Jorge Javier Romero Vadillo

Una historia de bandidos

"El supuesto tráfico de cocaína a Trump le importa un bledo. Otra vez, como en tantas otras ocasiones, el pretexto del combate al narco se usó con una agenda oculta, como mera coartada, en este caso la captura de recursos estratégicos. Los bolivarianos gritaron una y otra vez que venía el lobo, hasta que el lobo llegó realmente".

Esta historia no se escribe en foros diplomáticos ni en relatorías de derechos humanos. Se escribe entre balas, petróleo y capitulación.
Imagen proveída por la Presidencia de Venezuela de Delcy Rodríguez (2-i) tomando juramento como Presidenta encargada de Venezuela en el Palacio Federal Legislativo, en Caracas, Venezuela, el 5 de enero de 2026. Foto: Presidencia de Venezuela/Xinhua

El episodio de la captura de Nicolás Maduro ha sido más una operación de película de Hollywood que de gesta histórica; un capítulo que deja al descubierto la inanidad de las grandes narrativas que dominan la política latinoamericana. El pomposamente autoproclamado régimen bolivariano —hijo putativo del socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez— se desmoronó como castillo de naipes en manos de un mago torpe. Lo que se percibía como un bloque ideológico inamovible se convirtió en farsa: la Vicepresidenta Delcy Rodríguez pasó de custodiar la antorcha antiimperialista a aceptar condiciones de Washington con la resignación de quien entrega las llaves de la camioneta al ladrón armado, y Diosdado Cabello, militar duro pero realista de oficio, asumió su papel de operador a regañadientes. Nadie estaba dispuesto a inmolarse por consignas; todos prefirieron salvar el pellejo y lo que quedaba de sus privilegios, a costa del gigantón vociferante.

La captura misma parece salida de una secuela de Rambo, como bien escribió Sergio del Molino en El País. En una operación relámpago con bombardeos, soldados de élite y secuestro incluido, Estados Unidos condujo a Maduro y a Cilia Flores ante un Tribunal Federal en Nueva York, con cargos de narcoterrorismo. El Presidente estadounidense anunció que “dirigirán” Venezuela hacia una transición “segura y adecuada”, en lenguaje más propio de administrador colonial decimonónico que de Presidente de una democracia, cosa que los Estados Unidos están dejando de ser. Marco Rubio se erigió en virrey, con la nueva Presidenta como su gerente y dejó claro el objetivo: petróleo. El supuesto tráfico de cocaína a Trump le importa un bledo. Otra vez, como en tantas otras ocasiones, el pretexto del combate al narco se usó con una agenda oculta, como mera coartada, en este caso la captura de recursos estratégicos. Los bolivarianos gritaron una y otra vez que venía el lobo, hasta que el lobo llegó realmente.

El vacío fue llenado de inmediato. Delcy Rodríguez, juramentada por el Tribunal Supremo, se movió con rapidez para ofrecer gestos de sumisión a Washington mientras afinaba la represión interna. Las milicias revolucionarias patrullan las calles, arrestan periodistas y siembran miedo, mientras la economía petrolera —el verdadero tesoro— se ofrece como ficha de cambio. La operación dejó decenas de muertos, principalmente “aliados” cubanos. No hubo liberación, sino redistribución del botín. El Derecho Internacional quedó, una vez más, como entelequia: invocado cuando conviene, ignorado cuando estorba.

Los defensores del discurso antiimperialista quedaron en ridículo. Durante años pintaron a Maduro como David frente a Goliat. Hoy, sus consignas suenan a letanías vacías. Las proclamas sobre soberanía, dignidad y resistencia popular se derritieron ante la primera amenaza real. No hubo barricadas, ni escudos humanos, ni mártires. Hubo negociaciones discretas, pactos de impunidad y transferencias patrimoniales.

Los pretendidos liberales tampoco salen mejor parados. Salieron a festejar la captura como si fuera triunfo democrático y a aplaudir a Trump como paladín de la libertad. El PP en España, el PAN en México: todos mostraron su liberalismo de cartón-piedra, tan frágil como su comprensión de la política internacional. Celebrar una intervención militar como gesto democrático es la versión posmoderna del colonialismo moral. La libertad, para ellos, es una gracia que se concede desde la Casa Blanca.

