Mapas pensé
o quizás lo dije en voz alta.
Alguien me miró
como si no entendiera.
Disculpe:
quise decir distancia, recorridos,
grietas que quedan flotando.
Quise decir abismos.
Podría recordar cada baldosa
del camino que me llevaba a la escuela.
Las ramas de los paraísos, el olor de los cardales y el hinojo.
Decíamos potrero. Vagoneta. Linyera.
Palabras casi borradas.
Al salir: la sorpresa de ver la sonrisa de mamá.
Era la más joven, la más linda,
y se vestía de negro –porque leía a Simone-,
en ese pueblo de calles de tierra y tardes de bicicleta.
En el fondo de casa crecía una planta de laurel.
Disculpe, es que soy de mapas pequeñitos,
tinta china y manchas en los dedos.
Mapas que caben en cualquier rincón.
Los guardo aunque sepa que el tesoro se ha esfumado,
y que se han encimado otros y otros,
a cual más frágil.
Quise decir esquirlas.
Tatuajes que se ven sólo cuando me hundo en el río.
Tumbas de agua.
Abrazos de ceniza.
Vestigios, quise decir.
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