Un Quijote en Tenochtitlán
Juan Carlos Monedero
Los líderes latinoamericanos, Lenin y el tren a Finlandia
05/02/2026 - 12:03 am
"La lección no es romantizar esas decisiones, sino reconocer que la izquierda, cuando enfrenta situaciones límite, debe equilibrar principios y eficacia".
Hay varios sucesos novedosos en el radar latinoamericano que, quizá, tengan un hilo conductor: la renuncia de Adán Augusto López a la coordinación del Senado mexicano, el regaño de Claudia Sheinbaum a los políticos de Morena en Baja California, el regreso del fracking a México, la prohibición de Estados Unidos (EU) de llevar petróleo a Cuba incluso por razones humanitarias, la rearticulación del mundo petrolero en Venezuela para satisfacer el hambre de los EU y la reunión de Gustavo Petro con Trump.
El episodio del “tren a la Estación Finlandia”, narrado por Edmund Wilson en La estación Finlandia (libro de 1940), resume un dilema estructural de la izquierda: cómo actuar en la historia real sin quedar paralizada por la pureza ideológica. El regreso de Vladimir Lenin a Rusia, facilitado por la Alemania imperial —enemiga del zarismo—, no fue una alianza política ni una adhesión ideológica, sino una decisión táctica en una coyuntura extrema. Rechazar esa posibilidad habría significado renunciar a intervenir en un proceso histórico abierto.
Wilson muestra que las tradiciones emancipatorias no avanzan en condiciones limpias: se mueven en terrenos atravesados por guerras, asedios y contradicciones. Aceptar el “tren” implicó riesgos reales —pérdida de legitimidad, dependencia, acusaciones de traición—, pero también expresó una verdad incómoda: la alternativa a veces no es la coherencia moral, sino la irrelevancia política.
La lección no es romantizar esas decisiones, sino reconocer que la izquierda, cuando enfrenta situaciones límite, debe equilibrar principios y eficacia, asumiendo conscientemente los costos. Los “trenes a Finlandia” no garantizan el éxito ni preservan la pureza, pero pueden ser la única vía para mantener vivo un proceso político y disputar el poder real. Negarlos de antemano es elegir la derrota en nombre de una ética abstracta.
Desde una lectura de izquierda, el episodio plantea un problema más complejo y honesto: qué hacer cuando la coyuntura histórica obliga a elegir entre la pureza ideológica y la posibilidad real de intervenir en la historia.
Lenin aceptó el “tren a Finlandia” no por afinidad con el imperialismo alemán, sino porque entendió que la guerra imperialista había abierto una grieta histórica irrepetible. El cálculo fue crudo: usar una contradicción entre potencias para regresar al terreno político, intervenir en un proceso revolucionario vivo y disputar el poder a una élite incapaz de sacar a Rusia del desastre social y bélico. Rechazar esa vía habría significado, probablemente, renunciar a toda capacidad de acción en nombre de una coherencia abstracta.
Aquí emerge un dilema recurrente para la izquierda. El riesgo de aceptar ayudas, mediaciones o condiciones impuestas por actores que no comparten —o incluso combaten— el proyecto emancipador, con el riesgo de que puede erosionar legitimidad, abrir flancos morales, generar divisiones y generar dependencias futuras. Y la necesidad en contextos de asedio, guerra o bloqueo, donde negarse a toda negociación “impura” puede equivaler a dejar intacto el orden que se pretende transformar.
El “tren a Finlandia” no es, entonces, una anécdota de traición, sino una metáfora política. Representa el momento en que una fuerza de izquierda debe decidir si prioriza la supervivencia y la intervención histórica, aun pagando costos simbólicos, o si se repliega a una coherencia que, aunque moralmente impecable, resulta políticamente estéril.
La lección incómoda es que los procesos emancipatorios no avanzan en condiciones ideales. Se mueven en terrenos contaminados por relaciones de fuerza desiguales, presiones externas y decisiones contradictorias. La izquierda que aspira a transformar la realidad debe aprender a navegar esas contradicciones sin perder de vista su horizonte, sabiendo que cada “tren a Finlandia” implica un equilibrio precario entre táctica y principios. Tomar demasiados trenes a Finlandia puede acabar con el propio proyecto.
