Al-Qarafa, la Ciudad de los Muertos en Egipto

12/11/2014 - 10:45 am

El Cairo, Egipto. 12 Nov (Notimex).- La Ciudad de los Muertos, o simplemente Al-Qarafa (el cementerio), como lo llaman los habitantes de El Cairo, es un lugar extremo, para muchos peligroso, un espacio al límite, en el borde entre el campo y la metrópolis, entre el bien y el mal, entre los vivos y los muertos. Hay cientos de miles de “almas de carne y hueso” que habitan el cementerio más grande en Egipto.

El cementerio musulmán de El Cairo (Al-Qarafa), construido después de la conquista islámica de Egipto, en el año 642 dC, y todavía en uso en la actualidad, es el más antiguo del país. Desde mediados del siglo pasado, debido al incesante crecimiento de la población urbana -la capital cuenta ahora con más de nueve millones de habitantes- y a la dificultad de encontrar una vivienda asequible, un número cada vez más alto de personas comenzó a establecerse ahí, habitando sus espacios, transformados en hogares o sedes de pequeñas actividades económicas.

Es así como se ha llenado lo que comúnmente se llama la Ciudad de los Muertos, que se extiende por más de diez kilómetros en la periferia oriental de El Cairo, a los pies de la colina de la Moqattam, detrás de las autopistas de ocho carriles que rodean la metrópolis egipcia. Las comitivas de turistas la rozan, a menudo sin darse cuenta, porque está justo al lado de la mezquita de Al-Azhar y del bazar Khanal-Khalili, dos metas obligadas de los tours organizados.

A veces algún turista intrépido se aleja de los puestos de souvenirs para curiosear en este cementerio. De hecho, hay algunos mausoleos valiosos y lugares de culto construidos en siglos pasados por deseo del sultán y los emires que gobernaron la ciudad. Entre las tumbas surge, por ejemplo, la Mezquita de Qaitbey, que data de 1474, considerada una expresión muy importante de la arquitectura islámica de la capital egipcia.

El encanto oculto de este lugar reside en la vida que palpita entre las tumbas. La gran necrópolis está, de hecho, habitada por cientos de miles de personas, pobres y extremadamente pobres, que han encontrado un refugio improvisado en las construcciones funerarias.

“Hace veinte años que vivimos aquí. Antes estábamos en el centro, pero el alquiler era demasiado caro y el tráfico insoportable. Aquí se está bien y los niños crecen seguros”, cuenta Ali, de profesión carpintero y padre de cuatro hijos, todos nacidos en el cementerio. Y hay muchos que piensan como él.

En el siglo pasado, con la explosión demográfica y el fracaso de las políticas de vivienda social, una enorme multitud de personas sin hogar ocupó los sepulcros y las pequeñas edificaciones originalmente construidas para hospedar a los peregrinos y a los vigilantes.

Pero ya en el siglo XIV -dicen los expertos- había casas-sepulcro utilizadas por los más necesitados, que buscaban refugio. Los sepulcros tradicionales incluían unas pequeñas edificaciones que permitían a los parientes lejanos visitar a sus muertos durante varios días.

Incluso los más humildes estaban diseñados para contener una habitación donde los peregrinos pudieran pasar la noche. Pero se trataba de refugios temporales, utilizados con el único fin de rendir homenaje a los muertos. Hoy la gente vive de forma permanente en el interior del cementerio. Algunos se han instalado en los sepulcros de la familia, cerca de los restos de sus antepasados; otros han ocupado ilegalmente los que están abandonados o han conseguido la asignación de sepulcros que no tienen propietario a través de los particulares procedimientos de los enterradores locales.

Las autoridades egipcias prefieren no interferir en la gestión del cementerio. Se limitan a asegurar a la población de Al-Qarafa servicios básicos como el agua, la electricidad, las escuelas y las alcantarillas. En la necrópolis hay incluso una pequeña comisaría de policía y una oficina de correos.

Actualmente son entre medio millón y un millón -no hay estimaciones fiables- las personas que han encontrado refugio entre las tumbas, y el inexorable proceso de urbanización ha alterado el aspecto del cementerio. Un visitante ocasional no sabría ni siquiera que se encuentra en un cementerio. Al lado de las tumbas se amontonan, por ejemplo, las tiendas de artesanía, como en cualquier barrio popular de El Cairo.

De los mausoleos penden los cables que utilizan las mujeres para colgar la ropa. Por las calles de arena que serpentean alrededor de las tumbas circulan coches y motos maltrechas y carros tirados por burros. Los niños juegan entre las tumbas sin aparente consideración alguna por los que descansan en ese lugar. Por otro lado, el cementerio ha perdido desde hace mucho tiempo su aura de sacralidad. Los hornos difunden en el aire los aromas de las especias con las que cocinan el cordero y el cuscús. Es un lugar lleno de vida que, no obstante, no renuncia a su religiosa calma.

“No nos podemos quejar de los vecinos: son todos muy tranquilos”, bromea Ali.

El jueves por la tarde, y hasta el viernes por la noche, el cementerio se llena de gente ruidosa. La Ciudad de los Muertos se vuelve especialmente concurrida y ruidosa. Es el momento de la semana en el que, de acuerdo con la tradición local, los espíritus de los muertos vuelven a aparecer en el mundo de los vivos. Familias enteras van al cementerio para rendir homenaje a los difuntos, y en las tumbas se improvisan picnics y animadas reuniones en honor a los muertos.

Redacción/SinEmbargo

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