Melvin Cantarell Gamboa

Que el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe topen con una AL insumisa II

"No se debe conceder a Estados Unidos ni a su Presidente efectos humanitarios, ellos han corrompido todo y menguado las cosas valiosas en favor de lo dañino".

Que el Destino manifiesto y la Doctrina Monroe topen con una AL insumisa II
Donald Trump, Presidente de Estados Unidos. Foto: Casa Blanca

Mi solidaridad con el pueblo venezolano

Si deseamos entender el excepcionalismo y el hiperindividualismo estadounidense y conocer el papel que juegan en la vida pública de ese país hay que tomar como punto de partida el antecedente o premisa fundamental de la revelación religiosa y el evangelismo cristiano que conectan fe y moralidad como fuerzas fundantes en la identidad cultural del norteamericano. Para explicarlo hemos de alejarnos de la razón abstracta y poner el acento en el proceso histórico que llevó a las diferentes sectas evangelistas (principalmente la iglesia mormona, la convención Bautista del Sur, los Pentecostales y los Adventistas del Séptimo Día) a la instauración de una ideología como medio para convertir el destino de Estados Unidos en un universalismo lunático militante de naturaleza histérica.

Las sectas que proliferan en Norteamérica, no son realmente cristianas, sino un giro hacia el individualismo radical en el que el yo y la autonomía individual son elevados a nivel de lo sagrado, al grado de resultar superiores a la creación, el amor a Dios y al prójimo; la fe verdadera, en este escenario, que incluye por lo menos a la mitad de los ciudadanos, se define a través de los dogmas institucionales que abrieron camino a una nación con propósitos políticos y económico de carácter imperialista, es decir, de dominio y control sobre otros territorios y pueblos; los grupos se distinguen entre sí por la práctica sui generis de su fe, coinciden por el carácter de verdad que dan a sus creencias, cada uno ve la propia como indiscutible, incuestionable, incontrovertible y absoluta, convencidos de ser únicos, los escogidos de Dios y salvos por predestinación (Calvino); no obstante, pequeñas diferencias, en conjunto han definido la idiosincrasia de una nación.

Esta fe, afirma Harold Bloom (La religión americana, página 184 y siguientes. Editorial Simón & Schoster, 1992, en inglés) con características gnósticas, individualistas y maquiavélicas, si tuviera una Trinidad americana estaría representada por Jesús, Maquiavelo y el espíritu del dinero y, por fundamentos la esquizofrenia representada en la idea de un Dios y un mundo trascendente, la neurosis como consecuencia de la práctica religiosa basada en la idea de que su Dios es el único Dios verdadero y el trastorno psicológico denominado histeria representado por las diferentes prácticas fanáticas de la fe (Peter Sloterdijk. Celo de Dios. Sobre la lucha de los tres monoteísmos. Editorial Siruela. 2011).

Sobre este fondo, se erigió la idea de que Estados Unidos es un país superior; sentimiento que se exacerbó con la llegada de Trump a la Presidencia, quien aprovechó estos prejuicios para transmitir la idea, semioculta, de que sus actos, por malvados que sean redundan en su prometida “nueva grandeza americana”, para gloria de Dios y los Estados Unidos; se trata de una convicción fundamentada en una compleja narrativa de prácticas y costumbres , intrínsicamente ligadas, de odio, discriminación y violencia inspiradas en el protestantismo, el evangelismo y moldeadas por estructuras sociales y legales de carácter conservador.

Desde el periodo colonial, los esclavistas del sur basaron la riqueza futura de la nación en la ampliación de sus territorios a costa de otros; por principio crearon asentamientos forzados en territorios indígenas masacrando a sus poblaciones; acciones legitimadas mediante la ley conocida como de Jim Crow (separados pero iguales), que consiente el control social, el uso de la represión, la segregación y la práctica de linchamiento de los hombres de color, aberraciones exculpadas en la idea de superioridad racial.

