Redacción/SinEmbargo

Mariana Moguel y “el orgullo de mi nepotismo”

Rosario Robles en la boda de su hija Mariana, en enero de 2012: Foto: Cuartoscuro
Rosario Robles en la boda de su hija Mariana, en enero de 2012. Foto: Cuartoscuro

“Es el orgullo de mi nepotismo”, dijo orondo, hace 42 años, el entonces Presidente José López Portillo y Pacheco, luego de que se nombrara a su hijo mayor José Ramón como subsecretario de Estado.

La frase ha marcado desde entonces a la política mexicana y a sus gobernantes que, sexenio tras sexenio, siguen repitiendo la dosis con todo descaro.

El caso más reciente, el de Mariana Moguel Robles, hija única de Rosario Robles Berlanga, confirma que la política en México está más alejada que nunca de los principios clásicos de organizar la vida de un pueblo, de forma democrática, para alcanzar el bienestar, la justicia y el progreso de las mayorías.

En México, hoy por hoy, la política sirve para eso: para favorecer a un pequeño grupo y, por la fuerza, con absolutismo, decidir quién hace qué, sin considerar siquiera la opinión de los integrantes de un partido y, mucho menos, al resto de la sociedad.

Así opera el Partido Revolucionario Institucional (PRI) desde su fundación, en 1929, y así, por desgracia, es como han aprendido a operar el resto de los institutos políticos en México: un líder, o un grupo de líderes, lo deciden todo, se quedan con todo, corrompen todo.

Moguel Robles es, ahora, otro eslabón de esa cadena de imposiciones.

La mayoría de los priistas que se dicen disciplinados y respetuosos de las decisiones de las cúpulas, son más bien serviles. Esperan, ahí hundidos ante la humillación de que alguien ajeno al partido reciba los mejores cargos, a que un día uno de los suyos, los del montón, alcance una posición de poder, para entonces repartirse el botín, así sea puro cascajo. No importa, con tal de no trabajar, de no partirse el lomo, y vivir de unos quintos del presupuesto basta. No tienen dignidad, pues.

Pero la llegada de Moguel se vuelve polémica por la carrera política y por los escándalos de su madre, una mujer de izquierda en sus orígenes; perredista exitosa que un día, se pensó, sería la primera Presidenta de México, y que luego fue defenestrada. Años después, no sin sorpresa, apareció como uno de los apoyos centrales del candidato priista a la Presidencia, Enrique Peña Nieto, para después convertirse en la titular de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), y tener en sus manos el programa estrella del sexenio: la Cruzada contra el Hambre.

En sus dos años y ocho meses al frente de la Sedesol, México vio crecer en dos millones el número de pobres, mientras que la Cruzada contra el Hambre prácticamente se diluyó en el discurso oficial. El 27 de agosto, el Jefe del Ejecutivo federal anunció cambios en su Gabinete: quitó a Robles Berlanga de la Sedesol y la nombró titular de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu).

Para muchos fue un reconocimiento del fracaso de la política de desarrollo social tanto de Peña Nieto como de Robles, para otros más se trató de una movida política para alejarla de las críticas.

Ahora, con la llegada de Mariana Moguel a la presidencia del PRI en el Distrito Federal, la presencia de Rosario se ha vuelto a agigantar en uno de los objetivos que más interesan a los priistas: la capital del país, una ciudad que no gobiernan desde 1997 cuando, por la vía democrática, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano les arrebató la hegemonía.

Sin embargo, si alguien sabe de operación política en la capital del país es la propia Rosario Robles y, con el conocimiento adquirido y las estrategias que ella misma montó en la Sedesol, se vuelve en un elemento vital para el priismo.

Hay politólogos que, ahora, la ven en la boleta para el 2018 por el Gobierno del Distrito Federal (GDF) y, claro, representando al priismo. Faltan muchos meses aún para esa elección federal. Pero Robles es Robles: se ha visto en los cuernos de la luna, ha caído al inframundo y ha vuelto al candelero.

Su hija, y el cargo que ahora tiene, muestra que el “orgullo de mi nepotismo” sigue tan vivo como hace 42 años. Ella misma podría convertirse en ese “orgullo” de un Presidente que hoy, apenas a la mitad de su sexenio, tiene pocos aliados, un escaso margen de maniobra y ha cosechado animadversiones no sólo de la sociedad sino dentro del propio priismo. Rosario es una de sus fieles.

“No te preocupes Rosario”, le dijo un día el Presidente, cuando las críticas contra su lucha contra la pobreza arreciaban… y con ese apoyo vaya usted a saber lo que viene en camino.

¡Feliz fin de semana!

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