierda como la derecha panista coincidían en su grito de “¡fuera el PRI-gobierno!”, pero a la postre quien lograba la meta en las elecciones eran las coaliciones formadas por lo que se empezó a delinear en lo que se conoce como “neopanismo”, y ahí Barrio brilló con su presencia.

Durante ese ciclo, que abarcó a varios estados de la República, hubo transformaciones y necesidades vitales del priismo por obtener una legitimidad que lo solventara. La conjunción en 1992 de esas transformaciones en la escena chihuahuense, finalmente llevaron a Barrio a la conquista de la gubernatura durante un proceso electoral terso y sin los conflictos posteriores que habían caracterizado antes a las elecciones. No es que haya sido producto de una “concertación” durante el salinismo, sino que todo político que se precie de serlo hace la lectura de las condiciones favorables para obtener sus metas. Como candidato del PRD a la gubernatura me tocó atestiguar de cerca estas circunstancias. 

Aquí no hubo engaños, el PAN en su conjunto, los empresarios que le daban soporte, habían adoptado el neoliberalismo como credo y Barrio no quedó fuera de esa avasalladora tendencia.

Durante su gobierno (1992-1998) Barrio encontró que no había una reserva democrática en la sociedad para integrar una administración estrictamente panista. Echó mano de figuras como Eduardo Romero Ramos que, sin mediar falsedad alguna, marcó su distancia con el PAN y se autodeclaró “barrista”; y del abogado Marcos Molina Castro, quienes le imprimieron un contenido profesional a la nueva administración estatal, que se topó con un escenario en el que el PRI no se resignaba a la derrota y hacía uso de la izquierda deshonrada representada por el CDP de Rubén Aguilar para el chantaje político que ya Barrio había experimentado en la Alcaldía de Ciudad Juárez, aunque imagino que si no hubiera existido el CDP, Barrio lo hubiera inventado, como se lo dije en alguna ocasión. Después supimos que Salinas le “encargó” a este líder.

El gobierno fundacional de Barrio partió de cero. Nunca antes el poder se ocupaba desde afuera; hasta entonces el poder paría al poder y las pugnas siempre habían sido en el interior del PRI; y los equipos de gobierno, para bien o para mal, podían respaldarse en la experiencia de una burocracia largamente enquistada. Se comportaban como imprescindibles. Fue así como el primer Gobernador opositor al PRI tuvo que integrar un gobierno híbrido en el que hubo políticos del PAN, una cuota de empresarios –donde destacó Enrique Terrazas Torres–, y hasta personajes ligados al liberalismo y a la izquierda, como fue Augusto Martínez Gil en la presidencia del Supremo Tribunal de Justicia.

Con el impulso a la reforma local de la Constitución en 1995 se colocaron los cimientos para extraer del ámbito del gobierno los órganos administrativos y jurisdiccionales encargados de los procesos electorales y hacerlos independientes. El jurista Rafael Lozoya Varela, liberal y simpatizante de la izquierda, presidió el primer Tribunal Estatal de Elecciones. Al mismo tiempo posibilitó la llegada de la democracia participativa con la iniciativa popular legislativa, el referéndum y el plebiscito y, en la etapa final de su gestión, la revocación de mandato. 

Su talante democrático se hizo manifiesto en 1995, cuando su partido pierde las elecciones intermedias y le toca inaugurar la primera experiencia de un gobierno dividido, producto de la mayoría congresional priista que encabezó Miguel Etzel Maldonado. En un momento dado vetó el presupuesto estatal que le dispuso esa mayoría priista, pero encontró una solución intermedia, impensable en tiempos autoritarios, que anunció un tipo de gobernabilidad más democrática.

El feminicidio, cuyo fenómeno inicialmente se conoció como “Las muertas de Juárez”, hizo durante el gobierno de Barrio su siniestra aparición. No hubo herramientas asumidas por el Poder Ejecutivo para encarar la gravedad que se mostraba ante la sociedad por una violencia atroz que contenía crímenes de odio y exhibió todo un modelo económico y cultural victimizante de la mujer, con la impronta de la muerte que empezaron a documentar, destacadamente, las feministas María Elena Vargas, Esther Chávez Cano e Irma Campos Madrigal. Hubo ausencia del gobierno.

