
La conciencia del número
es la del tiempo;
su secuencia buscó domarlo,
atraparlo.
Dejamos así
que nos diseñara el día y la noche,
los mismos cambios.
Las estaciones de la carne y el corazón
se ordenaron en sus sumas y restas.
El número encarnó la biología,
y no tardo en apoderarse de la imaginación.
Sus algoritmos
se apropiaron de la libertad,
la creatividad misma
quedó adherida a esos cálculos;
cada sonido, cada imagen,
se codificó en sus entrañas.
El universo formulado
desplegó su majestuosidad;
y los trazos de la geometría ordenaron
la presencia y el lugar;
al menos lo intentaron.
Despojaron al caos de su dominio
y lo sagrado de su quehacer se redujo
a un ciclo pretendidamente superado.
Los números se convirtieron
en un ejército invencible;
reinventaron la visión,
se apoderaron de lo posible.
Y a pesar del intento
por sujetar las letras
las palabras sueltas,
cargadas de vientos y tormentas,
olvidaron la oración:
Los números celestes
se ocultaron bajo la tierra.
Aún resuenan,
como ríos subterráneos,
bajo las plantas de nuestros pies,
bajo nuestras casas y ciudades.
¿De qué número hablamos?
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