“Yo me muero –hijo mío– porque el tiempo / ya no me da su dimensión de toro.” Así comienza un fragmento de Testimonios, el poema de Emilia Ayarza. “Porque la vida y Colombia se me van de entre las manos / como el tacto de la piel del moribundo”. Y no sé usted, pero yo de inmediato pensé en mi hija y no pude dejar de pensar en ella a todo lo largo del poema. E imaginé a las operadoras de las maquilas diciendo “Me voy porque hay que medir con metro las ideas. / Hay que poner en fila hasta las lágrimas”. A las decenas de miles de madres que han visto asesinar a sus hijos: “porque siguen en motocicleta a los gorriones. / Porque los helicópteros taladran con su broca de viento”. Imaginé a los merolicos en los autobuses, “Porque los hombres de talento / los que tuvieron el país entre las manos / –como un pañuelo de percal inglés– / jugaron en masa a la gallina ciega / y cruzaron altivos la frontera / mientras una hemorragia de muertos se escapaba / por las rotas arterias de la patria”. Y le leí el poema a mi pareja y le inquirí: en qué momento sentiste que te llegaba el llanto, en qué momento te olvidaste de que hablaban de Colombia. “Me voy porque tienen que pagar impuesto / los árboles sencillos / los ríos obedientes”.
Nunca antes había oído hablar de Emilia Ayarza hasta estos días, en que un amigo, Iván Trejo, me mandó una selección de poetas colombianos y mexicanos. No supe de ella cuando viví en Medellín una vez y otra. Tampoco en mis vueltas a la UNAM donde ella fue profesora: “Me voy porque a los niños pobres / les clavaron los ojos a los televisores / para que no vieran matar a su maestro”. Nunca la había leído y, sin embargo, aunque ella nació hace casi un siglo y murió diez años antes de mis primeros pasos, yo sentí que me hablaba al oído y me hablaba del presente, que hablaba de Monterrey y Cuernavaca cuando, en otro poema, va listando la belleza de Cali que no pudo contener a la guerra y sus ríos de muertos.
E imaginé a las enfermeras declamando, en medio de la noche, por las galeras de los hospitales atiborrados. Imaginé a los guardias de seguridad recitando en silencio, mientras ven llegar a sus jefes de traje y corbata, tres horas más tarde de que ellos poncharan tarjeta. A los lustradores de calzado de las plazas: “No. / Nada pudo detener a la muerte”. A los campesinos que vuelven del jornal y a los mineros que miran la hora en su teléfono: “No. / Nada pudo detener a la muerte”. A los soldados somnolientos sobre las cajas de las trocas, a mil kilómetros de su tierra, con el casco grande a la cabeza y el fusil entre las manos. Al halcón en vigía y a los abogados, “porque el aire recorre el tórax de los oportunistas”. “Por la voz de los muertos en los árboles / por los billetes rubios”, imaginé a mis vecinos, a la memelera del mercado recitando.
Toda construcción en obra negra se volvió un susurro.
Todos los automovilistas en las calles iban moviendo los labios.
También los estibadores y los que levantan bebidas y paletas, al aire, en los semáforos; mientras yo volvía a casa caminando, repitiendo los versos de un poema y del otro. Hasta que me paré en seco: por suerte Emilia Ayarza hablaba de otro país y de otra época, me dije, por suerte, porque podemos aprender de ellos para tragar esta bebida amarga.
P.S.- Algunos poemas de Emilia Ayarza se encuentran disponibles en Internet, por ejemplo, aquí y acá.
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