Para los que pasamos tanto tiempo en la red, convertirse en víctimas de un catfish es una cosa tristemente común. Y bueno, ¿qué demonios es un catfish? En el año 2010 salió un documental sobre un muchacho que, vía Facebook, interactúa tanto con una muchacha al punto de que comienzan a mantener una relación sentimental. Y no solo tenía una relación con la muchacha, tenía también relación con la madre y la hermana (de la muchacha): se enviaban cartas y cuadros que la hermanita le pintaba al muchacho. Pasan meses y el muchacho decide ir a visitar a su nena (él vivía en NY y ella en Michigan). Llega a su destino y, bueno, para no hacérselas tan larga: la muchacha no existía, la persona que estaba detrás de las llamadas telefónicas, de todos los miembros de la familia y de las incontables cuentas en Facebook era una señora que, si bien sí tenía al menos la mitad de los miembros de la familia que se había inventado, no era ni remotamente parecida a las fotos con las que había estado presentándose. Entonces, en términos simples, eso es un catfish.
Pongámoslo así: víctima y victimario. La víctima del catfish debe ser alguien vulnerable -en el sentido que quieran ponerle- y el victimario alguien que se aproveche de esas vulnerabilidades, alguien que las chupe como un vampiro.
Ambos (víctima y victimario) con miedo no siempre perceptible de interactuar con personas físicamente y con una ilusión que permea la certeza de haber encontrado a su alma gemela en internet (regularmente muy lejos geográficamente hablando), porque además no vayan a creer ustedes que es una interacción de una semana o dos, son interacciones de semanas, de meses enteros que de redes sociales pasan a chats interminables que pasan a llamadas telefónicas, cartas físicas, intercambio de regalos vía correo convencional, etc.
Se me ocurrió escribir sobre esto porque esta semana salió un nuevo caso catfish en Twitter, porque a mí me pasó también alguna vez y porque es un hecho que siguen sucediendo estos tristes casos. Y digo tristes porque no hay otra forma de llamarlos.
Verán ustedes. El caso de esta semana se resume en un muchacho regordete que flirteaba con muchachas vía internet y su atractivo era que tenía una vida bastante resuelta y petulante: el tipo era coordinador de una de las empresas más grandes de espectáculos musicales y deportivos en el mundo y viajaba de un lugar a otro, pero no solo eso, siempre gozaba de los mejores palcos cuando iba a algún evento cultural, musical o deportivo; subía fotos a sus redes avisando en dónde estaba y, entre tantas propiedades que presumía, se destacaba un departamento de lujo en L.A. Al final resultó siendo el mismo tipo regordete, pero sin todo lo demás y encima un criminal: las fotos eran photosopeadas, es un extorsionador que terminó pidiendo dinero a cambio de regresar ciertas cuentas que manejaba a una empresa y además vive en los rumbos de La Villa, Gustavo A. Madero, México, D.F.
Les cuento que lo mío fue algo así: interactué semanas con una mujer y un hombre (hermanos) ingleses adinerados fanáticos de la música (él guitarra y ella piano); intercambiamos números de celulares e incontables llamadas por Skype; yo empecé a intimar con la chica, pero nunca pude verla vía web porque “la cámara de su Mac estaba dañada”. La cosa es que ella viaja a México y yo viajo al aeropuerto de la ciudad esperando encontrarla, pero nunca la encuentro. Ella dice hosperdarse en un hotel lujosísimo de Reforma y salir a bares por la zona de La Condesa, entonces, yo salgo también y recorro bares esperando encontrarla, pero nunca la encuentro. Luego ella se regresa a Inglaterra y a su hermano le da cáncer de cerebro, saltando de una invención a otra. Luego me llega un e-mail donde decía que ambos personajes eran falsos y demás información con pruebas. La cosa es que no era la caucásica pelirroja despampanante de ojos color turquesa, era una suramericana morena ojos color cuasiolivo que, al parecer, nunca ha salido de Perú. Al final no me hubiese importado de dónde era, igual me hubiera gustado, pero comencé aferrándome a alguien que simplemente no era ni remotamente parecida a las fotos con las que había estado presentándose.
Yo asumo que el juego se le salió de las manos tal como se le salió de las manos a la señora del documental de Catfish, tal como se le salió de las manos al regordete de La Villa, tal como se le sale de las manos a todos los que logran ser descubiertos y por tal motivo una mentira precede a otra cada vez más grande.
Si bien sí nos volvemos más susceptibles entorno a lo que el catfish se refiere porque el rollo de la posmodernidad, aquí sí habrá que asumir otro rol -como escribí en un reportaje que hice meses atrás sobre el amor posmoderno-: no nos apreciemos como víctimas de la posmodernidad sino como analíticos y personas sumergidas en ella, pues nos envolvemos en la dinámica a tal punto de compartir nuestra intimidad con el otro.
Finalmente las preguntas: ¿por qué lo hizo, para qué?, ¿qué tiene de malo ser así como es, tener lo que tiene?
Yo creo que en un mundo donde inevitablemente unos son más fuertes que otros, unos menos vulnerables que otros, logro apreciar en los casos de catfish la manera que muchos tienen para entrar -a como de lugar- en un mundo donde creen que no caben, es inventarse no solo una forma de vida aspiracional, sino una forma de vida que apela a los sentimientos de los otros tratando de causar envidia o inferioridad para sentirse deseado. Creo, indiscutiblemente, que son cuestiones identitarias que solo Octavio Paz podría explicarnos con claridad.
Y por si les interesa, acá les dejo unos reportajes que escribí anteriormente con relación a este tema:
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