Julieta Cardona

No grites, no te ahogues, Cristina

07/04/2012 - 12:01 am

El grito hacia adentro es más ensordecedor que diez mil voces gritando al unísono, ahora lo sé aunque nunca tuve una seria intención.

Hace algunos años me enamoré de la forma más bestial que un humano puede llegar a conocer, así comienza la historia.

 

Cuando menos lo noté ya era lunes veintinueve. Tenía ya tres días en aquella ciudad esperando desesperadamente hacer aquello por lo que había ido.

Las seis de la tarde.

Las siete.

Tic.

Las ocho.

Toc.

Oxímoros.

Yo le había mandado una esquela. «Te espero en el Motel Estaciones a las diez en punto de la noche, el día veintinueve de este mes». No firmé.

Faltaban dos horas y después de esperar cinco años diez meses y catorce días, no sabía si Mariana llegaría. Ella no sabía nada de mí desde entonces, pero sabía que aquella nota la había escrito yo.

Me desnudé frente al espejo: mis tatuajes se habían vuelto cicatrices, mis muslos eran fuertes, todavía era delgada y el bronceado de mi piel se ajustaba perfecto para ella. Enseguida recordé todas aquellas invitaciones carnales que ignoré con el único propósito de guardármele.
Las diez en punto.

Yo temblaba.

Me dije que Mariana jamás había sido puntual.

Las diez con quince minutos.

La puerta se abrió… era ella.

Sabía que eras tú, me dijo cerrando la puerta.

Me dio un beso largo, hermoso. Yo la acaricié y le besé toda la cara queriendo cubrir en segundos todos los besos que perdí.

Mariana apenas pudo articular: te extrañé todas las vidas del mundo, Cristina.
Me soltó, me miró y caminó lento hacia la puerta por donde entró regalándome un pasaporte al cielo tan solo tres minutos antes.

Afuera había alguien esperándola.

Adentro también.
«Cristina no grites, regresará», me dije con cada una de mis voces interiores que susurraban moribundos monólogos de amor.

Salí con pavor en los ojos, se había ido.

Llena de rabia me bebí la sortija en alguno de los cien vodkas que tomé.
Me dijeron que no valía la pena y aun así fui dispuesta a morir esa noche.
Y hoy, sentada en una vieja silla, condenada a repetir en una hoja la historia de mis manos con las suyas, sin poder combatir aquello que desconozco sabiendo que siempre ha sido ella, me voy a vivir otra vida en otro cuerpo, en otra mujer. Tal vez ahí la vuelva a ver.

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