El Poder del Consumidor

Alejandro Calvillo

Con todos, pero no con sus hijos

07/02/2026 - 12:04 am

"Buscan que el resto de las familias, niños, niñas y adolescentes consuman sus productos, pero no sus familias, no sus hijos, no sus hijas".

Las generaciones actuales de niñas, niños y adolescentes enfrentan un entorno que atenta contra su salud mental y física, un entorno construido bajo un capitalismo salvaje, donde las corporaciones vienen construyendo su poder sobre su salud, sacrificándola. 

Es común encontrar que los directivos y funcionarios de corporaciones globales eviten que sus familias, que sus hijos, consuman lo que ellos están fabricando e introduciendo al mercado. Es decir, buscan que el resto de las familias, niños, niñas y adolescentes consuman sus productos, pero no sus familias, no sus hijos, no sus hijas. 

Esta práctica es tan amplia y profunda que está dañando la salud mental y física de generaciones a escala global. Como ejemplos basta señalar dos: 1. el impacto ya reconocido de las redes sociales, los algoritmos, los videojuegos, la pornografía digital, diseñados para ser adictivos, su impacto en el desarrollo cognitivo y la salud mental de niñas, niños y adolescentes. Y 2. el impacto que tiene en la salud física de niños, niñas y adolescentes el consumo de ultraprocesados, de la llamada comida chatarra, y las bebidas endulzadas, principal causa de la epidemia global de sobrepeso, obesidad y diabetes. 

En Silicon Valley, cuna de parte de los más importantes avances en la tecnología digital, directivos y trabajadores de corporaciones como Google, Apple, Meta, Amazon, Microsoft, Nvidia, Tesla, etc., restringen a sus hijos el uso de aparatos electrónicos y los envían a escuelas donde no se utilizan pantallas. Conocen muy bien el problema adictivo que generan, los problemas de conducta y cognitivos que se asocian a su uso, la ansiedad que desarrollan, su afectación en la salud mental. Protegen a sus hijos de los efectos de las pantallas mientras trabajan en el desarrollo de algoritmos para hacerlas adictivas a las demás niñas, niños y adolescentes, al tiempo que ofrecen opciones a las instituciones educativas para que usen sus productos en alumnos de corta edad. Hacen todo lo posible para que los otros niños, niñas y adolescentes utilicen y pasen más horas frente a las pantallas, mientras protegen a los suyos, los envían a escuelas, como las Waldrof, donde se prohíbe su uso. 

El periodista e investigador Michael Moss, durante varios años, entrevistó a ejecutivos de grandes corporaciones de ultraprocesados, de bebidas endulzadas embotelladas, de lo que popularmente llamamos comida chatarra y refrescos. Moss logró acercarse a estas personas gracias a sus credenciales, reconocido por diversos premios, entre ellos el Pulitzer, y como periodista del New York Times y el Washington Post, entre otros medios importantes en los Estados Unidos. Moss documenta estas entrevistas en su ya clásico libro “Sal, Azúcar, Grasa. Cómo los gigantes de los alimentos nos volvieron adictos”. Lo cito: “En un nivel personal, encontré que muchos de los ejecutivos con los que hablé evitaban sus propios productos. No me pude resistir a preguntarles acerca de sus hábitos alimentarios: John Ruff de Kraft, quien renunció a las bebidas azucaradas y a los snacks grasos; Luis Cantararell de Nestlé; que come pescado para la cena; Bob Lin de Frito-Lay (Sabritas en México), que evita las papas fritas y casi todo lo que está altamente procesado; Howard Moskowitz, el genio de la ingeniería de refrescos, que se niega a beberlos”. En todos los casos encontró que no consumían lo que producían.

Sus productos, con excesos de azúcar, endulzantes, grasas, sal e ingredientes artificiales para darles sabor, color, aroma y textura no están en sus mesas. Sin embargo, buscan que estén en las mesas de todos los demás, buscan, como lo demuestra Moss, que sean hiperpalatables, que sean adictivos.

De la misma manera, los algoritmos rastrean e identifican las vulnerabilidades de los usuarios de las redes. Las plataformas argumentan que tienen establecidas edades mínimas para sus usuarios, sin embargo, tienen algoritmos para identificarlos y ofrecerles productos atractivos para sus edades, diseñan juegos para infantes con constantes estimulaciones para que no los puedan dejar.

