
Pintura: Tomás Calvillo Unna
I
Creer que uno es quien es;
esa dosis, esa mezcla,
de tiempo y química.
Esa elaboración sociológica
que constriñe el tiempo
y dicta sus funciones
como inapelables.
Esa necesidad extraña,
cruel e ingenua
de erigir la esfinge,
ante el espejo.
En esas tajadas de vida
que nombramos biografía,
apenas se vislumbra
el soterrado intento
por comprender:
la ruta de los desaparecidos,
donde se inscriben nuestros nombres
durante las primeras horas y las últimas.
II
Cada uno está mirando lo suyo,
yo miro lo mío,
en esa práctica la distancia crece
y se ausenta la amalgama
de la comunión
y la comprensión.
El imán de las quejas
oxidan nuestros anhelos,
diques a la esperanza
y a la misma libertad;
las arrugas de las posesiones,
los resortes de los dolores
e insuficiencias transmutadas,
en quehaceres y afectos truncados;
el temor de salir a la intemperie
y exponer nuestros fantasmas
a la luz del día.
III
Andar ligeros también en los sueños
sin tanto equipaje,
recostarse, estirar los brazos,
olvidar las cruces;
reconocer la resurrección,
de saberse vivos,
entre el mar de historias;
navegar
en la inmensidad de cada uno,
con las velas del viento amoroso
que conserva la sabiduría de su rumbo,
más allá de las tormentas.
Inconmensurable,
así arriban los vocablos
al puerto de la contemplación:
del saber amar
en este nido saqueado
de un planeta milagroso
que persiste en su órbita;
ese ritmo
que nos permite estar aquí.
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