Maduro impuso su reelección en 2024 sin pudor y el mundo apenas respondió con retórica. En Ucrania o Palestina, lo mismo: la fuerza impone, los organismos internacionales tartamudean. La ONU, concebida como garante de la paz tras 1945, apenas sirve hoy para lamentarse. La intervención en Venezuela no restauró la democracia, reconfiguró la propiedad. El petróleo cambió de manos, la bandera sigue igual.

A estas alturas, fingir que la guerra contra el narco guía la política exterior estadounidense resulta hilarante. Las incursiones militares casi nunca democratizan, pero sí redistribuyen: poder, concesiones, deuda. Venezuela no será la excepción. Y el entusiasmo con que antiguos chavistas aceptaron los nuevos términos lo confirma: la ideología se esfuma cuando el negocio cambia de dueño. No hubo épica, sólo contabilidad.

El trancazo de Trump también dejó al desnudo la inconsistencia de las alianzas. Apoyar una operación de este tipo como defensa de los valores democráticos demuestra una ingenuidad peligrosa. María Corina Machado ha quedado también en ridículo. El poder militar exportado como doctrina rara vez deja instituciones. Deja vacíos. Esos vacíos se llenan con intereses: corporativos, extractivos o autocráticos.

Mientras el mundo discute legitimidades, en Venezuela se repite la historia: botines que cambian de manos sin que el pueblo importe. La captura de Maduro no marcó el final de una dictadura ni el inicio de una República. Fue otro episodio en la larga saga de bandidos que gobiernan a nombre de causas elevadas mientras comercian con la miseria de sus pueblos. La narración Mancur Olson sobre el origen criminal del Estado se muestra no como metáfora, sino como expresión sin ambages de la realidad.

La escena internacional acompaña el espectáculo con su habitual impotencia. La Unión Europea emite comunicados tibios, la OEA se arrastra detrás del desenlace, los gobiernos progresistas balbucen excusas. Ahora, incluso la vieja guardia europea —aquella que solía flirtear con la legalidad internacional como si fuera un fetiche sagrado— observa con pasmo cómo Trump coloca sobre la mesa la idea de anexarse Groenlandia, un territorio autónomo danés con enormes recursos y valor geoestratégico, como si fuera trofeo de feria arancelaria. Líderes de Francia, Alemania, Italia, España, el Reino Unido y otros socios europeos han ratificado que “Groenlandia pertenece a su pueblo”, y que sólo Dinamarca y Groenlandia pueden decidir sobre su destino, defendiendo la soberanía, la integridad territorial y la inviolabilidad de las fronteras, enunciados retóricos que poco intimidan a la Casa Blanca. Al mismo tiempo, voces como la de la Primera Ministra danesa advierten que un ataque sobre un aliado de la OTAN podría significar la fractura de la misma alianza que ha mantenido el equilibrio desde 1945, pero esas advertencias se diluyen en declaraciones diplomáticas que evitan confrontar abiertamente a Washington.

Pocos defienden ya a Maduro, nadie se cree que el pueblo venezolano fuera soberano bajo su dictadura, pero tampoco hay un solo actor mundial que se atreva a decir lo obvio: que la legalidad global se ha vuelto una liturgia sin efectos, una misa sin creyentes. Los nuevos administradores de Venezuela jurarán por la democracia, declararán respeto al Derecho Internacional y dirán respetar la soberanía ajena, pero rendirán cuentas ante Chevron y Exxon, y ante el cálculo frío de las potencias que cuentan recursos y no convicciones

La moraleja es cruda: el Derecho Internacional sirve para adornar conferencias, no para frenar la fuerza. Esta historia no se escribe en foros diplomáticos ni en relatorías de derechos humanos. Se escribe entre balas, petróleo y capitulación. Y lo peor es que ya sabemos cómo termina. Porque siempre termina igual.

Jorge Javier Romero Vadillo

Politólogo. Profesor – investigador del departamento de Política y Cultura de la UAM Xochimilco. Ver más

MÁS EN Opinión

MÁS EN Opinión