Julieta Cardona

Quítate los panties, baby

01/02/2014 - 12:01 am

Una de mis películas favoritas tiene una partecita de su guion tremendamente ad hoc para hoy, para comenzar a escribir sobre un encuentro perfecto, y no porque se parezcan entre sí, sino por la carga sexual que necesito para sumergirlos en esta historia:

«Are you desirable? Are you irresistible? Maybe if you drank bourbon with me, it would help. Maybe if you kissed me and I could taste the sting in your mouth it would help. If you drank bourbon with me naked. If you smelled of bourbon as you fucked me, it would help. It would increase my esteem for you. If you poured bourbon onto your naked body and said to me "drink this". If you spread your legs and you had bourbon dripping from your breasts and your pussy and said "drink here" then I could fall in love with you. Because then I would have a purpose: to clean you up and that, that would prove that I'm worth something. I'd lick you clean so that you could go away and fuck someone else».

—Ben Sanderson, Leaving Las Vegas.

Yo creo que para que una cita sea perfecta, el sexo tiene que ser maravilloso, a mí no me engañan.  No no no, la buena plática puede compensar el mal sexo, dicen las tías apretadas a quienes se las han malcogido, se han quedado sin opción y asumen el silencio como una derrota. En serio yo no creo que nos acordemos de la charla maravillosa si en el colchón —o en el piso— a una le dieron ganas de llorar; por eso hoy vengo a platicarles sobre la última cita impecable que tuve.

Regularmente una sabe cuando la cita va directito al sexo, sobre todo si es entre chicas y nos ponen nerviosas los rodeos. Lo nuestro, lo nuestro —creo yo— son las respuestas. ¿Quieres acostarte conmigo? Sí. Y al día siguiente amaneces sin panties.

También sabes cuando la chica tiene experiencia en el sexo casual (por la manera en la que arroja la ropa), pero yo vengo a platicarles sobre mi encuentro perfecto con una mujer tímida con cierta sicalipsis de poca madre.

Primero el vino y luego una cosa que llevó a la otra. No te ofendas, pero yo necesito vino para, bueno, tú sabes, me dijo cuando entrábamos en calor y ya le había metido la mano en la entrepierna. No me ofendí puesto que yo necesito vino para hacer casi todo, entonces, ahí íbamos creando fuego como hombres primitivos: con las manos.

Chocolate blanco con finas chispas de chocolate color chocolate, así describiría sus pecas y el color de su piel.

Con delicadeza se bajó los pantis, —es más, hasta podría decir que con timidez— y, pegando su espalda a mi torso, comenzó a inclinarse como las actrices porno que, vestidas de colegialas, dejan caer una pluma al suelo para que se les vea la hermosa curvita de las nalgas. Quiero que comencemos por aquí, me dijo mientras colocaba mi mano en su veta mojada. Y ahí estaba yo, enamorándome de ese culo para siempre.

De comenzar paradas, nos tiramos al piso dando vueltas una sobre otra. Luego al futón y luego otra vez paradas frente a la gran ventana de cristal, desnudas y con copa en mano. Ella dejándose caer el cabello —con coquetería infinita— sobre los senos buscando inmortalidad en mi memoria apenas asomando sus pezones erectos y hermosamente rosados. Y ahí estaba yo, queriendo dejar de verlos, queriendo besarlos, chuparlos, comérmelos. Pero verás que no hice ni una cosa, ni la otra: mientras ella me besaba y me los pegaba con delicadeza, —es más, hasta podría decir que con timidez—, la tomé suavemente de la cabeza dirigiéndola al único lugar que me haría feliz. Quiero terminar en tu boca, le dije sintiendo explosiones en mi vientre y guardándola adentro de mí para siempre. Así termina una cita perfecta.

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