Historia de unos días

Alejandro Páez Varela

No van a parar

09/02/2026 - 12:08 am

"La derecha es un lobo que se enamoró de la carne fresca: cualquiera de nuestros hijos, como cachorro separado de la manada, será destazado vivo".

1. Linchamiento

En el verano de 1999, el asesinato de Francisco Jorge Stanley Albaitero conmovió al país. El comediante conocido como “Paco Stanley” era querido por una parte de la audiencia mexicana. Nunca lo vi, por lo que no se ahora mismo explicar si era genuinamente carismático o un producto bien pensado de la televisión o ambas cosas, y no importa: millones repetían sus frases en un momento en el que la misoginia, el racismo, el clasismo o la humillación pública se dejaban pasar porque “eran parte el espectáculo”.

Locutor, abierto promotor del PRI, Stanley duró décadas entre las noticias, el entretenimiento y el teatro, siempre respaldado por Televisa. En 1998 se había ido a TV Azteca para intentar una copia de lo que había sido su carrera en el Canal de las Estrellas. No le dio tiempo. El 7 de junio de 1999 lo mataron. Tenía 56 años.

Cuauhtémoc Cárdenas, quien había sido candidato presidencial en 1988 contra Carlos Salinas de Gortari, era Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Televisa y TV Azteca se le fueron con todo. Lo culpaban del asesinato. Los locutores y conductores golpeaban las mesas en transmisiones que duraron horas, días, semanas. ¡Que renuncie!, exigían con lágrimas en los ojos o al menos con las pupilas dilatadas por la ira. Se sabía que Cárdenas sería candidato presidencial de la izquierda al año siguiente y le demandaban que se retirara de la vida pública. La tormenta mediática no cesó. Intentaron destruirlo o, al menos, evitar que llegara a la campaña del 2000.

Los colegas del mismo Stanley fueron arrestados por presuntamente colaborar con el crimen. Mario Bezares fue detenido el 22 de julio de 1999. Se habló de drogas, celos, abusos, infidelidades. Pero las televisoras no pararon, al contrario: extendieron la guerra de lodo hasta el siguiente año, en la contienda presidencial de 2000, con ayuda de los diarios impresos, la radio y otras televisoras. Cárdenas, acosado por todos los medios –casi sin excepción– y sin derecho de réplica, debió pedir licencia para competir contra Vicente Fox y Francisco Labastida. Quedó en tercer lugar. La izquierda casi perdió el Distrito Federal. El joven y emergente líder perredista Andrés Manuel López Obrador ganó con poco margen: tuvo 37.70 por ciento de los votos contra 33.40 de Santiago Creel. La capital casi cae en manos del PAN, y Televisa y TV Azteca estuvieron muy cerca de truncar, antes de nacer, el proyecto social que hoy gobierna México.

Con “acento de provinciano” –como les encanta decir–; sin trazas de corrupción; un clasemediero ajeno a las élites económicas, políticas, intelectuales, mediáticas o académicas, López Obrador se dedicó a gobernar la ciudad y para ello tuvo que confrontar al envalentonado poder mediático y, tómala, que les da una gran lección. En las elecciones intermedias de 2003, en vez de desgastarse “por el ejercicio natural del poder”, como toda la prensa decía, el PRD se quedó 37 de las 40 diputaciones de mayoría y le dejó apenas tres al PAN. De las delegaciones, ahora alcaldías, se pintaron de amarillo 13 y el panismo se quedó con dos, y el PRI con una. Fue una tremenda paliza. AMLO se catapultó. Y entonces todas las fuerzas de lo peor de México se lanzaron contra él.

Lo que sigue es historia conocida. Antes del fraude electoral de 2006, el PRI y el PAN se repartieron el IFE, y los poderes de facto se organizaron en torno a las televisoras, la radio y los impresos; en torno a Carlos Salinas de Gortari, a Diego Fernández de Ceballos, a Elba Esther Gordillo y otra escoria humana similar; se apoyaron en los núcleos empresariales y mediáticos, en los intelectuales y los académicos, y entre todos prepararon la madre de todas las campañas contra un sólo individuo venido del Sur: López Obrador.