Estos antecedentes evolucionaron hasta dar lugar al “excepcionalismo" (creencia de que estados Unidos es cualitativamente superior a la demás naciones) y el “hiperindividualismo” (idea que prioriza la autonomía y la autosuficiencia del individuo) para referirse a los estadounidenses como individuos socialmente superiores a los demás y a Estados Unidos diferente a otras naciones por su republicanismo, considerado por Alexis Tocqueville (La democracia en América) como el factor decisivo en la redacción de su Constitución, falsa percepción que en los hechos, empezó a tomar carácter imperial durante la Presidencia de Thomas Jefferson, tercer Presidente americano, desde entonces, Estados Unidos tomó ese camino y lo ha hecho con una irresponsabilidad inaudita, como lo demuestran los dogmas del Destino Manifiesto y su complemento la Doctrina Monroe.

La ideología del Destino Manifiesto se gestó en el verano de 1845 cuando John L. O´ Sullivan, director del periódico Democratic Review (verano de 1945, escribió: “Es nuestro destino manifiesto llenar nuestro continente otorgado por la Providencia para el libre desarrollo de nuestra cada vez más numerosa gente”; frase que John Polk, undécimo Presidente, hizo suya para crear el mito del Destino Manifiesto y, de esta manera, justificar durante su mandato el supuesto derecho de los Estados Unidos a expandirse a costa de México provocando intencionalmente la guerra contra nuestro país. Polk, desde su campaña para Gobernador de Tennessee, prometió anexarse Texas, lo cumplió de manera inmediata una vez Presidente. Howard Zinn (La otra historia de los Estados Unidos) describe lo ocurrido de la siguiente manera: el proyecto imperialista norteamericano nació el 4 de julio de 1803 con la compra de Luisiana a Francia, la idea expansionista, como dije más arriba, proviene de Thomas Jefferson, esclavista y tercer Presidente de Estados Unidos; Polk, simplemente pasó a los hechos con la anexión de Texas que, separada de México, se hacía llamar “Republica de la Estrella Solitaria”. El plan de Polk era apoderarse primero de California, empezando con la invasión y conquista del Oeste, después , declarar la guerra a México, como lo hizo; estacionó las tropas yanquis a lo largo de la ribera del Rio Bravo y, como narra el Coronel Ethan Allen Hitchcok (Diario personal) y comandante del Tercer Regimiento del Ejército norteamericano y lector de Shakespeare, Chaucer, Spinoza y Hegel, a él se le encargó crear el pretexto para la declaración de guerra provocando un enfrentamiento con soldados mexicanos e iniciar la invasión; acción con la que no estuvo de acuerdo, como escribe en su diario: “Desde el principio los Estados Unidos son los agresores, no tenemos el mínimo derecho de estar aquí”. Declaradas las hostilidades, Henry David Thoreau, filósofo creador de la desobediencia civil, se niega a pagar el impuesto ciudadano denunciando la guerra contra México, fue encarcelado y liberado después que sus amigos, entre ellos Ralph Waldo Emerson, eminente poeta y filósofo, pagaron sus impuestos; por otra parte, para referirse a esos sucesos, el escritor y antiguo esclavo Frederick Douglas publicó en su periódico abolicionista The North Star: “la guerra actual-desgraciada, cruel e inicua-contra nuestra republica hermana. México parece una víctima propiciatoria de la codicia anglosajona y su amor al dominio”. Joshua Giddings, Diputado por Ohio y opositor a la esclavitud, llamó a la invasión norteamericana “una guerra agresiva, terrible e injusta; Ulises S. Grant, decimoctavo Presidente de los Estados Unidos, que participó en la guerra como encargado de logística del general Zacarias Taylor, comandante en jefe de la fuerzas invasoras que substituyó a Polk como Presidente, calificó la invasión norteamericana como “una de las más injustas guerras jamás librada por una nación más fuerte contra una más débil, por mi parte, escribió en sus memorias, me opuse amargamente a la medida”; lo decía con gran remordimiento, pesar y condena (recomiendo al lector consultar el libro La otra historia de los Estados Unidos, capítulo 8. "No tomamos nada por conquista, gracias a Dios", página 96 y siguientes).

Afirmo sin equivocación alguna, el Destino Manifiesto es el argumento ideológico más perverso jamás imaginado para justificar el expansionismo de los Estados Unidos; desafortunadamente ha sido usado con éxito para erigir un imperio que ignora el derecho internacional, la diplomacia y no respeta la soberanía de los pueblos en ninguna parte, en especial en Latinoamérica donde se ha apoderado de territorios, recursos naturales y explotado inmisericorde la fuerza de trabajo de sus habitantes, todo basado en el control político de repudiables y traidores gobiernos locales.

