El exconsejero jurídico expuso en su libro —que escribe con Jorge Fernández Menéndez— cómo tuvieron lugar tensiones, decisiones polémicas y fracturas internas en el sexenio pasado.
Ciudad de México, 12 de febrero (SinEmbargo).- En Ni venganza ni perdón, el libro que escribió en coautoría con el periodista Jorge Fernández Menéndez, el exconsejero jurídico Julio Scherer Ibarra se dice inocente de acusaciones de corrupción y ajusta cuentas con algunos de sus compañeros de gabinete, pero también describe al expresidente Andrés Manuel López Obrador como inepto, ignorante, manipulable y proclive a la victimización.
Desde el desafuero como Jefe de Gobierno, afirma Scherer Ibarra, “a Andrés Manuel nunca le importó la parte jurídica: Estaba dispuesto a ir a la cárcel y victimizarse. Andrés siempre ha sido una víctima y siempre se ha comportado como tal, es parte de su forma de ser”.
—Es parte también, me imagino, de la visión un poco religiosa que tiene de la política —le dice Fernández en el diálogo que se reproduce en el libro que lleva como subtítulo: “Una amistad al filo del poder”.
—Andrés Manuel ahorita sería feliz si los gringos hicieran algo en su contra, porque es lo único que le falta: Haber empezado como líder social, llegar a Jefe de Gobierno, después a Presidente y finalmente regresar a las condiciones de un líder social perseguido.

Scherer Ibarra, hijo del periodista Julio Scherer García, fundador de la revista Proceso, describe al expresidente también como incompetente en la administración pública: “Ya hemos dicho que el Presidente (sic) no es un buen administrador. Es un líder, un gran líder, pero no es un administrador ni un economista”.
Y por eso culpa veladamente a quien aún llama Presidente de la situación económica de México que le heredó a Claudia Sheinbaum: “Creo que una economía sana resiste una mala política, pero una buena política no resiste una economía en problemas. Hoy el mandante en todo es la economía. La política es muy importante —como dice el señor Presidente—, es todo un arte, la principal acción del individuo. Pero si no hay una política económica que funcione, difícilmente se va a poder operar el país. Muchos son los problemas que hoy tiene la Presidenta Sheinbaum por las condiciones económicas que vive México”.

En el libro, que comenzó a circular esta semana, Scherer Ibarra critica la visión de López Obrador de anteponer en el gobierno la lealtad a la eficacia:
“Tener personas con 90 por ciento de lealtad y 10 por ciento de eficacia no es lo más adecuado ni para el gobierno ni para el Congreso, ni para el propio Presidente de la República porque, obviamente, el Presidente tiene que hacer esfuerzos por obtener el 90 por ciento que les falta a quienes no tienen conocimientos. Y él, abocado a sus proyectos y a la necesidad de que sean exitosos, a menudo debía esmerarse mucho más de lo normal para sacar adelante un proyecto que el del 90 por ciento de lealtad no podía impulsar. Eso es un hecho. Además, no le gusta quitar a la gente ni despedirla; por alguna razón, Andrés Manuel no despide a las personas: las reubica en otro lugar. Los ignora, pero se quedan en el cargo; se quedan en el cargo, pero sin encargo. Andrés Manuel solía decir: ‘Yo no doy cargos, doy encargos’. Y quien tenía cargo pero no encargo no servía para nada: era un tipo que estaba out”.
