Alejandro De la Garza
Las palabras, puentes a lo inexplorado
"Las palabras, entonces, como puentes hacia lo inexplorado, siguen siendo ambivalentes: pueden abrir horizontes de belleza y memoria, como en García Márquez; pueden revelar la infinitud del sentido, como en Borges; o pueden mostrar el vacío existencial, como en Bolaño. Pero también pueden usarse para manipular, como en Hitler y Trump".

El sino del escorpión leyó la frase y le pareció una advertencia poética: “Las palabras construyen puentes hacia regiones inexploradas”. No obstante, leyó después que la frase se atribuye a Hitler, y en esa sentencia vislumbró entonces tanto la grandeza como el peligro del lenguaje. Las palabras no son simples signos; son arquitecturas invisibles que permiten tender conexiones entre lo real y lo imaginario, entre lo racional y lo onírico, pero al mismo tiempo, o alternativamente, esos puentes pueden conducir a la violencia, la manipulación, la guarra, el caos.
Borges entendía las palabras como laberintos, recuerda el alacrán. En sus cuentos, el lenguaje abre puertas hacia mundos infinitos, bibliotecas que contienen todos los libros posibles, espejos que multiplican la realidad hasta el vértigo. Para Borges, cada palabra es una llave que abre un universo entero. Pero esa infinitud también es confusa: el exceso de significados disuelve la certeza y el lector se pierde en un mar de símbolos donde lo racional se confunde con lo ilusorio. El puente que construyen las palabras borgianas a veces conduce a un laberinto sin salida, a una poética de la búsqueda.
A su vez, Gabriel García Márquez nos muestra cómo las palabras pueden crear realidades tan poderosas que se vuelven indistinguibles de lo tangible. Macondo existe porque las palabras lo fundan y sostienen, porque el relato lo hace habitable. Su palabra es capaz de fundar pueblos, de otorgar vida a personajes que parecen más reales que los de la historia oficial. Pero también puede condenar al olvido de los nombres, la bruma del insomnio que borra las palabras, para mostrar que sin ellas la realidad se desmorona. En Márquez, el puente del lenguaje puede llevar a la magia y la comunión, pero también al olvido.
Roberto Bolaño, con su estética a la intemperie del siglo XX, entendió las palabras como armas y como heridas, la palabra rota o fragmentada. En Los detectives salvajes, el lenguaje es búsqueda, obsesión y fracaso. Los poetas de su novela persiguen palabras que los salven, que les den identidad, pero terminan atrapados en un vacío existencial. Bolaño muestra que las palabras pueden ser espejismos: prometen un puente hacia la plenitud existencial o incluso hacia trascendencia, pero con más frecuencia, barrunta el venenoso, conducen a la desolación. El lenguaje aquí, es tanto un refugio como un campo de batalla donde se libra la lucha por el sentido en una realidad convulsa, fragmentada acaso vacía.
Volviendo a Hitler, su aserto revela la dimensión siniestra del lenguaje. El dictador comprendía que las palabras podían ser utilizadas como instrumentos de manipulación, capaces de arrastrar multitudes hacia el fanatismo y la violencia. El puente que él construyó con discursos y consignas llevó a millones hacia el infierno de la guerra y el genocidio. Aquí se muestra la paradoja: el mismo poder que Borges, Márquez o Bolaño emplearon para explorar la belleza y la complejidad de la existencia, puede ser usado para la destrucción.
El ejemplo más claro de nuestro tiempo es Trump, cuando muestra que esos puentes construidos por las palabras también pueden ser trampas semánticas, pasajes que no conducen a la verdad, sino a una versión alterada de la realidad. Aquí la advertencia de Orwell se vuelve crucial. En 1984 como en este 2006 trumpista, “La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud”, “La ignorancia es la fuerza”. Una muestra de que el lenguaje puede invertirse hasta perder su sentido original y transformarse en un mecanismo de control.
Cuando Trump habla en sus discursos de “los lunáticos radicales de izquierda”, no describe una realidad objetiva, construye un enemigo retórico que concentra el miedo y la rabia de sus seguidores. Es un puente hacia una región emocional donde la política se reduce a la lucha contra un fantasma. Del mismo modo, al afirmar que “mi moral rige las acciones de Estados Unidos”, desplaza el principio democrático de instituciones y leyes hacia un terreno personalista: el lenguaje convierte la nación en extensión de su voluntad. La palabra como imposición.
Si Borges nos mostró que las palabras podían abrir laberintos infinitos; Trump las usa para encerrar a sus oyentes en un laberinto ideológico donde las salidas están bloqueadas. Si García Márquez nos enseñó que las palabras podían fundar pueblos como Macondo; Trump las emplea para fundar realidades alternativas, donde hechos comprobables se niegan y las narrativas sustituyen a la evidencia. Si Bolaño nos advirtió que el lenguaje podía ser un campo de batalla por el sentido, un lugar de fracaso y obsesión, en el discurso trumpista, ese campo se convierte en una guerra permanente donde la palabra no busca construir, sino que se le transmuta en un arma de pérdida de sentido, de división y destrucción.
La inversión del sentido es el núcleo de esta estrategia. Cuando Trump habla de “hacer grande a América otra vez”, la grandeza no se define por parámetros verificables, sino por una nostalgia difusa que se activa con la repetición de la consigna. Como en Orwell, el eslogan no describe, sino prescribe: obliga a pensar en términos binarios, a aceptar que la palabra sustituye a la realidad. El puente que se construye no lleva a regiones inexploradas de la imaginación, sino a territorios cerrados donde la verdad se redefine según la conveniencia del poder.
Las palabras, entonces, como puentes hacia lo inexplorado, siguen siendo ambivalentes: pueden abrir horizontes de belleza y memoria, como en García Márquez; pueden revelar la infinitud del sentido, como en Borges; o pueden mostrar el vacío existencial, como en Bolaño. Pero también pueden usarse para manipular, como en Hitler y Trump, ámbitos donde el lenguaje se convierte en un arma que distorsiona la realidad y somete la conciencia colectiva. La lección es clara, reitera el escorpión, cuando las palabras pierden su vínculo con la verdad, dejan de ser puentes hacia lo desconocido y se convierten en cadenas que atan a la sociedad a una ficción violenta y peligrosa.
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