El 2 de diciembre de 1823, el Presidente James Monroe declara la que se conoce como Doctrina Monroe y la convierte en la postura oficial de la política exterior de los Estados Unidos para Latinoamérica; “en adelante, dice el texto, todo acto intervencionista en las excolonias y colonias europeas en el continente americano es un acto hostil contra los Estados Unidos”. Una postura que no representa ni representará un acto de buena vecindad, por lo contrario, esconde la intención perversa de convertir a los pueblos y territorios del continente en botín para beneficio exclusivo del capitalismo norteamericano; la supuesta protección de las recientes republicas latinoamericanas era parte e inicio de la hegemonía de Norteamérica en el hemisferio Occidental basado en la posesión y el saqueo indiscriminado de sus riquezas, sustentada en la idea imperial de supremacía racial y valores culturales anglosajones de carácter religiosos.

La declaración se dio en el contexto de la intentona de España y la Santa Alianza de restaurar el orden monárquico y recuperar las colonias que habían conquistado su independencia; Estados Unidos, a su vez, se comprometía con ellos a no intervenir en los conflictos europeos; obvio aun no era el país poderoso que es hoy, de otra manera no se explica porque no aplicó dicha Doctrina durante la ocupación británica de las Islas Malvinas (1833) ni en la invasión española de la República Dominicana (1861 y 1865) y, en el colmo de su estulticia, apoyó con su armada la primera intervención francesa en México (1838-1839).

Las cosas cambiaron cuando dispuso de una poderosa armada; en 1898 declara la guerra a una debilitada España y le arrebata Puerto Rico, las Filipinas, Guam e hizo de Cuba un protectorado. Theodore Roosevelt, viejo, rudo y presto vigesimosexto Presidente de los Estados Unidos (1901-1909), considerando a su país ya todo poderoso, abandona su poca prudencia y pasa al uso de la fuerza militar para imponer los intereses norteamericanos en Latinoamérica y el Caribe mediante la intimidación y la intervención en las antiguas colonias españolas. Se inaugura el periodo que se conoce como “Política del Gran Garrote”. Latinoamérica es víctima de invasiones y bloqueos abundantes: México, República Dominicana, Haití y Venezuela; golpes de Estado en Guatemala y Chile; derrocamiento de gobiernos legítimos, apoyo a dictadores, apropiación de territorios, saqueo de recursos naturales, todo con falsas mentiras: la lucha contra el comunismo, guerra contra las drogas (Plan Condor), contra el narcoterrorismo, como lo ilustra el desembarco de tropas norteamericanas en la Isla de Granada (1983), invasión a Panamá (1989), Colombia (1999) y Venezuela (2026) y el intervencionismo en la política interna de los gobiernos nacionales. Estas agresiones sumarían centenares si se incluyen tentativas de despojo territorial, expediciones punitivas en Veracruz (1914) y Chihuahua, persecución de Francisco Villa (1918), incursiones armadas menores, acciones encubiertas, operaciones de contrabando, presiones diplomáticas intensas y agresiones fronterizas. (Consultar: Gastón García Cantú. Las invasiones norteamericanas a México, Editorial ERA, donde el autor da cuenta de 105).

Es más, desde 1947 proliferan también el uso de la fuerza, guerras, acciones encubiertas, intervenciones e invasiones de Estados Unidos alrededor del mundo, se cuentan por centenares, algunos ejemplos: ha cambiado regímenes en Venezuela (2002), Irak (2003), Libia (2011), Honduras (2009), Ucrania (2014) y bombardeado y combatido abiertamente en Yugoeslavia, Afganistán, Irán, Nigeria, Somalia, Siria, Yemen y amenazado a Canadá, México, Dinamarca y Colombia (2025-2026).

Ahora bien. ¿Qué puede esperarse de un país que durante más de doscientos años ha estado en guerra permanente? Tiene más de 750 bases militares distribuidas en 123 países, 900 mil millones de presupuesto militar (que Trump desea ampliar a 1.5 billones de dólares y quien se arma, está en guerra) y más de medio millón de tropas distribuidas alrededor del mundo con el pretexto de proteger su seguridad y la de sus aliados.