Aceptar esos trenes no garantiza el éxito —la historia también muestra cómo esas concesiones pueden volverse contra el proyecto original—, pero rechazarlos de antemano puede condenar a la izquierda a la irrelevancia política, incapaz de disputar el poder real y de mejorar materialmente la vida de las mayorías.
En ese sentido, el desafío no es negar la contradicción, sino hacerla consciente, debatirla y asumirla colectivamente, sabiendo que la historia rara vez ofrece caminos limpios para quienes intentan cambiarla.
La renuncia de Adán Augusto López implica la separación de un político ligado a Andrés Manuel López Obrador, lo que le otorga a Sheinbaum una mayor autonomía de su proyecto y mayores posibilidades de definir un rumbo propio cuya ligazón con el pasado, es decir, su toma de decisiones orientada por deudas del pasado, dependerá de su estricta voluntad. Eso no significa que Sheinbaum rompa con López Obrador, lo que sería el sueño húmedo de la derecha mexicana e innecesario (¿para qué romper con quien sigue siendo el referente moral de México?), sino que la consolidación en el cargo va entregándole a la presidenta una mayor perspectiva que, como es lógico, construirá sus propios equilibrios.
No olvidemos que gobernar es precisamente eso, construir equilibrios, y que nadie hereda los equilibrios del predecesor. Parece que la victoria de las 17 gobernaturas y de las diputaciones federales, elementos esenciales para la segunda parte del sexenio de Sheinbaum, marcan el rumbo y se va a exigir a todos los miembros de MORENA total disposición y escasas reclamaciones particulares.
Esto encaja con el regaño público en Baja California. Fue la propia presidenta Claudia Sheinbaum quien relató que, tras su visita a San Quintín, llamó la atención a legisladores de Morena luego de constatar las condiciones de pobreza, rezago social y precariedad que enfrentan los jornaleros agrícolas de la región. Explicó que se trata de un municipio de creación reciente, con una gran extensión territorial y una población mayoritariamente integrada por migrantes internos, muchos de ellos provenientes de comunidades indígenas, quienes viven sin certeza jurídica sobre su vivienda y perciben salarios insuficientes. Subrayó que esta situación evidencia una deuda histórica del Estado y afirmó que se dará continuidad al Plan de Justicia para atender rezagos en salud, educación, infraestructura y justicia laboral. Añadió que expresó su molestia y reprendió a los diputados que se limitaban a tomarse fotografías, exhortándolos a salir del escritorio, recorrer el territorio y poner en el centro a la gente más humilde. La 4T no es un carrusel de selfies ni una feria de las vanidades alejada del pueblo y a Sheinbaum le va molestando de manera creciente lo que aleja la eficacia y la coherencia del gobierno de las promesas con las que ganó las elecciones.
Algo tiene que ver también las presiones de los EEUU, que ya de por sí son un tormento con el que lidiar en una situación que nunca es ventajosa y que lleva a la toma de decisiones que, a ciencia cierta, no son del agrado de la presidenta y le generan fricciones dentro. Decisiones como la recuperación del fracking o las relaciones con Cuba ponen encima de la mesa el equilibrio entra la coherencia ideológica que llevó a MORENA al poder y el logro de la capacidad económica que permita el bienestar de los mexicanos. Porque si los mexicanos viven peor, la 4T dejaría de tener sentido.
Sheinbaum, experta en asuntos medioambientales, siempre se manifestó en contra del fracking, la fractura hidráulica para la obtención de petróleo o gas, procedimiento muy agresivo, como la minería a cielo abierto y que castiga duramente el medio ambiente y, en particular, el agua. Esto va a generar problemas con sectores que han apoyado a la 4T, no por comportamientos inadecuados ni por inercias culturales vinculadas al priismo que todavía gravitan en la sociedad mexicana, sino por las reclamaciones propias de las nuevas generaciones y de las nuevas exigencias del siglo XXI, como es el ecologismo. El fracking, como ha recordado Greenpeace, que se ha posicionado duramente en contra de este método, requiere la inyección a presión de grandes volúmenes de fluidos para fracturar las rocas que permitirían acceder al gas y al petróleo retenido en su interior.
