El Oasis de la Insignificancia

Óscar de la Borbolla

¿Cómo surgen las ideas que revolucionan el mundo?

03/02/2026 - 12:04 am

"Las ideas son lo que nos ha dado ese lugar hegemónico que nos pone por encima de todas las especies".

Hace tiempo me topé con un video sobre la vida del poeta Jaime Sabines y, en una anécdota banal que contaba uno de sus hijos, descubrí una verdad extraordinaria. Sabines acostumbraba a escribir por las tardes y su esposa, para que sus hijos pequeños, una niña y un niño, no lo perturbaran, los mandaba al jardín con el pretexto de que el papá iba a trabajar. Ellos no entendían en qué consistía aquel trabajo, y un día decidieron averiguarlo: desde el jardín y con dificultad alcanzaron el pretil de la ventana de la habitación donde Sabines trabajaba y estuvieron observándolo durante un largo rato. Lo revelador de aquella anécdota estaba en la conversación de esos niños: tras unos minutos de espiar al poeta, la niña preguntó en voz baja: ¿Qué hace papá?, y su hermanito, tras observar la escena otro minuto, respondió: "Nada… Está mirando la pared".

Al escuchar esa sencilla y objetiva respuesta redescubrí lo obvio (no se olvide que redescubrir lo obvio es lo más sorprendente que puede ocurrirnos: permite maravillarnos ante lo consabido): me vi a mí mismo, cuando me pongo a trabajar, porque yo hago exactamente lo que Sabines: mirar la pared, a veces durante horas.

He traído aquí este recuerdo, pues he estado asistiendo a las clases del físico Richard Feynman —un fascinante ciclo que encontré en la web— y me he topado con el mismo método creativo de Sabines. En una de sus clases, Feynman explica cómo descubrió una de sus más revolucionarias aportaciones a la Mecánica Cuántica: la llamada Suma de Historias: "Una tarde, dijo, estaba en un café dibujando flechitas en una servilleta y fue cuando tuve la revelación". (La Suma de Historias es un extraordinario método que permite entender por qué un electrón, para llegar del punto A al punto B, recorre todos los caminos posibles, desde los más simples como la línea recta, hasta los más extraños como ir a la Luna y volver). No me interesa aquí desarrollar en lo que consiste dicha Suma, o Integral de Trayectorias, o Diagramas de Feynman que son los distintos nombres que suelen darse a esa importantísima aportación a la cuántica, sino al hecho simple: al garabateo de flechitas en la servilleta, pues, visto con cuidado, es lo mismo que hacía Sabines o que hago yo al mirar la pared. Este asunto, de aparente poca monta, me interesa, porque, al margen del talento de Sabines demostrado en la poesía o el de Feynman manifiesto en la física, aclara un aspecto decisivo de la creación: de ese tránsito que se da cuando uno no tiene nada y de pronto aparece algo.

Pero permítaseme insistir con otro caso: hay una anécdota archiconocida tras la palabra "eureka" que en griego significa: "lo he encontrado". ¡Eureka!, fue el grito eufórico de Arquímedes desnudo y en mitad de alguna calle de Siracusa. Gritó porque había encontrado la solución a un problema que le había planteado el rey. Este quería saber si la corona que le había fabricado un artesano era de oro puro o si lo había timado, entregándole una corona hecha con alguna aleación. Arquímedes llevaba un largo tiempo dando de vueltas al problema, pues, obviamente, el rey le había puesto como condición no dañar la corona, de modo que Arquímedes no podía fundirla para averiguar de qué estaba hecha; pero, cierto día, encontró la solución. Me imagino a Arquímedes con medio cuerpo sumergido en el agua caliente y viendo hacia enfrente el nivel del agua en la bañera, ahí dio con la respuesta. Hoy, podrá parecernos sencilla: lo que el físico encontró fue la relación del volumen y la densidad de su cuerpo con el nivel del agua en la bañera. Al sumergirse, el agua subía. Pidió al rey la misma cantidad de oro que le había dado al artesano, lo sumergió en el agua y comparó el ascenso del agua con el que ocurría al sumergir la corona y, así, supo que la corona no era de oro puro. El artesano terminó confesando que había sustraído un poco de oro y lo había remplazado con plata.

Como puede verse, Arquímedes, igual que Sabines y Feynman, estaba con la vista fija en algo: la pared, la servilleta o el nivel del agua en la bañera, da igual, en todos estos casos el resultado fue que apareció una idea, una forma de dar respuesta a un problema: Sabines seguramente buscaba un verso para que su poema cuadrara, Feynman, una respuesta al extraño patrón que aparece en el problema de la doble rendija y Arquímedes, el verdadero material del cual estaba hecha la corona que lo había desvelado durante meses.

