Julieta Cardona

Memorias de mi infancia alusivas a estas fechas

02/11/2013 - 12:00 am

El amor por Halloween me duró toda mi infancia y apenas el inicio de mi pubertad; claro, me gustaba más cuando yo podía elegir mis disfraces porque cuando todavía no podía decidir, mi madre me envolvía cual tamal en pellón naranja y ella juraba que me veía como una hermosa calabacita (madre, si lees esto, debes saber que no era gracioso). Cuando por fin pude decidir, me la pasé entre disfraces de Freddy Krueger y de un zombi, pues era barato vestirme de eso; en las papelerías vendían el kit para simular heridas ensangrentadas y todo mundo tenía siempre una playera a rayas y un sombrero, entonces era un disfraz baratón que nos sacaba del apuro.

En la colonia que yo viví ese amor por Halloween, mis hermanos y yo encontramos una mina de diversión gracias a nuestros vecinos (niños de nuestra edad) y yo creo que justo en esas épocas, los 7 niñitos que nos juntábamos éramos el mismísimo Jack-o’-lantern encarnado en un barrio de México, pues había casas en las que ni siquiera preguntábamos si “dulce o travesura”, simplemente hacíamos travesuras (aparte nos creíamos muy gringos porque nunca dijimos el famoso “me da pa’ mi calaverita”).

Una noche de Halloween nos ensañamos con el panadero solo porque tenía una nariz gigante, esperamos a que anocheciera y lo seguimos hasta su casa, ahí le bajamos 5 veces el switch de la caja que abastecía de luz a toda su casa; el pobre salió en calzoncillos y se quedó custodiando la caja del switch durante más de media hora. Claro que era peor cuando nos decían que no al dulce o a la travesura, para esos casos llevábamos huevos; haber sabido cómo subiría el huevo años después y seguramente hubiésemos lanzado lodo, o no, porque en serio que de niños somos muy desalmados. Y de pubertos, de jóvenes, de adultos y de viejos, a quién chingaos engaño.

Sobre el Día de Muertos también tengo algo que decir, además de que estamos con las costumbres y tradiciones todas revueltas (lejos de las calaveritas que hacíamos como tarea y las horrendas ofrendas que nos hacían poner en el colegio, cuales incluso se sometían a concursos que porque había que honrar a nuestros antepasados y preservar nuestra celebración de origen mesoamericano y blablablá), a mí me explicaron que en casa debíamos poner ofrendas para nuestros queridos difuntos, que lo que pusiéramos era para que el muerto recorriera sus andanzas al reino de los muertos; o sea, venían los muertos a comer lo que les dejábamos y luego se iban ¿y era lo único que comían en todo el año? Yo me obsesioné con el tema, pues para cuando estaba en el meollo de la pubertad, murió mi abuela, así que me enojé con Halloween, con Freddy Krueger, con los zombis, con las calabazas y con las flores de cempasúchil, con los panaderos, con mis amigos, con el papel picado y con el mundo de los muertos porque ahora ella estaba ahí y no conmigo, entonces, desde el primer día de su fallecimiento, me dediqué a dejarle comida todas las noches debajo de mi cama hasta que un día olvidé quitar los platos, cosa que supe cuando llegué a mi casa del colegio porque mis padres estaban sentados en la sala con el plato de la comida cuasiputrefacta agobiados por una anorexia inexistente. “Les prometo que comeré bien de ahora en adelante”, les dije, pues me pareció menos explicativo —además de que no entenderían la verdad sobre las necesidades de los muertos y mi abuela y todo eso—; a cambio obtuve vigilancia exhaustiva de mi madre. Cuatro días pasaron y mientras mis compañeras de 13 años se preocupaban por comprar una prueba de embarazo, yo lloraba porque mi viejita muerta andaba sin comer hasta que en ese, el cuarto día, se me apareció en un sueño donde me decía: “Mijita, si en vida fui una reina, ¿tú crees que en este reino de los muertos, no? A las reinas nunca les falta comida, hija”. Y santo remedio.

Luego hice como que crecí y dejé de disfrazarme de Freddy (además de que debía dejar de aventar huevos algún día) y bueno, sobre el Día de Muertos, nunca volví a poner una ofrenda o experimenté emoción particular (de hecho nunca la experimenté sino hasta que mi abuela murió), solo que no sé, yo de mis muertos me acuerdo todos los días y han de tener un reino rebonito, ya hasta me imaginé a los míos brindando con Marilyn Monroe en una noche de saxo y cabaret.

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