La novela gráfica que leí esta semana de Julie Maroh titulada “Blue is the warmest color” (comercialmente y en español llamada “La vida de Adéle”), y la película homónima que también recientemente volví a ver, me produjo un hoyo en el corazón –qué digo corazón, en el alma– y por eso vengo a escribir esta columna.
No hablaré sobre la relación del libro con la película, ni haré un análisis discursivo porque quiero que ese sea tema de otro día; la idea es apenas plasmar una analogía de sentimientos por identificación con la obra.
Salir del clóset me costó más tiempo que dinero. Pasé por 4 terapeutas con quienes llegué a pronunciar un mismo discurso: necesito encontrar un equilibrio entre mi sexualidad y el mundo exterior.
Y es que el mundo de afuera: el cabrón de demonios desconocidos, el grandote que pareciera inalterable e indiferente por donde caminan –qué digo caminan, abundan– los prejuicios y complejos de tu madre, tu hermana, tu tío, tus amigos, de todos, diario pelea a muerte con el por supuesto compatible mundo interno: el chiquito que pareciera alterable, ese por donde abundan los juicios hacia tu madre, tu hermana, tu tío, tus amigos y hacia ti mismo, el nuestro de demonios difícilmente minimizados por los de afuera.
Oiga, terapeuta, ¿cómo le hago para decirle a mi madre que nunca me casaré con un hombre?, ¿cómo oculto a mi novia ante mis amigos para que no dejen de quererme? Porque, bueno, antes de salir del clóset e incluso saliendo de él, tuve un par de amores secretos que alteraron mi percepción de ambos mundos para siempre y aquí, Julie Maroh en estos gráficos de su novela, abraza con pulcra cadencia el costo de mi tiempo en entenderlo todo:

A putazos y poco a poco fui encontrando las respuestas que dependían de mí; era tan fácil mentir que prefería decir la verdad a cualquier precio. Tomaba de la mano a mi enamorada y la presumía como se presume el amor bonito; le besaba con cariño la mejilla que tantas veces me había avergonzado mientras algunos me señalaban, entonces, ya con rabia volvía a besarla para que si algunos otros me veían con odio, entonces me vieran con más.
Así comprendí la importancia de los procesos; así encontré el equilibrio de dos polos, en mi coraje por defender ese lugar donde no hay maldad: el amor.
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