Tomás Calvillo Unna
Cuidar la herencia de todos
Podemos juntar unas palabras entre los parpadeos de la madrugada, cuando el viento frío nos dice que amanece.

Podemos juntar unas palabras
entre los parpadeos
de la madrugada,
cuando el viento frío
nos dice que amanece.
Encender con ellas,
con sus vocales y
consonantes,
la hoguera de un canto,
el primero del día.
¿Cómo lograr que perdure
al menos una o dos horas,
y nos permita cuidar su inspiración
para recordar de donde provenimos?
Los criminales se han apropiado
del orden de las horas;
disfrazados de quién sabe qué,
toman la palabra y la estrujan.
Ignoran el verbo,
desconocen su conjugación
no lo pueden pronunciar.
En el terreno baldío
de sus propósitos
eligen la infalible fórmula
de la fatalidad: el miedo
y la ignorancia.
Desde los estertores del insulto,
cómodos se aprecian;
personeros de las groserías
asientan en ellas su autoridad
herida de muerte desde el origen.
Incapaces de saciarse
expanden el dolor por doquier:
el arma sobre la mesa
la ruleta rusa de la política.
El río crece y crece,
se escucha ya su torrente,
no lo perciben,
se creen inmortales.
A lo lejos brillan las antorchas
de quienes han decidido levantarse
Caminan sobre esa agua exaltada,
como un milagro
se aproximan al despertar.
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