Lo que une a las redes y plataformas digitales con las industrias de la chatarra y las bebidas endulzadas embotelladas, lo que tienen en común y que marca su éxito, su grado de penetración, son sus estrategias de enganche, de creación de adicción. Estos productos, más allá de sus diferencias, están diseñados para provocar descargas de dopamina en el cerebro, en el centro de la recompensa, descargas de la llamada hormona del placer. Ahí mismo donde las drogas impactan para generar la dependencia, la adicción, ahí se dirige el diseño tanto de videojuegos, el llamado scrolling diseñado por el algoritmo para cada persona, así como la comida chatarra, las bebidas. El resultado es, en un caso, la captura de la atención, el debilitamiento del razonamiento y de la concentración, el aumento de la ansiedad como una epidemia en niñas, niños y adolescentes; y, en el otro, el consumo compulsivo de chatarra y bebidas endulzadas que desatan sobrepeso, obesidad y, con los años, diabetes, enfermedades renales y cardiovasculares.

El panorama no es halagador, pero hay esperanzas y éstas están en que hemos llegado a tal extremo que la realidad ya no se puede maquillar, que la evidencia es contundente. Surgen las iniciativas que van convirtiéndose en ley para regular y sacar estos productos, al menos de los espacios de las niñas, niños y adolescentes, tanto la prohibición de las redes para este sector de la población, como la prohibición de la chatarra y las bebidas endulzadas embotelladas de las escuelas, así como la prohibición de su publicidad dirigida a la infancia.

El internet comienza a prohibirse para menores de 16 años en varias naciones como Australia, España, Dinamarca; la Unión Europea discute una regulación general, se les exigen mecanismos efectivos para bloquear la entrada a menores y se establecen multas a las mismas por incumplimiento. Las instituciones educativas de varias naciones prohíben el uso de celulares y muchas han dejado de promover el uso de aparatos electrónicos. Las evidencias sobre sus daños son ya abrumadoras y muy preocupantes, a tal grado que han llevado a la Organización Mundial de la Salud a reconocer que existe un uso excesivo de las redes sociales en niñas, niños y adolescentes puede afectar la salud mental, el sueño, la autoestima y la vida social.

Por el lado de la comida chatarra y las bebidas endulzadas embotelladas, las políticas para reducir su consumo y proteger a las infancias han avanzado por todo el mundo, aunque todavía falta mucho, como lo vemos con la campaña invasiva de Coca Cola con la Copa Mundial que ya tenemos en el país. Cómo es posible que un producto de esta naturaleza sea patrocinador de un evento deportivo. En una gran cantidad de países se prohíben ya estos productos en las escuelas, como en México, Chile, Brasil, Colombia, Reino Unido, Francia y otros más. La publicidad también se está regulando en horarios muy amplios en televisión como en Reino Unido, Chile, Noruega; se prohíbe el uso de personajes o celebridades para anunciarlos, como en México; su publicidad en espacios físicos, como en Portugal alrededor de las escuelas, entre muchas formas diferentes para reducir su impacto. Otra medida ha sido aumentar impuestos a las bebidas endulzadas embotelladas. De acuerdo a la OMS, en más de 116 países y territorios tanto en América como en Europa, Oriente Medio, África, Asia y Oceanía se han establecido impuestos a estas bebidas. Y, por último, los etiquetados de advertencia para informar a los consumidores se han establecido en México, Chile, Perú, Uruguay, Colombia, Ecuador, Canadá y Brasil, entre otros.

El poder económico de las corporaciones se ha venido imponiendo para conformar estas condiciones que dañan la salud mental y física de niñas, niños y adolescentes, sin embargo, la confluencia de la sociedad civil, los académicos con la ciencia en sus manos, y funcionarios comprometidos con el bien público, están marcando la diferencia. En medio del difícil umbral en el que nos encontramos, parece develarse una mayor claridad sobre el poder ciudadano y su misión, así como el carácter criminal de estas prácticas corporativas.

Alejandro Calvillo

Sociólogo con estudios en filosofía (Universidad de Barcelona) y en medio ambiente y desarrollo sustentable (El Colegio de México). Director de El Poder del Consumidor. Formó parte del grupo fundador ... Ver más

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