Esa hora, entre la tarde y la noche: la odio. Decídete ya, penumbra, baja y cúbrelo todo de una vez. Todo parece silencioso, el tipo de silencio que nos tapa los oídos cuando comienza un terremoto y vemos moverse las persianas, pero no las oímos. La luz es nebulosa, anaranjada, no calienta y la sombra no enfría. El en medio. El gris. La latencia: la odio. Cuando era niña salía a caminar por mi cuadra a esa hora, que me parecía perfecta para un crimen. Le daba cuerda a mi cerebro y comenzaba a imaginar que alguien me seguía, que los perseguidores se agazapaban detrás de los coches estacionados y que yo tenía que apretar el paso aunque sabía que, cuando lo hiciera, ellos harían lo mismo. ¿Lograría sacar las llaves a tiempo? ¿Lograría abrir, cerrarles la puerta en la cara, recargar la espalda al tiempo que suelto un suspiro aliviado? No pasaban coches por ahí, era demasiado tarde para los niños, demasiado pronto para los padres. Los pájaros ya se habían estacionado en sus nidos, la calle ni siquiera tenía olores de comida: muy tarde para el almuerzo, muy temprano para la cena. Mi pulso comenzaba a acelerarse, la sangre a revolverse, confundida. ¿Qué me harían si lograban alcanzarme? Se trataba de un secuestro, sin duda, ya que no llevaba nada en la bolsa más que las llaves salvadoras. A veces tentaba a mi destino y me quedaba quieta, cerraba los ojos y esperaba que las garras me asieran. Luego, aterrorizada, corría a toda velocidad, abría con presteza, cerraba para que hubiera ruido, el escándalo del candado cerrándose que rompiera el silencio, lloraba de alivio. Salvada, una vez más. Sin el valor suficiente de quedarme a ver si en verdad venía alguien. Incapaz, soy incapaz de quedarme quieta, disfrutar el naranja, callarme en el silencio. Latencia: la odio. Me puede. Me aplasta. Prefiero secuestros, persecuciones, y hay que pedir con cuidado, que luego las cosas llegan. Necesito mover los dedos para que no se paralicen, empujar a la Tierra para que llegue antes la noche, lanzar un anzuelo al horizonte a ver si pesco a ese sol que tarda en salir y decidirse a hacer día al día, a que suenen los despertadores, lloren los bebés, lleguen los camiones. Eso no me deja verte con calma, querido invisible, no me deja pedir lo que debería desear: quédate quieta por una vez, no llenes las partituras con tus silbidos, disfruta el vacío, mira el techo, no, no la lámpara, no la textura del techo, el techo como quien mira el cielo, no las estrellas, solo un espacio vacío, infinito e inasible, tanto que lo miras y dejas de pensar. Deja de pensar, acuéstate y huele el pasto mojado, no busques rostros en las nubes y que se vayan, déjalas. Ten la valentía de quedarte parada en el alambre, sin caerte a la red de siempre y sin volar. No mires hacia abajo, no mires hacia arriba: quédate. El tiempo seguirá avanzando, sí, pero quédate. Las cosas sucederán aquí y allá, sin ti, pero quédate. Que el mundo te pase esta vez. Que ahora te busquen a ti, cruzando espesos bosques y guiándose por tus migajas en el suelo. Que ahora alguien más escriba los versos, que ahora seas tú la que se sienta a esperar, con una sonrisa que dice “llegará”, y que llegue y no sea persecución ni secuestro, que llegue y sea otra cosa, que llegue y tú estés acostada y puedas quedarte quieta, dejarte acariciar, dejarte besar los párpados, dejarte estrechar mientras duermes. Deja de correr, deja de cantar. Equilíbrate en la latencia y vive con esa angustia de ser y ya. De estar y ya. Y que los demás hagan. Y que alguien te busque. Y que alguien más traiga la serenata, por una vez.
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