El primer gobernador panista no logró, al final, que su partido continuara en el poder estatal; pero además mostró un rostro de estadista al no asumir la jefatura del mismo y no convertirlo en un aparato de Estado. Barrio, a la hora de decidir el entramado de su propia decisión, apostó por la democracia partidaria y por la celebración de una convención libre. No le fue favorable el resultado, y lo acató. Ramón Galindo resultó ser el candidato que no convenció a Chihuahua. En 1998 el PAN perdía las elecciones y se daba otra alternancia sin conflictos. A la postre, Patricio Martínez, que era el prototipo del hombre de derecha, empresario y católico, fue el ganador.

Si nos valemos de las ideas de Tzvetan Todorov, Francisco Barrio pasará a la historia por su faena en 1986. Fue un potente insumiso que amplió, vía la resistencia pacífica, libertades y derechos ciudadanos. En ese tiempo escaló desde el lado humano para ampliar el repudio a un priismo autoritario y engreído. Vale decir que no todos dieron la talla en esos momentos en los que había que definirse, y eso es más que un estado de dubitación que va desde la falsa neutralidad a la traición misma.

* * *

Barrio concluye su gobierno y da un salto a la escena nacional al lado de Vicente Fox en el 2000. Llega a la Secretaría de la Contraloría a condición de que el Presidente le permita un lapso razonable para emprender la lucha anticorrupción, pero topó con la urgente frivolidad del Ejecutivo quien le delegó la tarea de “encontrar peces gordos”, tarea para la que no había ni la voluntad ni las condiciones específicas, como lo evidenció el famoso “Pemexgate”.

En la carrera sucesoria por la Presidencia optó por la antesala congresional y en mal momento se hizo Diputado Federal y líder parlamentario, que no era lo suyo. Empero, es el chihuahuense que ha estado más cerca de aspirar a la alta Jefatura del Estado. Finalmente Fox, quien dormía con un retrato de Santiago Creel en su mesita de noche, se decantó por reconocer en Felipe Calderón –su disidente y de raigambre panista– como el primer candidato oficial de su partido, quiero decir desde el poder. Operó la vieja ley de que los políticos chihuahuenses que suben al Altiplano, fracasan. El siguiente paso de Barrio fue su experiencia en el servicio exterior como Embajador en Canadá.

La democracia soñada en los ochenta por Barrio y toda la pléyade nacional de disidencias y discrepancias, naufragó con la restauración priista en la figura de Enrique Peña Nieto. Barrio regresa a Chihuahua para ser testigo de que el viejo PRI se había reinstalado electoralmente en el poder, y era el tiempo de la descomposición política, cuna de personajes como el tirano César Duarte, brazo de la corrupción de que se valieron figuras como Manlio Fabio Beltrones o Emilio Gamboa Patrón para expoliar la entidad. 

Después de su Embajada Barrio regresó a su tierra. Tuvo un largo año para informarse a fondo de que el partido al que se alineó en 1982 estaba en decadencia y era cómplice y beneficiario del duartismo. Entre otras cosas, le dolió el golpe que Duarte le asestó al Poder Judicial y lo dijo abiertamente en el auditorio en donde se fundó Unión Ciudadana, en noviembre de 2014. Ante esa precisión, una de las asistentes a esa asamblea insurgente se sintió incómoda por las palabras de Barrio: Maru Campos. Como un resorte, la entonces Diputada local panista, de pronto saltó de su butaca y abandonó el lugar. Tiempo después se sabrían los detalles de esa complicidad, que pasaba por una nómina extralegal e igualmente viciada. Seguramente Barrio comprendió la corruptibilidad de los ideales; y el PAN de entonces, el de la miga democrática, ya no era lo que había sido. El poder lo había corrompido. Su liderazgo, fuerte, no fue suficiente para enderezar la ruta. 

Dos momentos cerraron el ciclo vital de Barrio: sumarse a Unión Ciudadana para dar la batalla contra el duartismo corrupto y regresar a una dimensión ética cuyo discurso llegó a varios pueblos, al abrigo de esta organización. El otro momento fue cuando observó el derrumbe de la democracia germinal que se había construido y la amenaza que él visualizó para el país con la exitosa insurgencia de MORENA que se había instalado en el poder. Fue tan contundente este momento que terminó abrazando al PRI como aliado y a Fernando Baeza, su verdugo en el 86, como correligionario, y un abrazo entre ambos se percibió como la exoneración del agravio del pasado, toda una afrenta histórica. Quien quiera ver en este acto bondad o altura de miras, está en su derecho. Lo que se impone es la comprensión política del suceso, que suele darse en las goteras de los derrumbes del ideal por construir un sistema democrático.

