Julieta Cardona

Ser alguien en la vida

07/09/2013 - 12:00 am

No sé si todos, pero muchos de nosotros vivimos con la angustia de “ser alguien en la vida” porque créanme que la presión social es una cosa muy cabrona. Desde chiquitos. Desde que nos preguntan “inocentemente” qué queremos ser cuando seamos grandes.

Verán. Fui a una “clase abierta” de mi hermanito Emiliano que tiene 9 años. Había muchas señoras amargadas rasgando los ojos y alzando el cuello —y otras tantas el culo— cual patos de estanque, también uno que otro viejo rabo verde cual puta de esquina. En serio es impresionante lo que una se encuentra en exhibiciones de alumnos de primaria.

Pero bueno, no vengo a platicar sobre las crisis de mediana edad de hombres o mujeres, sino de ser alguien en la vida, especialmente porque detesto la frase “ser alguien en la vida”. Era el turno de Jaimito, compañero de Emiliano, y el diálogo con la profesora fue más o menos así:

—Y tú, Jaimito, ¿qué quieres ser de grande?

—Mmmmhhh, ¿yo?, pues no sé.

—Pero, Jaimito, hay tantas cosas: bombero, abogado, arquitecto, piloto, músico, ¡imagínate tocar la trompeta!

—No sé, no sé, no sé, ¿vendedor de chicles?

Entonces se levantó un pato de estanque —cual yo asumí y después constaté como su madre— y parloteó: “¿Cómo que no sabes? ¡Contesta! ¡¿Cómo que vendedor de chicles?!”.

—Mmmmhhh, bombero, creo que quiero ser bombero— contestó el desdichado niño viendo hacia el piso.

—¡¿Cómo que crees?! — volvía a cuestionar la madre.

Luego yo:

—Mire, a usted le dijeron que no estaba bien ser una hija de perra y nunca hizo caso, así que no presione al niño— me imaginé contestándole, pero no dije nada y solo sentí pena por el pobre de Jaimito. Y ganas de amarrar para siempre el pico del pato.

Además querer ser vendedor de chicles no tiene nada de malo, todo mundo quiere siempre un maldito chicle.

Siendo así, irremediablemente cayeron a mí recuerdos de la infancia.

—Putita, mamá, yo quiero ser una putita.

—Sé lo que quieras, hija, pero sé la mejor.

Yo tenía 11 años y lo decía por molestar a mi madre —porque siempre se me ha dado eso de ser una patada en el culo—, pero terminé recibiendo una bella lección.

Desde aquél momento comienza el viacrucis por “ser alguien en la vida”. En este mundo tan juzgón y tan cabrón donde para ser alguien en la vida es “mejor” estudiar (y mientras más estudies, más especial eres) para, dependiendo del círculo en el que te muevas, ser aceptado con mayor facilidad y tener más oportunidades para salir adelante (donde por “oportunidades” me refiero a más dinero). Yo conozco un doctor en Filología y Letras Inglesas que sobrevive con muy poco dinero al año (en serio no tienen idea), renta un departamento de $700 pesos al mes y se enamoró de una puta que decidió dejar de cobrarle. Una puta que no terminó la secundaria, por cierto.

Además se estigmatiza a los tatuados, a los homosexuales, a los que no terminaron la “prepa”, a los morenos indígenas —o simplemente a los morenos—, a un chingo. Entonces ser alguien en la vida no solo se trata de estudiar lo que tu papá estudió para tener mejores oportunidades, sino de ser un maldito abogado egresado de la Anáhuac con maestría en mercantil que también es del Opus Dei y se masturba por las noches frente a una revista carísima de Playboy porque ser infiel no es de Dios. Y eso que a mí me da lo mismo de qué universidad salió, o cómo se llama su papá, o si mastica chicles Trident porque para ser alguien en la vida solo tienes que nacer, para ser alguien productivo hay que recorrer un camino largo tipo viacrucis.

Y está cabrón. Maldito. Mundo. Cabrón.

MÁS EN Opinión

MÁS EN Opinión