Julieta Cardona

Sobre el cine y la vida

09/11/2013 - 12:01 am

Me gusta mucho el cine, me pone muy sensible y hasta me dan ganas de llorar (según sea el caso).

Mis pensamientos varían dependiendo de las películas, por ejemplo: hace un par de noches vi una bella película francesa donde dos muchachas se enamoran y todo termina en tragedia (y por tragedia me refiero a que no se quedan juntas porque ¿qué peor tragedia que esa?); entonces, me puse a pensar en cómo amo yo porque no se me había ocurrido reflexionar en cómo ama la gente —sino hasta esa película—, y resolví clasificarlo en dos: medida o desmedidamente.

—¿Cuánto me amas?— Me preguntó mi chica al salir de la función. Yo me limité a besarle la nariz y a decirle algo así como: “Eh, pinga, ni creas que recrearemos esa historia, ah, que la que tenemos tú y yo es para siempre”.

Entonces me acostumbré a contestar con simplezas todas las preguntas, me acostumbré a dar respuestas fáciles como esa que les digo o esta otra: “Porque no quiero olvidarte”, a la pregunta “¿Por qué siempre escribes después de hacer el amor?”; y es que las mujeres somos muy preguntonas, en serio.

Las palabras son armas filosas, filosísimas, por eso siempre contesto de una manera simple buscando desangrar/desarmar/desamar al otro, por eso a veces utilizo algunos grupitos de palabras que ya había escrito, para que al reescribirlos vean la luz y, si no me quieren, entonces me quieran; por eso también contesto con frases de guion de una película y me creen romántica o una maldita cinéfila sin remedio.

Pero bueno, ya estoy desviándome, como siempre.

Ahí va el ejemplo más claro de lo que puede causar una película en mí. En aquel momento ya estaba completamente enamorada de María (mi chica actual), era un día entre semana por ahí de las 4 de la tarde y yo terminaba de ver una película que me había gustado mucho, así que inmediatamente después le hablé por teléfono a María: “Ya sé, ya sé que estabas trabajando, ¿pero qué hacía, a ver? Te cuento rápido porque no puedo con todo esto; la cosa es que la protagonista de la película viaja alrededor del mundo para descubrirse y encontrar su equilibrio emocional; me pareció tan similar a ti que me enamoré. No te rías. Ese no es el punto; y no me distraigas. La chica de la película deja todo —incluso el amor—, por buscar su estabilidad emocional. Y qué sé yo, no la culpo. Miento, sí la culpo, pero me entró más nostalgia, ¿qué te digo, a ver? Ya sé que dirás: "Es una película basada en el libro homónimo, ni te apures", pero yo adoré el guion, y con eso es suficiente, tan suficiente como esas carreras de caballos que tanto te gustan. Y qué importa, eso también me gustó de ti. Y está bien. Y tú también apostaste por ti y por mí, así que escúchame. Te amo, mujer. Y si me dejas lo primero que haré será llorar. No, no es una amenaza, sabes que eso de llorar siempre se me ha dado bien, ¿a quién engaño, a ver? Te amo. Y puedes irte, yo también puedo irme, lo sé. También sé que estarás preguntándote por qué te hablo por teléfono sin permitirte decir ni una sola palabra y yo, sin parar, digo cosas tristes o sin sentido mientras tú y yo somos tan felices. La verdad es que no se me ocurre —por ahora— otra cosa más que decir esa parte del guion donde un coprotagonista dice que es la primera vez en su vida que siente miedo porque quien ama, podría, tal vez, irse algún día”.

Naturalmente, María se quedó sin habla y ese día llegó a casa con muchas películas, todas con post-it encima. Sobre la de Perdidos en Tokio venía un post-it amarillo: “Tampoco es nuestra historia por mucho que la hagas tuya, así que te permito una obsesión mediana”. Y sí, me obsesioné medianamente por el bien de María.

Y bueno, en serio perdón por mis arrebatos y mis palabras de todos colores, yo solo venía a contarles poquito de esta otra pasión mía que no es el brandy, ni el football americano, ni las mujeres, ni los libros, es el cine.

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