Y enumera ejemplos de esa visión de López Obrador a miembros de su gabinete, como Olga Sánchez Cordero, Rocío Nalhe y Manuel Bartlett, secretarias de Gobernación y Energía, así como director general de la Comisión Federal de Electricidad (CFE):
“Un día le dijo el Presidente a Rocío que le parecía que la Secretaría de Energía no servía para nada, que lo que debía hacer era nombrarla ‘Secretaria de las Refinerías’. El Presidente buscaba funcionarios que hicieran la chamba que él les encomendaba. Un día le dijo a Olga Sánchez Cordero: ‘Señora, yo quiero que la Secretaría de Gobernación sólo vea el caso Ayotzinapa. Usted es la secretaria de Ayotzinapa’. ‘Señor Presidente —respondió Olga—, la Secretaria de Gobernación tiene funciones legales que debe cumplir’. ‘Bueno, pues a mí —le contestó—, eso no me importa. Me importa que usted sepa que yo quiero que se encargue de resolver el asunto Ayotzinapa, que es lo más importante para mí, que es mi compromiso número 100. Eso es lo que yo quiero’.

“Así era el Presidente y así trabajaba el gobierno. Tenía funcionarios —en este caso uno que no le ayudaba, como Bartlett— que hoy, ya fuera del gobierno, vemos que dejaron un faltante de energía eléctrica y que todo eso fue construido por Manuel Bartlett, porque fue él quien convenció al Presidente de que estábamos bien, que no había problema, que eran solo pretextos de la iniciativa privada para tratar de producir y vender la energía a precios por encima de la razonabilidad económica de la gente amolada y sacarle un recurso al gobierno. Bartlett también puede estar entre esos funcionarios: 90 por ciento lealtad —que lo dudo— y 10 por ciento de eficacia o menos”.
El abogado Scherer Ibarra afirma que muchas decisiones de López Obrador las tomó guiado por criterios ideológicos, como la designación de Manuel Bartlett en la CFE.
—Era una posición ideológica y no técnica —le dice Fernández sobre Bartlett.
—Totalmente —responde Scherer Ibarra—. Pero eso le generó al Presidente, primero, y después a la Presidenta de la República, los problemas que enfrentamos hoy por la falta de electricidad. Aunque también hay que decir, en abono de Andrés Manuel que, en muchos casos, cuando había una opinión que él consideraba conveniente, apoyaba a sus funcionarios. Podía estar muy equivocado, como en el caso de Bartlett, pero también es cierto que les respetaba su espacio.
Es cuando Scherer Ibarra habla de la cancelación del aeropuerto iniciado por Enrique Peña Nieto: “Se realizó una consulta de menos de una semana, en la que votaron 700,000 personas por el no, y con esas personas se acabó el aeropuerto de Texcoco”.
—Otra decisión más ideológica que técnica —le dice Fernández.
—Era una decisión que ya había tomado desde mucho tiempo atrás, solo que la gente no sabía que cuando dice una cosa, la cumple. Si dice algo ya no lo va a cambiar. La gente piensa que van a convencer a Andrés Manuel, como pensó el Secretario de Comunicaciones, Javier Jiménez Espriú, como pensó Alfonso Romo, como pensaron muchos, que, conociendo la magnitud del aeropuerto, lo iban a poder convencer tranquilamente. Andrés Manuel tenía la convicción desde el principio de que ese aeropuerto había que quitarlo porque era un foco de corrupción y que había que hacer el nuevo aeropuerto donde él había querido desde que era candidato en el 2006”.

Una de las acusaciones de la oposición a López Obrador es que fue un destructor de instituciones y Scherer Ibarra valida en su libro esa afirmación:
“Fonatur era una institución que creó el Banco de México con un notable éxito en el ámbito turístico: Construyó Cancún, Ixtapa; buena parte del turismo en México se fortaleció gracias a ese fondo. López Obrador lo hizo añicos para construir el Tren Maya. Nos puede gustar o no la obra del tren, pero se construyó. Ahora, también nos puede gustar o no que se haya destruido Fonatur, porque no quedó nada. Pero, de esa misma forma, se cambiaron muchas instituciones. Por ejemplo, el Instituto Nacional de la Infraestructura Física Educativa, que se dedicaba a la construcción de escuelas. Estando un día en reunión de gabinete, decidió que había que hacer La Escuela es Nuestra. El argumento era que los burócratas siempre habían utilizado la construcción de escuelas para hacer negocios. ‘¿Para qué —se preguntaba— hacemos las escuelas a través de estos señores? Tenemos suficientes escuelas; lo que hay que hacer es arreglarlas y desaparecer lo que hay, para darles dinero a las escuelas desde la Tesorería de la Federación’. Así mandató este programa. Se otorgaron los recursos a las escuelas —creo recordar que 500,000 pesos para escuelas de más de 150 alumnos— para que se reconstruyeran muchas de las escuelas de México”.