Pero falta la cerecita del pastel. Dicen que cuando la perra es brava, hasta los de casa muerde. Entre 1945 y 1950, el contexto de la guerra fría, cuando alcanzó su apogeo la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética y el miedo al comunismo se hizo intenso, al interior de los Estados Unidos se formó un clima de desconfianza y ansiedad que pronto se convirtió en paranoia, estado mental que capitalizó el Senador Joseph McCarty para inventar acusaciones infundadas que se tradujeron en censura a la prensa, demandas contra periodistas, persecución de intelectuales, artistas, científicos y otros personajes notables que se tradujeron en represión a toda disidencia, intolerancia, abuso de poder, supresión de derechos legales de las personas, en especial de los migrantes, dañó a la vida de miles de familias enteras, en fin, un comportamiento histérico de persecución política muy parecida a lo que actualmente está sucediendo.

Acto seguido (1953) se recrudece la aplicación de la Doctrina Monroe (hoy doctrina “Donroe”, por aquello de Donald); en ese contexto, John Foster Dulles, Secretario de Estado durante la Presidencia de Dwight Eisenhower, afirmo “Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses”, dando a entender que donde el interés prevalece la idea de amistad y los lazos emocionales no existen; la idea no era nueva, el Presidente John Quince Adams (1825-1829) había dicho: “Estados Unidos no tiene amistades permanentes, sólo intereses permanentes”. Que no se equivoquen los grupos ultraderechistas de Latinoamérica y el mundo si creen que abriendo la puerta a los gringos están salvando a su país. Con Trump, como puede deducirse de esta lectura, es lo mismo de siempre, sólo actualiza y pone al día una nueva versión del imperialismo. En esta ocasión la ambición de poder la encabeza un tirano autócrata y plutócrata de atroz voracidad, que busca el control absoluto sobre los pueblos débiles implantando su voluntad mediante el uso de poderosos recursos bélicos, bombardeos, secuestros, amenazas para provocar terror y miedo para imponer la subordinación, la sumisión y la dominación mediante una política fundamentada en la desolación, la negación de la pluralidad, del derecho internacional, de la diplomacia, la autonomía y la soberanía de las naciones. Trump recuerda al Gran Inquisidor de Dostoievski (Los hermanos Karamazov) que representa la tiranía del poder terrenal apoyado en creencias religiosas e ideológicas para imponer su voluntad de poder y control, primero sobre los individuos y enseguida sobre naciones y pueblos enteros con el argumento de ser demasiado débiles y requieren de tutelaje y arbitrio ajeno. En Los hermanos Karamazov, en el colmo de su estulticia, el Gran Inquisidor justifica el mal culpando a Cristo, a quien encarcela bajo el cargo de haber mentido a los hombres con la promesa de bienestar y felicidad y no haberles cumplido, ahora él, su carcelero, ha tomado su lugar para construir un paraíso terrenal “nunca imaginado” basado en la coerción, la opresión y la crueldad sin restricciones legales ni derechos de ningún tipo, a la manera de los autócratas que toman lo que quieren porque pueden.

Por todo lo descrito, no se debe conceder a Estados Unidos ni a su Presidente efectos humanitarios, ellos han corrompido todo y menguado las cosas valiosas en favor de lo dañino; es el momento de frenar esta marcha hacia el caos y la destrucción ¡Pueblos del mundo uníos contra el Uno! Carajo.

Para conocer las entrañas del monstruo (José Martí), recomiendo la lectura de los siguientes libros: Howard Zinn, La otra historia de los Estados Unidos; Graham Green, El americano feo; Bruno Traben, La Rosa Blanca y dos infaltables e insubstituibles textos de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina y Memoria del fuego.

Melvin Cantarell Gamboa

Nació en Campeche, Campeche, en 1940. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es excatedrático universitario (Universidad Iberoamericana y Universidad Autónoma de Sina... Ver más

MÁS EN Opinión

Historia

María Rivera

Historia

""Quién sabe qué hará Trump mañana, y pasado mañana, querido lector. No sabemos hasta donde pueda lle..."

MÁS EN Opinión