Les molestaba que hubiera crecido en la adversidad, que fuera pueblerino, que no viniera de las élites. Pero lo que más los encabronaba es que no se arrodillara ante ellos. Nunca se les arrodilló. Entonces intentaron mutilarle las piernas.

Vino el desafuero, los videoescándalos, la guerra de lodo y oleadas inagotables de mentiras. Querían darle una lección a toda la izquierda y no hubo escrúpulos. Acosaron el entorno de López Obrador con dinero y con ríos de falsedades. Inyectaron odio y división. Lanzaron campañas multimillonarias de miedo en las que participaron muchos de los que siguen activos el día de hoy. Y sobre todas las cosas, lo más importante, se concentraron en intentar aislar a AMLO. Le lanzaron tantas acusaciones que no tuvo manera de responder a todas. Él intentó contestar y le cancelaron el derecho a la réplica, el derecho a competir, el derecho a disentir, el derecho a responder, a proponer, a contar su parte de la historia.

Hasta que lo mandaron al exilio.

Y allá va, un hombre en apariencia derrotado, en apariencia solo, a recorrer los pueblos y las rancherías con dos pesos en la bolsa. Y allí va, a veces solo, a comer en las fondas más escondidas y a dormir en los catres más humildes.

Y desde allí, abajo, un movimiento empezó a tomar forma con un principio único, simple y noble: por el bien de todos, primero los pobres. Y desde allí, abajo-abajo, cerca de las raíces –gracias, Mario Benedetti– “es donde la memoria ningún recuerdo omite”.

“Y hay quienes se desmueren / y hay quienes se desviven / y así entre todos logran lo que era un imposible / que todo el mundo sepa que el Sur también existe”.

2. Regreso

La epopeya del regreso de López Obrador ha sido narrada desde muy distintos ángulos, con fuentes muy competentes y cercanas. El triunfo de 2018 fue contundente. Y fue más contundente aún, creo yo, el triunfo de 2024 porque se logró una transición pacífica con todavía más votos. La izquierda maduró un movimiento robusto y cada vez más social. Puso a la primera mujer, Claudia Sheinbaum Pardo, en la Presidencia. Y el futuro del movimiento lopezobradorista es claro: mientras que el pueblo de México siga convencido, la izquierda seguirá en el poder. Por eso, por el bien de todos, siempre primero los pobres.

Celebré públicamente, la semana pasada, que la Presidenta regañara a los morenistas de todo el país. Abajo, señoras y señores, está el trabajo. Desde allí, abajo, nació un movimiento y sus líderes tienen la obligación de no descuidar a las bases porque si los cautiva el perverso boato del poder por encima del amor a la gente, todo, absolutamente todo lo que son se les vendrá abajo. Este apunte lo llamo “el regreso” porque creo que la izquierda siempre debe regresar a la gente, a las raíces; debe conocer el terreno a nivel suelo. Si se marea, se hunde todo.

Y si no imaginan las consecuencias, piensen: ¿qué va a suceder el día en el que un Ricardo Salinas Pliego o un Claudio X. González los tenga en sus manos? Refléjense en Cárdenas y en tantos más, amenazados y sometidos por este rufián y su televisora; refléjense en los años amargos de AMLO; en los maestros y los estudiantes, perseguidos y encarcelados por lo que ahora llamamos “la fachiza”. La derecha es un lobo que se enamoró de la carne fresca: cualquiera de nuestros hijos, como un cachorro que se separa de la manada, será destazado vivo.

AMLO sabía que sin pueblo, cualquier causa, incluso las mejores, están perdidas. Lo sabe Claudia. Pienso y pienso en su frase: con el pueblo todo, sin el pueblo nada. Porque la derecha no va a parar. Quisiera sembrar la duda, dividir, engañar, aislar y luego matar con los dientes a todos los que se descuiden. Así lo han hecho siempre, por generaciones.

