Mucho hemos hablado Diego y yo sobre el miembro masculino: qué sabemos de él, adónde va, cuánto importa. Contribuyendo a esta sociedad falocrática en la que vivimos, sin embargo, no hemos dicho nada de las señoras vaginas.

Claro, es que es diferente. Al pene le encanta llamar la atención, saluda a su dueño por las mañanas y se presenta sin que nadie le llame. La vagina es más tímida, sus amas tenemos que retorcernos, rebuscar e invitarlas a tomar el té para que aparezcan.

Por supuesto, esto tiene sus ventajas. Podemos disimular los efectos de unas espaldas anchas y unos brazos fuertes; sin embargo, los hombres estén donde estén no pueden disimular que han visto una saya especialmente corta.

- ¿Qué le pasa, grosero? ¿No le da vergüenza ir por la calle en ese estado? ¡Descarado!

Cuando tenía 16 años me quedé a dormir en casa de una amiga y me recomendó, con carácter urgente, que me revisara mis partes con un espejito. Tardé algún tiempo en hacerlo, sinceramente, tenía miedo de ver qué me iba a encontrar ahí abajo. ¿Y si es fea? ¿Cómo hace una si no le gusta su propia vagina?

Creo que, como ha pasado a muchas jóvenes, mi imagen de una vagina venía demasiado distorsionada por las habladurías, los medios e incluso las películas porno. Es probable que casi todas las preadolescentes tengamos una noche una fiesta de pijamas en casa de una amiga y se termine viendo una película erótica. ¡Oh rebeldes! También es posible que ese día sea el primer contacto con una penetración. Porque, claro, te pueden contar con todo detalle qué pasa cuando el pene se introduce en una vagina, pero hasta que no lo ves…

Esto no es malo per se, el problema es que los genitales – tanto masculinos como femeninos – de las películas porno están un poco distorsionados. Para ser clara, son horribles, como bocas enormes y raras que no deben producir ni un sonido agradable.

Claro, con semejante imagen en la cabeza a ver quién se anima a explorar. Aún así, un día lo hice, ya que me la habían visto mi médico y mi dermatóloga, tenía que verla yo antes de que empezara a llegar público masculino – más que nada para poder hacer las presentaciones apropiadamente.

Esperé a tener una tarde tranquila y estar muy relajada. Ya me había mentalizado para que no me gustara – incluso para encontrar el ojo de Sauron ahí abajo – así que estaba lista. Me senté en la cama, abrí las piernas, respiré hondo, abrí los ojos y apunté bien el espejo.

Sinceramente, no era lo que me esperaba. No tenía dientes, ni colores raros, ni le salía nada… ¡era normal! De hecho, puede que estuviera hasta asustada y expectante por conocerme también. No fue un momento tan traumático en absoluto y, al final, resultó ser simpática. Lo que fue extraño era ver, por primera vez, algo que llevaba ahí toda la vida, como si de pronto descubrieras tu propia nariz.

Y pensé, ¿por qué estaba tan asustada? Es mi propio cuerpo, debería ser capaz de mirarme y tocarme con toda naturalidad. Pero es que supongo que hay dos tipos de mujeres: las que respiran hondo para mirarse sus partes y las que se pasean desnudas por toda la habitación y se tocan desde los 11 años. Éstas últimas pueden comer sin engordar, tienen un pelo sedoso, saben flirtear de forma natural y el maquillaje les dura todo el día. Es decir, se sienten seguras de sí mismas y de su feminidad.

Creo que las mujeres deberíamos tener una relación más estrecha con nuestros genitales, más allá de las reuniones para la depilación y las noches de “diversión”. Si nos ponemos crema en las manos, mascarillas en el pelo y lociones en la cara ¿por qué olvidarnos de la vecina de abajo? Habría que invitarla a tomar un té de vez en cuando.

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