Historia de unos días
Alejandro Páez Varela
Como en un acto de magia
02/02/2026 - 12:08 am
"Porque muchos opositores, periodistas, académicos e intelectuales mexicanos que apoyan en secreto o abiertamente a Trump piensan que él los puede restaurar en el poder".
https://www.youtube.com/watch?v=MbGyxx_mouE
¿Qué fue de King Kong,
de los psicoanalistas,
del jazz?
¿Qué fue del siglo XX?
¿Qué fue del Dadá,
del Big Bang
y del "no pasarán"?
Ya se han quedado atrás.
–091, “Qué fue del siglo XX” (1989)
No dejo de pensar, y más con las movilizaciones de los últimos días en Minnesota y por el resurgimiento de la canción de protesta (Bruce Springsteen, “Streets of Minneapolis”), en el papel vergonzoso de una buena parte de los intelectuales, académicos y periodistas mexicanos en los últimos pocos años. Eran lo que eran, lo sé. Pero muchos creímos, por la confianza que siempre es ciega, que no eran todos. Y sí, son casi todos.
Al menos yo tenía una cierta esperanza en que su frivolidad y su ambición no los hubieran despojado de ciertos valores (ya saben: los defendían o, mejor aún, los representaban). Y sí, fueron despojados o, más lapidario aún, nunca los tuvieron.
“Oh, nuestro Minneapolis, oigo tu voz / cantando a través de la niebla ensangrentada”, declama Springsteen este enero de 2026 mientras los nuestros se alían con la escoria planetaria. Los oigo: consideran ridícula la canción de protesta. Se verán a sí mismos, años atrás, fingiendo; cuando todavía tenían cabello y deseos; antes de dejarse atrapar por sus instintos más básicos.
Hoy se alían con Donald Trump, con Ricardo Salinas Pliego. Hacen causa con Lilli Téllez, Paty Chapoy, Chumel Torres. No dejo de pensarlo. Nunca lo tienes asimilado del todo. Tenía una cierta esperanza. Corina Machado, cuya farsa no se compraron ni los halcones en Washington, aparece en la portada de Letras Libres como libertaria. Y la alianza de Enrique Krauze con la reacción iberoamericana. Caray. No hay marcha atrás y ya no hay simulación. Y del lado de Héctor Aguilar Camín, el otro “capo cultural”, lo mismo. Se habían apoderado del aparato electoral mexicano porque eran los “grandes demócratas liberales”, los “intachables”. Se apoderaron de una parte del Estado mexicano (órganos independientes, instituciones culturales, la UNAM, etcétera) porque eran moralmente los indicados. E hicieron ver como si nos hacían un favor. Cuánto engaño. No dejo de pensarlo.
Ya no me pregunto cómo le hacen para convivir consigo mismos. El sábado en la noche, The New York Times reveló que Gregory Bovino, jefe de la Patrulla Fronteriza, se burló de la fe judía de un Fiscal en Minnesota. No me sorprendió pero si lo pienso bien, me sorprende mucho: Corina Machado se arrastra a los pies de los antisemitas. A los pies de los nazis. ¿No se le remueve algo adentro a los intelectuales mexicanos? ¿O lo dejan pasar, o ven hacia otro lado, o lo disfrutan porque creen que los trumpistas les regresarán el poder que tuvieron en México y que vale la pena tragarse incluso el nazismo?
Porque muchos opositores, periodistas, académicos e intelectuales mexicanos que apoyan en secreto o abiertamente a Trump piensan que él los puede restaurar en el poder. Los puede regresar a los privilegios. Piensan que Trump puede, a punta de bombazos, llevarlos a una fecha anterior al domingo 1 de julio de 2018. Creen que si ordena bombardear Palacio Nacional o laboratorios de drogas volverán, como en un acto de magia, a ocupar los espacios que perdieron en el INE, en la SEP, en Conaculta, en los órganos autónomos y etcétera. Creen que los misiles de Trump reabrirán la barra libre en Los Pinos, como el tiempos de Felipe Calderón; y que lloverán los cheques de caja, como en tiempos de Carlos Salinas o de Ernesto Zedillo o de Vicente Fox o de Enrique Peña Nieto.
Porque muchos opositores, periodistas, académicos e intelectuales mexicanos apoyan en secreto o abiertamente a Trump porque creen que bastan 10 misiles para que les represe el respeto, como en un acto de magia. Que por esos 10 misiles tendrán voto de calidad y la última palabra, otra vez. Creen que los gringos les devolverán el prestigio y que podrán venderlo caro, como antes. Creen que regresarán a los restaurantes sin arrugas y con ovaciones, y que al salir los abrazará una familia, orgullosa de coincidir en el mismo sitio. Se ven escribiendo el artículo que derrumba a un Secretario de Estado, conduciendo la campaña mediática que hace trizas una candidatura y protagonizando en las mesas de análisis más lapidarias contra los opositores y más condescendientes con el viejo sistema restaurado. Creen que después de las bombas la gente correrá a abrazarlos, a pedirles perdón por haber votado a la izquierda; creen que la gente volverá a sintonizarlos en el Canal de las Estrellas o en su copia patética: TV Azteca.
Imaginan lo que Corina Machado imaginó: que es cosa de dejar caer las bombas para que el pueblo los ame. Un misil y, ¡pum!, ya tienen otra vez periódico y audiencias, y dinero a raudales. Otro misil y, ¡pum!, otra vez controlan el Tribunal Electoral y el IFE. Tres misiles y, ¡pum-pum-pum!, vuelven a darle órdenes al Presidente en turno y obtienen financiamiento con ambas manos y ¡pum!, no hay mujer Presidenta ni gobierna la izquierda.
Y sueñan, como sueñan desde hace décadas, con que la serie de misiles alcance a Cuba y la hunda. Porque no les importa la isla: les importa que acabe la utopía de la peor manera, porque es una forma de sepultar a ese otro que son ellos mismos, años atrás, silbando discretamente las canciones de protesta. No todos, pero sí muchos. No dejo de pensarlo.
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