Guadalupe Correa-Cabrera
MAGA 2026
"Al parecer, el actual gobierno de Estados Unidos ha optado por la ruta iliberal y belicista para defender lo que considera —por decreto y sin consenso— su interés nacional".

Más allá de las enormes implicaciones para Venezuela (en todos los ámbitos) de la captura de Nicolás Maduro por el gobierno de Estados Unidos —que además toma el poder político de la nación sudamericana y el control de sus vastos recursos naturales (principalmente del petróleo)—, es importante discutir los posibles efectos políticos y geopolíticos de dicha acción y de lo que viene anticipado en esta misma dirección. En los últimos dos días, la mayor parte de la comentacracia a nivel mundial no ha dejado de discutir este hecho, ni de especular sobre el futuro del gobierno venezolano, sus futuros liderazgos políticos y sus recursos estratégicos. Es difícil, ahora mismo, conocer el desenlace de la cuidadosa estrategia militar operada con gran éxito aparente (e inmediato) el 3 de enero de este nuevo año. Ella ha dado muchísimo de qué hablar, pues refleja ciertamente un nuevo orden hemisférico al menos. Al parecer, el actual gobierno de Estados Unidos ha optado por la ruta iliberal y belicista para defender lo que considera —por decreto y sin consenso— su interés nacional.
Se puede decir muchísimo sobre lo que ha sucedido en este último par de días (aunado al ataque en los últimos meses contra una nación latinoamericana que fue soberana), pero lo que parece más interesante tiene que ver quizás con el proceso electoral que se vivirá este año en Estados Unidos, el cual podría definir el futuro del proyecto trumpista, el papel de esa nación norteamericana en un nuevo orden mundial multipolar, un redireccionamiento aún más agresivo de los flujos migratorios y, finalmente, el “fin del orden liberal” en América y otras partes del mundo. Es claro que Trump apuesta por retomar el control absoluto del hemisferio occidental haciendo valer lo que llaman la “Doctrina Monroe” a través de su corolario (el “Corolario Trump”), con el que intenta reafirmar el liderazgo único de Estados Unidos en la región, sacando a China de la ecuación. Desde que Trump asume la Presidencia de Estados Unidos ha sido muy claro y “no se ha ido por las ramas”; el objetivo es América y recuperar la influencia perdida “a como dé lugar” y utilizando todos los medios que sean necesarios (by all means necessary, BAMN). Trump quiere someter a toda América y controlar los recursos estratégicos de todo el continente y “parece tener permiso para ello” internamente.
Con lo que acaba de suceder en Venezuela, el Presidente estadounidense junto con su “flamante” gabinete, intentan seguir fielmente su nuevo plan de seguridad nacional que sometería a todo el continente americano—incluyendo a Canadá—a las agendas geopolíticas de la Unión Americana. Se esperan muchos más golpes espectaculares antes del proceso electoral de medio término del 3 de noviembre y Trump seguramente querrá proyectar que, bajo su liderazgo, Estados Unidos va en línea directa a ser grande otra vez (Make America Great Again). Es posible que lo consiga, pero también puede fallar. El camino es arduo y llevará tiempo. Quizás lo que se quiera es simplemente generar “espectacularidad” y dar la apariencia de que el imperio que parecía en declive puede ahora hacer su voluntad en América, deshacerse de otras influencias imperialistas extranjeras (como China), violar la soberanía de naciones con recursos estratégicos, deponer a líderes políticos rebeldes y someter a los pueblos que no le sean afines o que representen un obstáculo a sus intereses.
Esto es lo que Estados Unidos ha hecho siempre desde que se volvió una potencia (y para convertirse en ella), pero por momentos ha guardado las apariencias. Ahora Trump impone de nuevo sus agendas con la mano dura del belicismo, en busca del fentanilo que ahora llama “arma de destrucción masiva” y a través de una supuesta guerra contra lo que denomina, también por decreto, narcoterrorismo. Trump vuelve a usar la política de drogas, pero ahora de forma más descarada, para lograr sus objetivos de geopolítica y geoestrategia. Esas son sus aspiraciones, pero esta vez, podría ser que no le sea tan fácil a Estados Unidos lograr sus amplísimos objetivos y consolidar de nuevo su hegemonía regional; no lo sabemos aún. Es fácil burlar a la inteligencia cubana y someter a los militares venezolanos por las asimetrías propias que colocan a la nación militarmente más poderosa del mundo por encima de cualquier otra nación del continente.
Sin embargo, la agenda de seguridad nacional es bastante ambiciosa y las limitaciones que enfrenta esta nación son grandes por las amplísimas divisiones internas, los conflictos de interés, las desigualdades estructurales, así como la concentración de poder en una especie de “rey” y una pequeñísima clase empresarial cuasi todopoderosa. Quizás el Trumpismo y las élites que lo apoyan logren sus objetivos a través del militarismo extremo y los principios de la “Ilustración Obscura” que manejarían a la nación como a una empresa y concentrarían el poder en el Ejecutivo, quien gobernaría como monarca, principalmente para quienes acaparan la tecnología y la mayor parte del capital. Será difícil con un pueblo dividido, la infraestructura muy deteriorada y grandes problemas sociales, pero no imposible. Estamos hablando del poder militar aún más grande del mundo. Podría ser que lo que acaba de suceder en Venezuela y lo que viene en la misma línea, consoliden el poder del Trumpismo en las elecciones de noviembre y Estados Unidos “sea grande otra vez”. También es posible que el proyecto fracase y el imperio continúe en declive. Aún no está claro el desenlace; vamos a ver...
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