La creación es ese momento en el que aparece una idea que no estaba y de pronto está ahí; es una relación que nunca nadie había advertido. Un fenómeno tan extraño que los griegos atribuyeron a las musas, porque realmente parece sobrenatural por qué aparece algo que no estaba: una idea, una solución. Cuando se revisan diferentes descubrimientos o inventos, creaciones en una palabra, lo que ocurre es eso: aparece una idea. Einstein es otro caso idéntico, le parecía insatisfactoria la teoría de la gravedad de Newton y se imaginó a un limpiador de ventanas cayendo desde una azotea y así descubrió que la gravedad no es una fuerza que nos atraiga hacia el suelo, sino la curvatura del espacio-tiempo.

¿Cómo surge una idea? Confieso que no lo sé y dudo que alguien lo sepa realmente. Pero entiendo que en todos los casos se da la concurrencia de varios factores: quienes crean están versados en la actividad o disciplina en la que ofrecen sus aportaciones; a un lego no se le aparecen esas ideas que consiguen desbordar el repertorio de lo que existe. También parece necesario el ingrediente de la persistencia, una idea no es una aparición fácil, sino el resultado del tesón que hace que alguien se mantenga un tiempo considerable dándole de vueltas al problema; y un ingrediente más: hace falta imaginación, esa habilidad de poder relacionar las cosas más dispares y no sólo las que tienen una relación obvia y, por lo visto, también se requiere de una valentía resultado de la confianza en uno mismo. Porque toda gran creación nace apenas como una corazonada, como una hipótesis endeble en mitad de un mundo atiborrado de respuestas que poseen una enorme autoridad, sólo recuérdese el peso de Newton al que enfrentó Einstein con su nueva teoría de la relatividad general. O recuérdese a Galileo oponiéndose a la tradición aristotélica que sostenía que los cuerpos caen a diferente velocidad, pues la aceleración depende de sus masas y él, como se sabe, propuso que todo, al margen de su masa, cae a la misma velocidad.

Las ideas son lo más importante. Las ideas son lo que nos ha dado ese lugar hegemónico que nos pone por encima de todas las especies. No hay nada más importante que las ideas, sin ellas no habría cultura ni civilización. Nos habríamos extinguido como especie si no fuera por las ideas. Las ideas son lo que hemos extraído del fuego de los dioses que nos entregó Prometeo. Ya aclaré que no sé cómo es que se dan, pero sí qué características tienen quienes las han producido. Insisto en ello: las ideas de que hablo no las que producen los neófitos, hace falta estar versado: uno debe contar con conocimientos, pero no porque uno los pueda encontrar en la web, sino porque uno los carga, uno debe adquirirlos realmente, tenerlos con uno y no sólo conocimientos del campo especializado en que surge la idea, pues la imaginación, que también es indispensable para generar una idea, es la que permite esas conexiones insospechadas, relacionar contenidos muy diversos; se necesita, por tanto, poseer una curiosidad estrábica, pues la imaginación es el catalizador más potente de la creación. Y hace falta, además, concentración, dar de vueltas y vueltas a un problema, hacer conexiones, combinar, deducir, conectar asuntos, divagar, pues lo que se busca es encontrar un sentido donde no lo hay o donde no lo habíamos visto. Todo esto requiere, pasión y confianza en uno mismo, no la confianza del terco empecinado, sino la de quien reconoce que su primera ocurrencia es mejorable y, sobre todo, confianza en que puede encontrar otra ocurrencia. Y finalmente, se requiere valor, valor para enfrentar con una idea al mundo entero si es preciso.

Ojalá la importancia de las ideas que he intentado destacar aquí hiciera mella, y la sociedad, de veras, hiciera algo por fomentar en todos la ocurrencia de ideas, pues las ideas, hasta las más aparentemente inútiles, que duermen durante milenios, como las que conforman la teoría de números: por ejemplo los números primos, inventados por Pitágoras, que parecían tan sólo una rareza, hoy han terminado por ser utilísimas: hoy, literalmente no podríamos vivir sin el encriptamiento de datos que se basa en esas ideas especulativas de la teoría de números. Concluyo, entonces, con una pregunta: ¿qué estamos haciendo todos: sociedad, Estado y cada uno de nosotros para fomentar no la creación, sino las características que han acompañado a quienes han aportado ideas al mundo?

X @oscardelaborbol

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Óscar de la Borbolla

Escritor y filósofo, es originario de la Ciudad de México, aunque, como dijo el poeta Fargue: ha soñado tanto, ha soñado tanto que ya no es de aquí. Entre sus libros destacan: Las vocales malditas, Fi... Ver más

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