Si bien siempre tiendo a exagerar lo que platico, escribo e imagino, (como muchas otras mujeres, como muchas otras personas), esta vez no será así, es más: me quedaré corta, verdá de Dios.
Estuve diez días muy cerca del mar viajando entre Guerrero y Oaxaca, todos ellos tentada a vencer mis miedos respecto a comer algunas almejas y ostiones, sin embargo, fue algo que no sucedió porque desde que tengo memoria me han dado algo de asco; entonces, ignorando uno de los consejos carnales de Oscar Wilde, le hui a mi tentación.
Pasé dos días en Ometepec, pueblo guerrerense cuyo nombre significa “lugar entre dos cerros”, los cuales imaginé como dos grandes tetas, sí, dos grandes tetas. Me gustó la imagen mental que creé, pero no me gustó el lugar porque es un tanto desabrido con gente bastante cálida, ya sé ya sé, raro.
Toda la acción comenzó justo en Ometepec, en la cena de la primera noche. Mi tío comenzó “yo a tu edad no andaba diciendo esas palabras altisonantes ni fumando como chacuaco…”, así me dijo, igualito que en las películas. Yo le dije que si llegaba a su edad, no molestaría a mis sobrinos con cosas que a mí no me incumbieran, pero no pegó, y a cambio de mi ingratitud, recibí miradas de desapruebo absoluto por parte de mi familia y un silencio más incómodo que aquella primera vez con una tanga entre mis nalgas.
Sepan ustedes que hay bastante homosexual fuera del clóset por ahí. En Huatulco, por ejemplo, conocí a uno de nombre Hugo, quien se quejó conmigo por la falta de establecimientos gay; el pobre tenía que ir hasta Oaxaca, Oaxaca y obviamente yo también sufrí por él.
Durante el viaje, una vez más fuera de las noticias nacionales, comprobé la pobreza de México. Si bien hay hermosísimas costas, divinos manglares, limpios ríos, arrecifes de fotografía, puestas de sol de ensueño, hay multiplicados a la ene potencia bosques dañados, casas vestidas de lámina con paredes de cartón o de madera, lagunas descuidadas, animales contaminados, muertos, en peligro de extinción, etcétera. No hay que ser un experto matemático para saber todo eso.
Todos los días del viaje, Telcel brilló por sus mentiras. No vayan ustedes a confiar en los comerciales donde se dice con letras grandotototas que todo México es territorio Telcel, no es verdad. Tantos miles de millones de pesos y aún no llegan a todos los pueblos que terminen con “pec, pan, tlan”.
Vi maizales abandonados, parcelas trabajadas, campesinos arando. También vi el TLCAN en la basura de cada uno de ellos. Tanta agricultura para que el TLCAN no se sintiera, ni siquiera la puntita.
Había casas a medio construir, como si los habitantes se hubiesen ido a la guerra dejando todo sin concluir. Aunque bueno, aquí el irse a la guerra e irse a buscar qué comer, supongo que es similar sino es que idéntico.
No soy periodista, no tengo fuentes especiales que me den información o cifras oficiales que anunciar. No vine a hablarles de eso. Mi única fuente son aquellos campos secos u olvidados, aquellas personas con el sol en los ojos, en las manos, en la piel.
De esta manera, mis vacaciones concluyeron mandando especialmente a dos personas a la mierda: Slim y Serra Puche.
Adiós.
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