La pregunta del porqué se ha oscurecido en nuestro tiempo y quizás ni siquiera se considera ya una pregunta válida. Foto: Especial.

Nos hemos acostumbrado a que todo tiene una razón, a que todo viene de un proceso donde un antecedente produce un consecuente; para nosotros todo está eslabonado causa-efecto. El mundo no es una colección dispersa, un montón de partes dislocadas, sino un orden cuya trabazón es férrea pues cuando se dan ciertos antecedentes en seguida se producen ciertos efectos. En nuestra experiencia todo parece estar concatenado, pareado: sabemos que la sed se quita con agua; sabemos que el agua se convierte en hielo en determinadas condiciones de presión y temperatura, sabemos infinidad de relaciones de este tipo y el mundo nos parece menos oscuro cuando mayor es el número de vínculos descifrados.

El pensamiento mágico y el científico proceden parecido, ambos van armando ligas; solo que en un caso son relaciones arbitrarias, subjetivas y, en el otro, se han desarrollado métodos cada vez más precisos para identificar cuáles, del incontable repertorio de los antecedentes, sí son determinantes, sí son factores reales: causas.

Nuestro éxito como especie ha dependido de esta capacidad de relacionar y de descubrir qué cosas siguen de otras. Esto nos permite intervenir en el mundo, provocar efectos deseables, la agricultura por ejemplo, y nos ha permitido adelantarnos a acontecimientos que nos habrían exterminado. El mañana no es del todo desconocido ni nos asalta por sorpresa, nuestro estado no es de ignorancia absoluta ante lo que está por venir. En algunos campos, obviamente, se ha avanzado más que en otros: los sismos no pueden preverse con exactitud pero sí sabemos cuáles son las zonas con mayor o con menor riesgo.

He dicho que nos hemos acostumbrado a las relaciones de causalidad y, pese a que no las acatamos todo el tiempo ni en todos los casos, aunque no nos solemos conducirnos racionalmente, nos parece la mejor actitud que podemos adoptar para saber a qué atenernos en el mundo. Nuestras victorias en el desciframiento de la racionalidad de lo real -y vaya que son innumerables- nos han llevado a creer, como decía Hegel, que “no hay secreto en la naturaleza que pueda resistirse a un espíritu dispuesto a conocer”.

Entre todos hoy sabemos más que nunca en toda la historia y, seguramente, en el porvenir sabremos más; pero ¿qué es lo que sabemos? Sabemos cómo funcionan las cosas, o sea, qué se relaciona con qué; pero hay una pregunta que sigue sin poder despejarse, la pregunta del por qué. En el cómo, bien o mal, vamos avanzando; pero en el por qué seguimos, pese a la infinidad de religiones que han pretendido responderla y pese a la infinidad de filosofías que también lo han intentado, más o menos como al principio: no sabemos por qué existe lo que existe al margen de que funcione de un modo u otro.

La pregunta del porqué se ha oscurecido en nuestro tiempo y quizás ni siquiera se considera ya una pregunta válida; pero me preocupa y me intrigará siempre no descifrar cuál sea el sentido de haber existido alguna vez.

No sé si el haberme habituado a la estructura causa-efecto -válida en muchos niveles- me ha llevado por inercia a suponer que también podría preguntarse por el sentido de la totalidad, no tanto por qué un ser, sino por qué el ser. Leibnitz y Heidegger la plantearon casi igual: “¿Por qué hay ser y no nada?” y “¿Por qué es en general el ente y no más bien la nada?”

Twitter

@oscardelaborbol