Todo comenzó en la hora cero y como tenía los ojos cerrados (porque esa clase de amor requería ojos cerrados y labios cosidos), no reparé en que atardecía. Los objetos fueron perdiendo nitidez en sus siluetas, el horizonte se desdibujó y lo que había sido un sendero se tornó en laberinto: las ramas que antes me compartían frutas maduras se crisparon en garras afiladas, las cuerdas de los violines se tensaron y, al quebrarse, le tronaron los ojos a los grillos, las hadas del bosque se ocultaron en las cuevas invisibles de su dimensión luminosa. Llegó la noche y cuando llega la noche las horas transcurren con una quietud que se siente como eternidad. Creyendo que eran solo nubes negras (y que amenazaba tormenta) corrí al refugio y me acurruqué junto a la chimenea que hacía años permanecía apagada, vacía de fuego y revoloteante de murciélagos. Pronto avanzará la lluvia, pensé, pero no era eso: era la noche. Cerré los ojos, apreté los dientes, emprendí otra frenética, ciega carrera. Busqué dedos fantasmales en el laberinto solitario y tropecé con unas piedrecillas que me sacaron la lengua desde su trinchera traicionera. ¿Fueron ustedes las que me hicieron caer y arañarme la cara? ¿Ustedes, tan pequeñitas e inocentes? Sí, porque caminabas balanceándote de un lado al otro, buscando manos que no existen, y te olvidaste de tus pies. Porque insistes en caminar de noche y no solo eso: por un sendero que no es el tuyo, siguiendo las huellas de una bestia que prometió mordisquearte cuando la alcanzaras. ¿Por qué sigues corriendo? Porque tengo que llegar. Siempre se puede llegar, pero ¿es eso lo más importante? Sí, tengo que llegar. ¿Adónde? A donde me lleve el camino. Si sigues las huellas de los lobos, llegarás a la guarida de los lobos, dijeron. Si alcanzas a la bestia y la encuentras dormida, sólo podrás toparte con sus dientes. No podrás domarla, ni te prestará un rincón en su cueva ni te dejará dormitar sobre su cálida piel. Quizá lo que quieres es que te someta, convertirte en su mascota, desnudarte y ponerte tú misma al fuego. Cobarde. No sabes dejarte acariciar por los fantasmas del bosque, quedarte quieta mientras te cruzan y te limpian, mientras te purifican para dejarte lista para el amanecer. ¿Quiénes son ustedes, pedazos de mineral, trozos de nada, para detenerme? ¿Qué saben ustedes de mi cacería? Me atoran los tobillos y me azotan contra el lodo una y otra vez. Me hacen sangrar y cuando aúllo de dolor me responden los coyotes a lo lejos, erizándome los cabellos. Conspiran para montarse en mi espalda y son fardos que me doblan la espina dorsal. ¿Quiénes son ustedes, que quieren retenerme aquí, junto a las hormigas, hundida en el lodo? ¿Y qué tiene de malo el lodo?, inquirieron. Quiero ir, insistí. Si te levantas, te tiraremos. Quiero caminar. Si te alejas, nos convertiremos en pared y tú en huesos rotos. Quiero correr. Si aceleras el paso, te lapidaremos. Quiero llegar. ¿A dónde? A donde voy. ¿A dónde vas?, gritaron exasperadas, y se metieron bajo mi piel. Muévete ahora, me retaron, y sus vocecillas vibraron en mis entrañas paralizadas. Pesada como ahora era, me aquieté. No puedo moverme, murmuré, aunque ellas ya lo sabían. El bosque estaba muy dormido, las huellas de la bestia más lejanas. Me da miedo la noche, confesé. Correr en la oscuridad no hará que alcances al día; es el día el que te alcanza a ti, aseguraron. Me da miedo el silencio. Porque hace mucho que dejaste de escuchar tu propia voz: canta y vence. Me da miedo la soledad. El venado rodeado de leones hambrientos no está solo, pero el halcón que azota con sus alas las nubes, sí. Dialogando con las piedras, pasaron las horas que amenazaban con quedarse. Las estrellas bostezaron y se retiraron una a una. Soldaron mis huesos rotos y la sangre se secó sobre la carne todavía suave, escamada ahora de bellas cicatrices. Noche: creí que durarías para siempre. Que eras la eternidad. La eternidad mintió porque no sabía que no existía, dijeron las piedras. El día llegó sin prisa, como iba a llegar de cualquier manera. Me levanté de la hierba y me sacudí montones de polvo. Abrí bien los ojos y distinguí más de un sendero, flores que me había perdido y, en la tierra, huellas de todos tamaños. Emprendí el camino, ligera: las piedras me habían abandonado sin que me diera cuenta. Comencé a cantar.
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