Julieta Cardona

A veces las vísceras son más grandes que tú

04/05/2013 - 12:00 am

A veces las películas no son tan irreales, por supuesto, muy pocas de ellas. Lo que es cierto, en algunos casos y cuando puedes soportarlo, es la aversión hacia el amor y el resentimiento hacia una vida en pareja. El corazón te queda tan atormentado y en pedacitos, que el miedo que sientes llega a ser mucho más grande que el sol. Te resignas a no saber más a aquella persona que fue tuya y comienzas a canalizar tu altivez (sólo si posees esos dotes) en personas cuyo atractivo te parezca provocador, sino nunca. Y justo este es el punto en el cual comienzas una colección de cuerpos, y tal vez de corazones; algunas veces sintiendo orgullo, pero la mayoría de ellas sabiéndote abominable.

Alguna vez me dejaron una nota que yo no ansiaba leer, ni siquiera me percaté de ella, sino hasta días después. La nota justificaba dulcemente la ausencia, ¡cómo si el estar ausente fuera cosa tan justificable!, ¡¿pero en qué nos hemos convertido?!

La nota decía que me había besado la frente, era algo así como un suplicio a un llamado posterior. Y yo decía tener más cuerpos en los cuales gastar el mío, pero mentía porque el único que quería ya me había dejado.

Es obvio y definitivo, el entrar a una habitación con el corazón puesto y salir dejándolo en manos de alguien es lo más estúpido y puro que puede hacer una persona.

Tan infieles somos a nuestro instinto que a veces dejamos de invitar a alguien a nuestra alcoba por fidelidad a alguien más. Así se mezcla injustamente el amor con las pasiones adquiridas, con el deseo, con el nulo raciocinio. Qué injustos somos con nosotros mismos.

La subjetividad, tan consustancial a nosotros, nos inclina a entrar en una cuadratura de imperfecto criterio y nos limita a sentir y/o a pensar, nos invita a encarcelarnos con todo el montonal de emociones a desbordar, e incluso a restringirnos una dosis de placer incontrolable.

Y entonces lloramos; lloramos por tener el espíritu grande grande como el sol o tan pequeño que jamás podría verse. Lloramos por desahogo, por desconsuelo, por despecho, por coraje, por no tener algo mejor que hacer. Nos cuesta tanto trabajo definir las emociones, que confundimos un peso de encima con júbilo, que confundimos una entrada a un motel con una invitación a nuestra vida, que dejamos notas justificando ausencias para sentirnos más soportables.

Y así le damos vuelta al calendario incluso cuando no te lleva a ningún lugar. Así lanzamos gritos hacia el sur, así creemos que absolutamente nada sucede cuando se nos escapa absolutamente todo entre las piernas de alguien más.

@hartatedemi

MÁS EN Opinión

MÁS EN Opinión