Les contaré una historia de amor más que de cualquier otra cosa y, aunque a veces no lo parecerá, en serio fue puritito amor o qué se yo, tal vez destino.
Los domingos no me gustan desde que Tomás y yo nos separamos, pero bueno, el día que lo decidí todo era domingo. Por “todo”, comenzaré a referirme a esto: vivía en un cuartito en el centro de la ciudad que apenas podía pagarme; había caído en la bancarrota después de mi rompimiento con Tomás y aunque las cosas en mi trabajo iban mejorando, me pagaban tardísimo (dos meses después, en serio). Pues cuando una trabaja por honorarios, pareciera que se extiende un recibo con la siguiente leyenda en mayúsculas: “PÁGUEME CUANDO QUIERA, AL FIN QUE NO ME URGE PORQUE APENAS ESTÁN PAGÁNDOME LO QUE TRABAJÉ HACE DOS MESES Y MEDIO EN OTRO LADO”; me habían robado mi colección de discos de acetato “Éxitos de los años 50 y 60 Blues & Rocanrol” y para que se den una idea: era lo único de valor que poseía, era como si me hubieran arrancado dos décadas de mi vida y me hubiesen expuesto al mundo como una pequeña agreste; era como si un alud de nieve -que comienza con un pequeño cristal de hielo, es decir, con una pelusa blanca- se me viniera encima.
Y Tomás era la pelusa blanca. Se había ido a la ciudad donde vivían sus padres porque decía que no podía vivir en la misma que yo sin estar conmigo. Él y yo nos queríamos color blanco hermoso radiante, de ese tan radiante que te quema los ojos como si te atrevieras a mirar el sol. Nos queríamos tanto que nos salieron arrugas en el corazón porque a pesar de ser dos jóvenes, nos amábamos como dos viejos. Pero la verdad es que no te das cuenta de que el romance también tiene arrugas por todas partes sino cuando comienzas a mirar hacia atrás, ya sin miras para adelante.
Nuestras arrugas eran pliegues en el reloj, estrías en el tiempo: yo sentía que Tomás me daba el tiempo que le sobraba y él decía que era imposible porque ni siquiera le sobraba tiempo. Yo buscaba momentos para meternos en la cama y él para dormir. Por eso me volví insomne, porque la finísima línea entre la sugestión y la intuición es una cosa tan cabrona como indescifrable; y yo sentía que ya no me amaba. No sé, al final creo que todo lo que él hacía era de una manera inconsciente porque no sabía cómo decirme que ya no quería estar conmigo, por eso nos dejamos. Tomás insistió en seguir, en cambiar, pero a mí ya me dolía mucho el corazón.
Hoy que es domingo, que ya han pasado algunos meses y veo todo más claro -pues desde la pobreza de un cuarto sin música el silencio puede confundirse con la claridad-, me he decidido a comprar un pasaje hasta donde está Tomás. “El viaje sencillo le sale en mil cuatrocientos setenta pesos”, me dijo la vendedora; “Lo compro solo si me promete que no volveré”, le dije y, como era de esperarse, me miró sin ansias de responderme. Lo puse todo en ese boleto. Por “todo” ahora me refiero a mi dinero y mi fe. Llegué a la casa de los padres de Tomás y me abrió su padre; la casa estaba envuelta en sombras fuertes y solo se apreciaba una luz hacia el fondo de la sala por donde estaba la chimenea: era una veladora que la hacía de centinela frente a una gran foto de Tomás. La madre, con las manos en su regazo, comenzó a llorar. Yo también. Ella gritaba y yo gritaba todavía más fuerte. Éramos dos mujeres que habíamos amado al mismo hombre, distinto, pero al mismo.
Luego de muchas horas -que me parecieron como días enteros- salí de la casa y, como la pequeña agreste en la que me había convertido, maldije a Dios y a todos los que pude hasta quedarme muda, me quité los zapatos e, imitando a Dahlmann -del cuento borgiano-, comencé a caminar hacia El Sur.
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