Si López Obrador optó por la refinación, en el entorno de Sheimbaum se señala la exploración y la producción, especialmente en Coahuila, Tamaulipas y Veracruz, con el objetivo de dejar de depender de las importaciones de gas natural de Estados Unidos y frenar el endeudamiento peligroso de PEMEX. El objetivo es alcanzar la soberanía energética y dejar de depender de los EEUU, con quien ya se tienen muy caras dependencias, como ocurre con el agua, las exportaciones o con las remesas de los emigrantes.
América Latina se está llenando de obligatorios “trenes a Finlandia”, que pasan por Caracas, Bogotá, Brasilia o Ciudad de México, donde los dirigentes tienen que ganar tiempo a la espera de que las elecciones intermedias en EEUU en noviembre de 2026 frenen o, al menos, le quiten la antorcha de la mano al presidente Trump, ya con suficientes problemas dentro de su casa.
En Venezuela, aún asediada por la marina norteamericana, las exigencias norteamericanas son terribles. Les han puesto una pistola en la sien. Las sanciones y el bloque, que incluía secuestrar a cualquier barco que saliera con gas o petróleo, no les ha dejado mucha alternativa. Acaban de reformar la ley de hidrocarburos para satisfacción de los EEUU, Marco Rubio y las petroleras extranjeras. Solo comerciarán petróleo a quienes les digan y los EEUU se quedarán con una buena parte de lo que se produce. La CIA ha vuelto a arriar la bandera de la barra y las estrellas. Se ha forzado una amnistía para los golpistas. Mientras que Nicolás Maduro y Cilia Flores siguen presos ilegalmente. ¿La alternativa? Perder todo el proceso revolucionario que empezó hace 26 años Chávez o, a ciencia cierta, un daño enorme para los venezolanos, que ya han visto lo fácil que le resulta a los EEUU desatar un infierno desde el cielo. Parece sensato hacer de la necesidad virtud y, como decíamos aquí, aprovechar el fin de las sanciones para recuperar todo el daño infligido en estos años y mejorar el nivel de vida de los venezolanos, incluidos los que se tuvieron que marchar. Siempre sin perder el lugar desde donde se están tomando las decisiones, que está presidido por una enorme espada de Damocles.
Y otro tanto habría que decir de la reciente reunión de Trump con el presidente colombiano Gustavo Petro, que se ha vivido como un enorme éxito por parte estadounidense y colombiana después de que la derecha uribista en Colombia estaba esperando un espectáculo como el que protagonizó Trump con Zelenski que hubiera terminado con un zafarrancho (Petro no le habría permitido a Trump groserías ni humillaciones) y les brindara argumentos en las elecciones de dentro de tres meses. Trump como promotor inmobiliario acostumbrado a poner de rodillas a sus interlocutores se ha encontrado con un antiguo guerrillero que no tiene miedo. Y Trump ha decidido escucharle, lo que ha permitido que le explique que lo que le cuenta el entorno del Despacho Oval, Marco Rubio, JD Vance, Bernie Moreno suele ser mentira. A Trump solo le interesa el dinero y no le gustan las mentiras. Por eso no quiere a María Corina Machado, porque le hace perder dinero. El tren a Washington que ha tomado Petro parece un respiro después de un mes donde parecía que le prometían un horizonte parecido al de Maduro. ¿Dejará Trump en paz a Colombia en las elecciones? ¿Habrá entendido que quien mejor maneja la lucha contra la droga es la izquierda (basta ver lo que está haciendo el narcopresidente Daniel Noboa en la vecina Ecuador)? ¿Habrá entendido el presidente de pelo naranja que la izquierda es más de fiar que la derecha? ¿Pueden encontrarse en esta complicada situación, donde no es asumible olvidar Gaza, olvidar la bravuconería, olvidar el cerco medieval a Cuba, olvidar los riesgos climáticos del planeta, olvidar el secuestro de un presidente en ejercicio y de la primera dama como ha ocurrido con Nicolás Maduro y Cilia Flores, olvidar el rearme militar y el regreso de la proliferación nuclear?
Con estos trenes al norte, los países latinoamericanos ganan tiempo. El problema estaría en que se quedaran en esa vía. Trump es todo lo contrario de los valores de la izquierda y todos los países que están negociando con EEUU no lo están haciendo hoy desde la plena soberanía. Esa tendrán que ir construyéndola con unidad. Por eso le molesta a Trump Naciones Unidas, la CELAC y la UNASUR. Sin olvidarse que los trenes a Finlandia son solo eso: trenes a Finlandia.
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