
Somos historia.
La única que me sé.
La que me rompe la madre.
La que se pelea con Dios y le reta a puño pelado su existencia.
Somos la historia triste.
Lúgubre.
Aciaga.
La finita.
La de muchos finales y despedidas que no morían hasta que,
cansados de intentarlo todo, se perdieron para siempre
a puños contra el único todopoderoso.
Somos la plática de mi amiga la casada que, hambrienta por
revivir su matrimonio, en la cena le platica a su esposo
secretos de los otros.
Somos la historia de la orquídea muerta.
Las cartas muertas.
La antiutopía.
Lo mostrenco del amor.
La competencia de la nariz del tal Pinoccio.
Somos la memoria de dos lenguas que se encontraban
después de lamerse las entrepiernas con los ojos abiertos
para no olvidarse.
La ternura que perece.
Somos los orgasmos por culpa de las bocas.
Dos aves en el fondo de un precipicio perenne.
El momento en el que se equivocó la historia.
La furia contra el destino que solo junta a dos una sola vez.
La revancha que nunca llega porque, antes de comenzar,
ya firmó –hasta las letras chiquitas– en último lugar.
Somos un par de vodkas rickey en una ciudad de cerveza.
Dos Alicias en un país maravilloso.
La otra aberración de Lewis Carroll.
Somos la onomatopeya de una puerta que se cierra.
Que no solo se cierra: que desaparece.
Somos historia.
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