Soy una mujer irregular. Pero irregular en todo comenzando por mi periodo, pues me llega cada tres o cuatro meses. Y cada tres o cuatro meses me enamoro de alguien distinto —como si el enamoramiento fuera un juego de reciclaje, sí—. Soy como la princesa Lady Di, pero sin ser princesa, sin ser rubia, sin hijos que son príncipes, sin el glamour o las perlas en los oídos, solo con amantes pasajeros. Y no te enojes por mi desfachatez, Diana; o si has de enojarte, que sea con Naomi Watts.
O será que solo busco pretextos para vivir algo tórrido y efímero porque querer para siempre solo me funcionó una vez. Será que desde aquella vez me partí en tantos pedazos que comencé a ser irregular a propósito; será que eso de entregarme entera me parece una aberración porque perdí la capacidad de todo, excepto de tirar las cosas a la basura.
Les decía que amo poquito y por temporadas, pero un día, así de la nada, dejo de sentir. Luego regresa mi periodo y, sin distinguirme de los animales, me salgo a algún bar porque así funcionan las perras en celo y yo no me distingo, me comparo, me sujeto y me regocijo en mi aventura. Tres, cuatro, cinco meses me dura todo porque soy una mujer irregular.
Un día te harán lo mismo, mujer, y en ese momento comprenderás lo que se rompe aquí adentro, me dicen cada vez que termino un romance. Soy irregular, papi, ¿pues qué querías? Respondo como si ahí cupieran los meses que les arrebaté porque sí caben. Pero mira que yo no estoy jugando, no puedes hacerme a un lado así como así, me dicen tratando de arreglar lo que desde un principio estaba jodido. Pues mira que sí puedo, respondo como si sí pudiera porque sí puedo. Otros se vuelven locos y llegan borrachos en la madrugada: “¡No puede ser que esté muriendo de amor por una putita!”, gritan y se embarran en la puerta. Yo me tapo la cabeza con la almohada y después de decir para mis adentros que sí puede ser me quedo dormida; por la mañana limpio la saliva, los mocos y la sangre de los nudillos de aquel pobre que me urgió amor.
Y están quienes son más dignos y se marchan sin decir una palabra, me dan un beso en la frente y cierran la puerta sin hacer ruido, pero después de meses me llega una postal: “¿Qué te lastima tanto, mujer, haber sido olvidada con premura, o no haber podido hacerte inmortal?”. Y me pongo a llorar y asiento y me salgo a comprar cervezas —muchas cervezas— hasta que no pienso y respondo la postal: “Regresa”. Y ya no regresan porque quererme solo les funcionó una vez.
Soy una mujer irregular, el amor no me dura más de tres, cuatro, cinco meses porque no sé cómo, se me olvidó.
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