El libro del exconsejero jurídico del Ejecutivo también se refiere a Obrador como ingenuo y manipulado por su vocero, Jesús Ramírez Cuevas, en medios de comunicación, periodistas e intelectuales. Entre la reunión del gabinete de seguridad y la conferencia de prensa, cuenta, el vocero lo instruía para decir lo que él quería, porque también previamente le hacía llegar a su escritorio los temas que a él le interesaban:
“El Presidente, con ingenuidad, se iba por esa nota en donde Jesús Ramírez ponía la información que a él importaba; se ocupaba de las principales noticias nacionales, sí, pero resaltaba también las que eran del interés del propio Jesús. Y en ese tránsito, del lugar en que se efectuaba la reunión del gabinete al salón Tesorería, Jesús Ramírez le refería todo lo que le interesaba que el Presidente escuchara. De este modo se daba la gran manipulación, aderezada con preguntas siempre a modo. Así, el Presidente contestaba en muchas ocasiones temas que eran del interés de Jesús Ramírez y que no necesariamente lo eran del Presidente de la República ni del gobierno. En esta operación truculenta, Ramírez estaba siempre presente. A veces incluso se le concedía la palabra para que hiciera algún planteamiento adicional a los que traía el Presidente. Jesús Ramírez preparaba todos los materiales para la mañanera a su entera conveniencia”.
Según Scherer Ibarra, Ramírez Cuevas es parte de un grupo de izquierda que denomina los “duros”:
“Iban influyendo en este tipo de cuestiones en el Presidente; lo llevaban a tomar decisiones equívocas. Muchas veces estas personas entraban a conversar con él, sobre todo Jesús Ramírez, un gran manipulador, que llevaba mensajes de este grupo duro. Además, afirmaba que nosotros éramos la parte que contrariaba las políticas públicas que había diseñado el mandatario, lo que era y es totalmente falso. Se demostró con este asunto del glifosato que el Conacyt no fue capaz de producir el producto que sustituiría al glifosato. Ni siquiera se acercó. Y provocó controversias en el T-MEC y sanciones a México, un problema que se arrastra hasta hoy”.
En el libro, Scherer Ibarra confiesa que, si bien no quería estar en el gobierno, ni siquiera como Consejero Jurídico, sí consideró ser el responsable de comunicación social, aunque con una cargo de mayor relevancia que controlaría también la posición de vocero, pero López Obrador no aceptó:
“Sí. Porque le dije que la única manera en que yo podía aceptar era si me daba un área mucho más amplia que Comunicación, para que esta quedara dentro de mis tareas. Le propuse que me designara coordinador de estrategia, pero no quiso. Me dijo: ‘No, tú debes ser director de Comunicación y Jesús te va a ayudar’. ‘No —le dije—, peor si es con Jesús. Prefiero no ser director de Comunicación ni muerto. Además, déjame decirte, Andrés, que yo no puedo ser censor, yo no puedo convertirme en Pancho Galindo Ochoa de un día para otro, yo no tengo ese carácter, no, yo respeto a mi papá, sus enseñanzas y su ejemplo, ¿cómo voy a ser yo el censor del Gobierno? No, no y no’. ‘Ya —me dijo—, te quedas como abogado y voy a poner a Jesús’. Un error que creo que continúa hasta el día de hoy porque Jesús hizo mucho daño en el Gobierno”.