Encuentro absurdo, incluso estúpido, que alguien tome distancia de los de a pie. Allá, abajo, en las raíces, donde la memoria ningún recuerdo omite, están la gratitud, el amor, la bondad, la lealtad, la nobleza. La solidaridad. Dejarlo todo para abrazarse a las élites es una apuesta sin sentido. No paga. Vean una pirámide: arriba es angosto: sólo cabe un puñado y están tan apretado que se han ido despojando de valores. Nunca lo olviden.

3. Victoria

Dos grandes fuerzas, una emanada del poder popular y otra anclada en las élites, se disputan los destinos de México desde hace al menos dos siglos. Es una guerra por las conciencias, antes que por los votos. Es lo que se conoce como “batalla cultural”. Abarca muchos aspectos y toca la identidad misma de las personas, de los gobernados. No se pelea exclusivamente la hegemonía política: se trata de controlar la riqueza nacional. A la derecha no le interesan las bases, pero sabe que tenerlas le garantiza el acceso al poder; la izquierda viene de allí, de las bases, y allí mismo radica su poder.

En los últimos años, México entró en una profunda transformación de las conciencias. La llegada de López Obrador despertó a millones al tiempo que exhibió a los Salinas Pliego y la rapacería de sectores pudientes que estaban acostumbrados a nunca rendir cuentas y a hundir, a punta de mentiras y con campañas de lodo, a quienes se atrevieran a cuestionarlos.

La derecha tenía todo el poder. La está pasando mal. Y, por si fuera poco, se dio cuenta muy tarde de que el movimiento que se formó allí, abajo, cerca de las raíces, evoluciona sobre todo en las conciencias: las ha liberado.

Recientemente, como algunos saben, he sido víctima de una campaña de difamación que se caerá sola. No tiene manera de ir más lejos. Todo lo que soy y lo que tengo está transparentado. Ni siquiera tuve que preguntarle a nadie cuánto acumulo: de verdad, es poco. No es la primera vez que me atacan con saña, aunque esta vez fueron las dos televisoras y sus satélites. Pagaron granjas de bots, me lanzaron troles. El dinero viene de los núcleos más podridos de nuestra sociedad. Pero me salvó la solidaridad de una buena parte de mis colegas y me salvó la gente. Miles y miles le respondieron a los calumniadores. Estoy en deuda con ustedes, con todos. Y conmigo mismo estoy en deuda: no me puedo descuidar ni un segundo. Nunca más. Van a seguir porque son corruptos y les encantaría encontrar a alguien de este lado que sea como ellos. Seré una pared sólida.

Permítanme, sin embargo, dejar claro esto: no es necesariamente contra mí. Es una disputa mayor. Lo que quieren es desquitar su enojo, su ira, su rabia y bueno, algunos pagamos. Lo que tienen es síndrome de abstinencia de poder y quieren que alguien, quien sea, se los pague. Cito textual el mensaje que me mandó la directora de un medio: “También pienso que van sobre ustedes, que son lo más fuerte de este lado del periodismo contrahegemónico, para una avanzada mayor sobre el proyecto político del país. Son épocas oscuras y toca acuerparnos, querido. Porque vienen por todos”. Sí, vienen por todos nosotros, donde estemos. No sólo en la prensa.

Y van a seguir. Apenas empiezan. Ensayan conmigo y se seguirán con otros. Tienen dinero a raudales para resistir, aunque se les vaya alejando la gente. Me lanzarán el toro negro de mil toneladas y yo me defenderé con el recurso más eficaz: ustedes. Es lo que me queda. Es lo que siempre salva a la gente como yo. Soy pared, soy una pared de piedra: verán, pues sí, que me cuarteo. Pero no me caigo.

Alejandro Páez Varela

Periodista, escritor. Es autor de las novelas Corazón de Kaláshnikov (Alfaguara 2014, Planeta 2008), Música para Perros (Alfaguara 2013), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Oriundo Laredo (Alfa... Ver más

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