A pesar de todo ello, mantuve una respetuosa amistad con Barrio. Las grandes cosas surgen del diálogo. Quien es incapaz de admirar al que no está en todo de acuerdo con él, pierde más de la mitad de la vida, como diría el escritor mexicano Alfonso Reyes. No hay justificaciones en esto; lo contrario sería impostar una impertinente simulación.

* * *

Sin saber lo que vendría después en la infortunada hora de su fallecimiento, mantuve una fraterna conversación que me inspiró cercanía, superando el obstáculo de que libraba una batalla por su vida en un hospital extranjero, con la apuesta de continuar en la brega con una salud recobrada que hiciera posible una existencia con dignidad, revelando además una faceta de su personalidad: la religiosidad que practicó toda su vida y que también tiñó su actividad política como opositor, funcionario y representante social.

El lunes 22 de septiembre le pregunté a través de un mensaje digital:

—¿Cómo va con esa bomba que un poeta llamó “hidráulica” pero que sirve de manera esencial? Espero que muy bien, son mis deseos. Un abrazo.

Francisco Barrio me respondió:

—Por acá, la bomba dando algo de problema. Estoy haciendo lo que esté a mi alcance para atenderlo de la mejor forma. Posiblemente tendré que someterme a cirugía en breve. Gracias por estar pendiente. Saludos.

A inicios de diciembre le refrendé la invitación a unas conferencias que organizamos en la UACH. 

—Es este miércoles —le recordé.

—Todavía no me dan de alta y no queda claro para cuándo, Jaime. Cuando pueda me reporto —contestó.

A mediados de ese mismo mes, él me comunicaba lo siguiente:

—Jaime, a prácticamente dos semanas de la cirugía, sigo en terapia intensiva. Ahí me reporto cuando esté en mejores circunstancias. 

—Mis mejores deseos, que todo saldrá bien. Un abrazo para todos. Espero vernos pronto. Cuando todo sea historia, anécdotas y futuro luminoso. Felices fiestas. Estoy saliendo a Sonora, en este momento. Llevo una voz de aliento, libertad y democracia que se desprende de experiencias compartidas —le comenté.

—Abrazo fuerte, estimado amigo. Tenemos el reto de despertar a toda una nueva generación de titanes, que pongan en movimiento y conduzcan al país hacia mejores horizontes —dijo él.

El martes 23 de diciembre, a las 5:33 de la tarde, envió el que sería su último mensaje para mí:

—Aquí sigo, Jaime, en situación complicada. Abrazo fuerte.

—Un abrazo cargado de los mejores deseos para usted. Abrazo a su familia —respondí afectuosamente.

Pancho Barrio moriría seis días después, el 29 de diciembre.

Un día después escribí estas palabras, a manera de carta, que él ya no pudo leer:

“Estimado amigo Francisco Barrio: Me entero de tu dolorosa partida. Se me estrechó el corazón (débil y cansado como el tuyo desde hace tiempo). Te deseo un buen viaje. Desde este lado seguiré dedicando mi travesía existencial a combatir la corrupción y los autoritarismos, a promover el diálogo y la tolerancia, y a favorecer los valores de la democracia y el pluralismo. Agradezco las batallas libradas juntos, y aquellas que dimos en aceras distintas. Pero sobre todo aprecio la ética y la categoría con la que se dieron todas ellas, la forma auténtica, honesta y genuina de procesarlas. A tu familia y amistades les deseo pronto consuelo, que encuentren la paz y la resignación ante tu irremediable partida. Ya tendré ocasión de mostrar mi aprecio por ti en el espacio público, ese que hoy se ha intoxicado por una polarización y un dogmatismo que habrá que seguir combatiendo. Hasta siempre, amigo y ciudadano Francisco Barrio”.

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Viernes 16 de enero de 2026.

Jaime García Chávez

Político y abogado chihuahuense. Por más de cuarenta años ha dirigido un despacho de abogados que defiende los derechos humanos y laborales. Impulsor del combate a la corrupción política. Fundador y a... Ver más

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