En otra parte del libro, Scherer Ibarra se duele del trato de López Obrador cuando se le señalaba de corrupto y de haber usado su cargo como Consejero Jurídico para beneficiar a su despacho y a sus amigos abogados, que atribuye al Fiscal Alejandro Gertz Manero y a Sánchez Cordero:
“Al Presidente López Obrador, en las mañaneras, le preguntaban sobre la cuestión en que estaban inmiscuidos el Fiscal general y el Consejero Jurídico. Respondió varias veces: ‘Yo le tengo confianza al Fiscal’. Cada vez que contestaba así, yo sentía una puñalada al corazón, porque el Presidente de la República trabajaba conmigo algunos asuntos que él quería que le tratáramos al Fiscal, jamás con el Fiscal de manera directa, siempre por conducto mío. Y si el Presidente tenía una relación con el Fiscal, debió ser muy discreta, porque yo nunca la vi. Entonces, cuando el Presidente se expresaba de ese modo, a mí me generaba una desilusión muy grande porque nunca dijo: ‘Yo le tengo confianza al Fiscal, pero también le tengo confianza a Julio’. Nunca lo mencionó después de conocernos a profundidad, de haberme nombrado hermano, de haber pasado tantísimos años juntos”.
Y en la parte del libro sobre el caso del general Salvador Cienfuegos, Scherer Ibarra cuenta cómo López Obrador puso la política por encima de la Ley, al hacer público el expediente del Departamento de Justicia de Estados Unidos, en lo que él no estaba de acuerdo:
“Fui a verlo. Estaba por empezar a desayunar después de la mañanera, me invitó a desayunar y me dijo: ‘Te quiero dar una explicación sobre por qué di a conocer el expediente, porque tú trabajaste mucho en este asunto’. Yo le dije: ‘Señor Presidente, usted no me tiene que dar explicación alguna, la decisión es la que usted toma, basta con ello’. ‘No, sí necesito darte una explicación’, dijo. No dormí nada pensando en la decisión que debía adoptar sobre esto. Si yo hubiera decidido no dar a conocer el expediente, los mexicanos, que de alguna manera estamos acostumbrados a dar por cierto todo lo que nos dicen los norteamericanos, hubiéramos pensado que se hubieran podido poner de acuerdo el general secretario, el exsecretario de la Defensa Cienfuegos y el Presidente de la República. Entonces afirmarían que el general Cienfuegos, como lo acusaban los norteamericanos, era narco. Como el Presidente había hecho alianza con el general, también era narco; que el Ejército mexicano, pues que ya también era narco y, por supuesto, la Fiscalía. Eso hubiera llevado al descrédito total de nuestro gobierno y nos hubiera convertido a todos en cómplices del narco y no hubiéramos podido hacer nada. En la medida en que la gente conozca el documento y pueda evaluar si lo que plantean los americanos coincide con la realidad, vamos a tener una explicación para cualquier cosa, porque la gente ya va a tener conocimiento. Yo le contesté al Presidente que era una lección política la que me estaba ofreciendo, porque yo pensaba que en ese momento lo más importante era el acatamiento supremo de la ley, pero la política, en este caso, estaba por encima de la ley. Le agradecí la enseñanza, la lección de política que me dio y creo que es uno de los hechos más importantes que se produjeron en el gobierno de López Obrador”.
Scherer Ibarra también se refiere a la Presidenta Claudia Sheinbaum, a quien dice él haber apoyado desde 2018 para Jefa de Gobierno:
“Claudia resultó candidata y lo hizo muy bien. Ese era, en parte, mi papel con ella: platicábamos muy seguido, dábamos seguimiento a la campaña. Me encantaba reunirme con ella porque es versátil y tiene muchas ideas. Como decía antes, es como una hormiguita: empieza despacio, pero luego avanza con pasos agigantados. Aprende rápido, domina muchos temas y se concentra en los que no domina. Tiene clarísima la ingeniería de los sistemas; es muy metódica y trabajar con ella es fácil. Tiene un carácter duro: si las cosas no se hacen como quiere, se enoja. Es gritona… pero es muy buena”.





